Ricardo Diez de Ulzurrun López 27 de noviembre de 2021

El Adviento marca el inicio del nuevo año Litúrgico católico. Dura cuatro semanas. Se inicia cuatro domingos antes del 25 de diciembre y termina con la misa de vigilia de Navidad (24 de diciembre).

Está dividido en dos partes: las primeras dos semanas sirven para meditar sobre la venida final del Señor, cuando ocurra el fin del mundo; y las dos siguientes sirven para reflexionar sobre el nacimiento de Jesús y su irrupción en la historia del hombre.

En los templos y casas se colocan las coronas de Adviento y se va encendiendo una vela por cada domingo.

Durante el tiempo de Adviento recordamos los largos años de espera del Mesías por el pueblo de Israel, el mensaje de esperanza de los profetas y cómo María y José fueron fieles al plan de Dios.

El Adviento no es un tiempo de penitencia, es tiempo de preparación y espera gozosa. El Gloria se omite en los domingos de Adviento no como señal de arrepentimiento, sino para crear un anhelo que inspire al pueblo a cantarlo con más gozo en Navidad.

Las lecturas bíblicas de este tiempo están tomadas sobre todo del profeta Isaías (primera lectura), también se recogen los pasajes más proféticos del Antiguo Testamento señalando la llegada del Mesías. Isaías, Juan Bautista y María de Nazaret son los modelos de creyentes que la Iglesias ofrece a los fieles para preparar la venida del Señor Jesús.

Sus orígenes son muy inciertos, según algunos autores, parece que el Adviento en la liturgia romana se remonta al siglo IV. En otros lugares, como en España, parece que estaba unido a la preparación de los catecúmenos que habían de recibir el Bautismo en la solemnidad de la Epifanía. En el siglo V hallamos las oraciones preparatorias para la fiesta de Navidad en el Rótulus de Rávena, que, se cree estuvo inspirado en los escritos de San Pedro Crisólogo. Y ya en el siglo VI el Adviento tenía la misma estructura que la nuestra actual, con cuatro semanas antes de Navidad, aunque la cuarta es incompleta según los años. Los días del 17 al 24 se celebran con especialísima importancia.

Tres grandes figuras destacan en el Adviento: el profeta Isaías, San Juan Bautista y la Virgen María.

El Adviento encierra un rico contenido teológico y considera el misterio de la venida del Mesías y de su infancia. Más tarde se ha añadido el Bautismo de Cristo, como conclusión del Tiempo de Navidad.

También tiene un gran sentido escatológico, de la espera de la primera venida del Señor se va a la espera de su segunda venida al fin de los tiempos. Los textos litúrgicos hacen alusión a las dos venidas.

San Bernardo habla de un Adviento triple: entre la venida de Cristo en la encarnación, y su venida para el juicio final, se da ahora su venida al cristiano por la inhabitación. Este adviento presente es oculto y espiritual, y de él habla el Señor cuando dice: “si alguno me ama, guardará mi palabra, mi Padre le amará, vendremos a él y en él haremos morada” (Jn 14,23)

Con la liturgia de Adviento la comunidad cristiana está llamada a acentuar determinadas actitudes esenciales a la expresión evangélica de la vida: la vigilante y gozosa espera, la esperanza y la conversión.

En este Adviento preparemos nuestros corazones para recibir al Señor, que quiere venir a nosotros y entrar en el centro de nuestras vidas. Limpiemos nuestra conciencia con el sacramento de la penitencia, la oración, la limosna, las buenas obras y sobre todo el deseo del Salvador, que ya viene, y que nos trae nuevas luces y gracias.

Cada sábado durante estas cuatro semanas iré publicando algunos comentarios que hacen los Santos Padres a las diferentes oraciones y lecturas que se hacen a lo largo de la semana. Este nuevo año litúrgico será ciclo C año par.

DOMINGO DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO

La expectativa ante el retorno del Señor polariza la atención de la Iglesia. Nuestras miradas se fijan en Dios.

Entrada: «a Ti, Señor, levanto mi alma. Los que esperan en Ti no quedan defraudados».

En la colecta (Gelasiano) pedimos al Señor que avive en sus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno.

En la oración del ofertorio (Veronense) suplicamos al Señor acepte los bienes que de Él hemos recibido y, por la presentación del pan y del vino, nos conceda que la acción santa que celebramos sea prenda de salvación para nosotros.

Comunión: confiamos en que el Señor nos dará sus bienes y la tierra dará su fruto.

Postcomunión (de nueva redacción, inspirada en los Sacramentarios Veronense y de Bérgamo): suplicamos al Señor que fructifique en nosotros la celebración de los sacramentos, con los que Él nos enseña a descubrir el valor de los bienes eternos y poner en ellos nuestro corazón.

Sobre el recuerdo del pasado se nos invita a vivir con autenticidad cristiana el presente y a tomar en serio nuestra vocación de eternidad. El cristiano es siempre un creyente proyectado a la eternidad, pero viviendo su responsabilidad de cada día, como elegido de Cristo y testigo de su intimidad, marcado para Él por la santidad y el Evangelio.

Primera lectura

Jeremías 33,14-16: Suscitaré a David un vástago legítimo. A pesar de la degradación y las desviaciones de los hombres, Dios se muestra fiel a su promesa mesiánica. El Mesías sería el vástago legítimo de la estirpe de David, su hijo conviviendo con los hombres. La voluntad y la disponibilidad de Dios para ofrecer una y otra vez su gracia, pese a las prevaricaciones del hombre, es permanente en la Biblia. Dios vive y desde que creó al hombre, vive siempre atento a él. Dios busca y quiere salvar al hombre.

En toda la historia de la salvación Dios aparece como el fiel cumplidor de sus promesas. Ellas se cumplen en la plenitud de los tiempos, cuando vino Cristo, el Salvador.

Salmo

Con el Salmo 24 decimos: A Ti, Señor, levanto mi alma. A Él pedimos que nos enseñe sus caminos, que nos instruya en sus sendas, que caminemos con lealtad. El Señor es bueno y recto. Enseña el camino a los pecadores. Hace caminar a los humildes con rectitud. Sus sendas son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza.

Segunda lectura

1 Tesalonicenses 3,12–4,2: Que el Señor os fortalezca interiormente, para cuando Jesús vuelva. La voluntad de Dios es nuestra santificación. Nuestra autenticidad cristiana consiste en vivir cada día de modo que logremos llegar irreprensibles al juicio de Dios para poseer su Reino eternamente.

Para el cristiano no existe otra finalidad para su vida y su actividad responsable que servir y amar a Dios con gozo, y, por lo mismo, estar siempre disponible a los demás, como Dios quiere. Los unos para los otros, pero como Dios lo quiere, a la manera de Cristo.

Todos los tipos de liberación y promoción humana que excluyen la perspectiva trascendente y sobrenatural son nocivos para el cristiano, y también lo son para los demás hombres. Nuestra salvación total es por Dios y es Dios. Toda liberación de los hombres ha de llevar esta impronta de la fe, que solo en Dios por Cristo consigue la realización plena del hombre.

Lectura del santo Evangelio

Lucas 21,25-28.34-36: Se acerca vuestra liberación. Cada día nos acercamos un poco más al momento de nuestro encuentro definitivo con Cristo. La espera de un futuro da sentido al tiempo presente y lo pone en tensión. La vida del cristiano es de constante tensión. No obstante los múltiples programas y proyectos para la vida, al fin se da uno cuenta de que el hombre no puede salvarse por sí mismo.

Cuanto más el hombre se da cuenta de la pobreza de sus medios y de la amargura de los acontecimientos, tanto más siente la necesidad de otro superior a él que lo salve.

El cristiano conoce esto. En sus limitaciones, pecados y miserias advierte la necesidad de Cristo Salvador. Por eso, con la Iglesia en su liturgia clama en este tiempo: ¡Ven Señor, no tardes!

Oigamos a San Cirilo de Jerusalén: «El Salvador vendrá, pero no para ser juzgado de nuevo, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que mientras era juzgado guardó silencio, refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: “Esto hicisteis vosotros y yo callé”. «Entonces, por razones de clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en ese otro momento futuro, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado» (Catequesis 15).

Iluminados, pues, por la fe y llamados al encuentro con Cristo en la eternidad, hemos de vivir cada día con la gozosa esperanza de su victoria definitiva, que será la nuestra, y hemos de irradiar nuestra esperanza con nuestra vida en torno de nosotros, para que a todos alcance la luz de Cristo, su mensaje de salvación y la realidad de su eficacia.

Puedes leer las homilías de los Santos Padres sobre este Evangelio de Lucas:

MANUEL GARRIDO BONAÑO, O.S.B. Año litúrgico patrístico: Adviento-Navidad, Fundación GRATIS DATE. Pamplona, 2001

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