Ricardo Diez de Ulzurrun López 22 de enero de 2022


La justicia ha existido junto con las sociedades humanas desde el inicio de los tiempos. Desde que el hombre decidió juntarse con sus semejantes, tuvo que vivir de acuerdo a códigos éticos y morales específicos, que a menudo eran reforzados por la religión, cuyo fin eran garantizar la supervivencia pacífica de la comunidad.

En este sentido, la justicia representa un conjunto de criterios y actitudes necesarios para que las relaciones entre las personas, las instituciones y los grupos humanos sean adecuadas y equilibradas. Y se ejerce prohibiendo, autorizando o regulando las diversas interacciones entre los elementos de una sociedad. La justicia vendría a ser la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno su derecho. Obviamente para dar a cada uno su derecho, habrá que conocer qué le corresponde en verdad a cada uno.

Dependiendo del origen, de dónde surja la norma considerada, podemos hablar de dos tipos de derecho que regulan esta justicia:

  • Derecho natural es el conjunto de normas dictadas por la naturaleza misma y es por estas por las cuales se va a regir la sociedad. Se considera iguales para todos los seres humanos ya que los seres humanos han nacido con estos derechos por el simple hecho de ser humanos. No cambian, son normas inmutables.
  • Derecho positivo es el conjunto de normas dictadas por el ente legislativo, el cual está capacitado para crear, modificar y abrogar leyes y códigos, y son estas las que van a regular la actividad humana en un espacio geográfico determinado. El Derecho Positivo, a diferencia del Derecho Natural, se considera en constante transformación, siempre dependiendo de las necesidades de la sociedad a la cual rige.

Ahora bien, respecto a la justicia de Dios no es así, porque su entendimiento es la regla y la medida de todas las cosas: “Dios al crear todo hizo las cosas según su sabiduría” (Proverbios 3,19). Por tanto, respecto a Dios, la justicia consiste en que las cosas se adecuen a su Sabiduría, que es su ley, la Verdad absoluta.

El Señor es justo y ama la justicia: “Porque el Señor es justo y ama la justicia: los buenos verán su rostro.” (Salmo 11,7). A Dios le corresponde la justicia distributiva que es la que administra y da a cada uno según su dignidad. Por eso el orden del universo muestra la justicia de Dios, porque al crear las cosas da a cada una según su dignidad y además las conserva en su naturaleza. Por tanto, la justicia en relación a Dios vendrá delimitada por el derecho natural y la revelación, donde Dios nos ha manifestado claramente cuál es su voluntad y qué es lo que espera de nosotros.

En el Antiguo Testamento, en las primeras páginas del Génesis, los hombres son separados del resto de las criaturas como seres que son imagen de Dios. Y Dios es representado como el que gobierna el mundo con su definición del bien y del mal. Esta identidad es el fundamento de la visión bíblica de la justicia. Se trata del derecho natural.

Después del pecado original, el Antiguo Testamento muestra que el hombre continuamente está redefiniendo el bien y el mal para su propio provecho a las expensas de los demás, especialmente los débiles. Esto es el derecho positivo.

La verdadera justicia pertenece a Dios y es dada a la humanidad mediante Jesucristo. Jesús muestra el verdadero alcance de la justicia con el nuevo mandamiento del amor y además nos envía el Espíritu Santo para que pueda ser cumplido. Esta nueva justicia se basa en el reconocimiento de la igualdad entre todos los hombres. La práctica de esta justica es lo que garantiza el orden social.

La justicia divina no está en oposición o frente a la justicia humana sino que la supera, la trasciende, porque está movida por el amor de Dios y éste lo abarca y lo envuelve todo. Lo único que Dios espera de nosotros es que la aceptemos. Dios no busca nada de nosotros salvo a nosotros mismos. Cuando el ser humano acepta la justicia divina queda asombrado, impresionado y conmovido, porque la gracia de Dios no realiza una diferenciación de personas.

Santa Teresa de Lixieux afirmaba que la justicia de Dios se manifiesta en que «no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga conforme a nuestras culpas», porque Dios «tiene en cuenta nuestras debilidades, conoce perfectamente la debilidad de nuestra naturaleza».

Desde la perspectiva cristiana, la justicia es la primera exigencia de la caridad y el reconocimiento de los derechos de las personas tiene como base la comprensión de éstas no sólo como seres humanos semejantes a nosotros, sino sobre todo como prójimos y hermanos e imagen y semejanza a Dios. En este sentido, el cristiano parte de la convicción de que todos, incluso los enemigos, somos hijos de un mismo Padre y estamos llamados a la convivencia fraterna.

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