Ricardo Diez de Ulzurrun López 12 de noviembre de 2021


Que bonita imagen nos plantea san Cirilo de Jerusalén de la gracia que se nos concede por el sacramento del Bautismo.

Una vez que el catecúmeno ha demostrado su propósito de querer bautizarse, con rectitud de intención, con buena disposición, con sinceridad durante la preparación, siendo conscientes de la gran dignidad que Jesús le otorga, sabiendo que una vez que ha sido bautizado de él depende seguir en gracia y no perderla por los pecados, porque a la comunidad la puede engañar pero Dios le conoce en lo profundo de su corazón y a Él no le puede engañar, prestando interés a su formación aunque haya sido larga, con ganas de aprender y conservar todo lo aprendido. Una vez que todo esto ya ha pasado ahora se puede soñar con la gracia del bautismo.

Al ser bautizados, morimos a la vida vieja del pecado y renacemos a la vida nueva de Cristo, por eso el agua del bautismo es portadora de Cristo, de su aroma de Santidad, de su esencia que nos transforma. Dejamos de ser el ser que éramos y esa agua nos transforma en un muevo ser, un ser cristiano, un ser hijo de Dios, un ser santo, un ser pueblo de Dios, un ser miembros de la Iglesia Santa de Dios, un ser miembros del cuerpo de Cristo. Algo totalmente diferente a lo que éramos antes de ser bautizados. Por eso el sacramento del Bautismo imprime carácter, porque transforma nuestra esencia y ya no se puede dar marcha atrás, ya nunca por mucho que queramos podremos borrar la marca que el bautismo nos ha dejado, hemos sido sellados con un sello imborrable, nuestro nombre ha sido inscrito en el libro de los santos.

Ahora nuestra vida ya no debe estar anclada en la tierra, que es algo provisional, sino con la mirada fijada en el Cielo, en el Paraíso que como hijos de Dios nos espera. Por supuesto que tenemos que vivir en la tierra siendo lo mas felices posible y haciendo en bien a los demás, viviendo con el modelo que Dios nos dejó para seguir, Jesucristo. Pero ya no sólo somos capaces de ver lo que todos ven, lo tangible, lo material, lo experimentable, ahora también se nos ha dado otra inteligencia para ver lo transcendente, para ver el misterio, para ver aquello que otros no ven en la vida, para ver más allá de lo mundano.

No perdamos nunca esta alegría de ser el pueblo de Dios, de saber con certeza que Dios nos espera en el Cielo, y que nuestro mundo no es este, sino el que está por venir.

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