¿Qué es la esperanza?

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La esperanza como tal sólo puede darse en el ser humano, porque, de toda la creación, sólo el hombre está proyectado al futuro, a lo que todavía no es, ni existe. La temporalidad es una dimensión que hace posible la esperanza.

El hombre por medio de la proyección realiza una anticipación del futuro en el presente. El proyecto, precisamente por lanzar al futuro, constituye una de las dimensiones de la esperanza. Se espera el cumplimiento de lo proyectado.

Otra dimensión que sólo tiene el hombre son los deseos y las preguntas. El hombre quiere saber lo que no sabe y eso le lleva a preguntar esperando una respuesta. La pregunta siempre espera una respuesta. Así mismo también deseamos algo de lo que carecemos, algo que no tenemos y deseamos ese algo. La fuente de ese deseo es la conciencia, que es la percepción de una necesidad o vacío que tiene que ser colmado por algo externo que satisfaga ese deseo.

Este deseo nace del bien. Antes de experimentar una necesidad, el bien impacta en el hombre, en su afectividad. El bien, precisamente porque pertenece al ámbito afectivo y voluntario, entra en el hombre y le golpea. Esa unión afectiva dentro del hombre desencadena una tendencia que es el deseo de intentar poseerlo. El deseo se transforma en esperanza, para que no sea un deseo que se esfume.

Por tanto, el deseo tiene su origen en un amor inicial, del que surge el deseo de poseer un bien, y ante la arduidad de la unión real con el objeto de ese amor, el deseo se transforma en esperanza.

La parte moral es la que tendrá que ver si ese bien deseado es verdaderamente bueno o no, pero la inteligencia lo percibe como un bien. El hombre sin virtud, el vicioso, ve las cosas malas como un bien en su inteligencia y por eso no las rechaza y no deja de desearlas. Es el desorden que ha introducido el pecado en la inteligencia y en el deseo del hombre.

La esperanza fortalece el deseo de dos maneras:

  • Apoyándose en las propias fuerzas, en nuestra experiencia en casos similares, en la confianza en nosotros mismos, en nuestro esfuerzo personal, en nuestra preparación. Se trata de conseguirlo por uno mismo.
  • La otra sería apoyándose en la ayuda de otro. Si quiero conseguir algo me apoyo en una persona para que me ayude a conseguirlo, alguien más experto que yo, que ya lo ha logrado antes y sabe como conseguirlo.

Esto es lo que constituye la esperanza humana. Pero esta esperanza humana facilita la esperanza teologal, la esperanza en Dios. La virtud de la esperanza teologal se inserta dentro de la acción humana, por eso es para nosotros algo muy natural.

En la esperanza teologal lo que se hace es apoyarse en la ayuda de Otro, de Dios. El hombre desea unirse a Dios. Esto parte de una presencia, Dios entra en el corazón humano a través de la caridad. Esta presencia de Dios por la caridad modifica la afectividad creando una tensión del hombre hacia Dios. Como Dios es el Bien más arduo de todos los bienes, porque no lo vemos directamente, ese deseo necesita ser rescatado por la virtud de la esperanza.

Yo tiendo a Dios por la caridad y necesito la esperanza que a su vez necesita de la fe. De modo que, Dios mismo es el fin y la ayuda. Me voy a unir con Aquel que me va a ayudar a unirme a Él, voy a entrar en comunión gracias a Él. Por lo tanto, Dios es fin y camino de nuestra vida.

Es la virtud de la fe la que te presenta esa certeza de la esperanza. La certeza de la esperanza participa de la certeza que le comunica la fe. Si lo propio de la fe es el conocimiento y certeza de Dios, entonces esa certeza de la fe se traspasa a la esperanza, haciendo que sea una esperanza cierta, segura.

La esperanza hace que la bienaventuranza final, que es Dios y que solo se puede alcanzar en el cielo porque es una esperanza escatológica, se pueda dar ahora. No se trata de un esperar a que llegue ese momento escatológico y mientras aguantar, sufrir, etc. Ahora tenemos una bienaventuranza imperfecta, la del hombre virtuoso, pero es verdadera bienaventuranza. Es decir, ahora participamos en la tierra de la bienaventuranza final. Y esta participación es la que se obtiene por medio de la esperanza teologal. Anticipamos el futuro en el presente, eso es la esperanza, pregustamos la bienaventuranza aquí en el presente y por tanto es bienaventuranza real, aunque no del todo plena. Si la bienaventuranza perfecta es comunión plena con Dios, ahora es un “tocar” a Dios en la tierra. A través de la esperanza, Dios entra dentro de nosotros afectivamente y nos hace pregustar un anticipo de la bienaventuranza eterna.

Lo que hace posible la esperanza cristiana es Dios mismo. El hombre es capaz de Dios mediante una capacidad receptiva que posee el ser humano de acoger a Dios que se da. Esto es un don de Dios, una gracia de Dios, ya que nosotros no podemos hacer algo para que Dios se dé, sino que se da porque Él quiere, por puro amor. Se fundamenta en la misericordia y el poder de Dios.

La esperanza teologal nos hacer ver que todo ser humano, dentro de su finitud e imperfección, es amado por Dios y capaz de ser transformado por la acción redentora de Cristo. La esperanza cristiana no debe ir separada de la caridad cristiana, ya que la caridad es la forma de la esperanza, lo que le da sentido.

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