Ricardo Diez de Ulzurrun López 8 de marzo de 2022


Quien ama a Jesucristo no busca la estima y el afecto de los hombres; su único deseo lo tiene puesto en gozar del favor de Dios, que es el solo objeto de su amor. Dice San Hilario que todos los honores que el mundo proporciona son negocio del diablo.

Guardémonos, sobre todo, de andar tras puntillos de honra. Decía Santa Teresa: «Créanme una cosa, que si hay punto de honra…, aunque tengan muchos años de oración, y por mejor decir, consideración…, que nunca medraran mucho ni llegarán a gozar el verdadero fruto de la oración». Muchas personas hay que hacen profesión de vida espiritual, pero son idólatras de la propia estima; exteriormente aparentan mucha virtud pero interiormente ambicionan ser loadas de todos por cuanto hacen, y si nadie las alaba, se alaban a sí mismas, queriendo aparecer mejores que las demás, y si por ventura les hieren la propia honra, pierden la paz, abandonan la comunión y las demás devociones y no descansan hasta haber recobrado el buen nombre que creyeron perdido.

Razón le sobraba a San Francisco de Asís para decir: «Soy tan sólo lo que soy ante Dios». ¿Qué importa ser tenido en mucha estima por los grandes del mundo, si ante Dios somos viles y despreciables? Y, por el contrario, ¿qué importa que el mundo nos desprecie, si somos queridos y gratos a los ojos de Dios?. ¡Cuánta seguridad encuentran en la vida obscura y retirada los que de corazón quieren amar a Jesucristo! El mismo Jesús nos dio ejemplo de ello, viviendo oculto y despreciado durante treinta años en un taller. De ahí que los santos, por huir de la estima de los hombres, fueran a vivir en desiertos y en grutas.

El que quiera, pues, adelantar en el amor a Jesucristo, debe sacrificar en sí el amor de la estima propia. Mas ¿Cómo sacrificarla? Ved aquí cómo nos lo enseña Santa María Magdalena de Pazzi: «La vida del apetito de la estima propia consiste en la buena reputación que de nosotros se tiene; por tanto, la muerte de la estima propia será el ocultarse para no ser conocido de nadie; y mientras que no se llegue a dar muerte a este deseo de propia estimación, no se llegará a ser verdadero siervo de Dios».

Para hacernos, por tanto, agradables a los ojos de Dios, hemos de guardarnos de la ambición de parecer y ser tenidos en algo a los ojos de los hombres. Y sobre todo hemos de guardarnos de ambicionar el sobresalir entre los demás. El verdadero amante de Dios ha de ambicionar, por tanto, amar a Dios y aventajar a todos en humildad.

Dadme, Jesús mío, la ambición de agradaros y haced que me olvide de todas las criaturas y hasta de mí mismo. ¿De qué me sirve ser amado de todo el mundo, si no lo fuere de vos, único amor de mi alma? Vos, Jesús mío, vinisteis a la tierra para conquistaros nuestros corazones; si no sé daros el mío, tomadlo y henchidlo de vuestro amor y no permitáis que vuelva a separarme de vos. En lo pasado os volví las espaldas, mas ahora comprendo el mal hecho, del que me arrepiento con todo mi corazón, y no hay dolor que más me aflija que la memoria de las muchas ofensas que contra vos cometí. Mi gran consuelo es saber que sois bondad infinita, que no se desdeña de amar al pecador que os ama.

Amado Redentor mío, suave amor del alma mía, en lo pasado os desprecié, pero ahora os amo más que a mí mismo. Os ofrezco todo cuanto soy y tengo y no deseo más que amaros y complaceros; esto sólo ambiciono; recibid y aumentad esta ambición, destruyendo en mí todo deseo de bienes mundanos, porque sois soberanamente digno de ser amado y demasiado me obligasteis a amaros.

Aquí me tenéis; quiero ser completamente vuestro y quiero sufrir cuanto vos queráis, ya que por mi amor quisisteis morir de dolor en la cruz. Queréis que sea santo, y vos podéis hacer que lo sea; en vos confío.

San Alfonso María de Ligorio “Práctica del amor a Jesucristo. Capítulo X. Quien ama a Jesucristo, no ambiciona más que a Jesucristo”

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