Ricardo Diez de Ulzurrun López 16 de enero de 2022


El amor es una dimensión existencial de la vida humana fundamental. El amor es la fuerza fundamental que pone en movimiento los demás dinamismos del ser humano. Todo lo que hacemos es movido por el amor. Incluso aquellas cosas que en principio parece que realizamos por obligación, en el fondo, hay un amor presente.

Lo que define de algún modo el amor es el deseo del bien del otro. Se necesita percibir que el otro forma parte de mi estructura, de mi ser, no sólo de mi vida. En nosotros hay un aspecto estructural que facilita el amor, somos capaces de acoger al otro en su realidad personal, como otro que es distinto a mí, pero al mismo tiempo semejante a mí, que es complementario a mí. El hombre no encuentra su plenitud en la soledad, sino en la comunión de personas.

Tenemos una capacidad afectiva que es receptiva, y una vez que recibe y se deja moldear y transformar, se transforma en un movimiento hacia la comunión real con la otra persona. Si no se diera esa recepción afectiva, no habría movimiento de amor hacia otra persona. El amor tiene como un primer momento de pasividad, se ve afectado o herido, la belleza nos golpea en los sentidos. Nos dejamos impresionar por el bien, y esa impresión sólo puede ser colmada con la posesión de aquello que ha golpeado y herido mis afectos. Sin esa herida inicial no se produce la búsqueda hacia la comunión. Entonces se establece una conveniencia, una semejanza, no es visto desde el punto de vista utilitario, sino que me ha transformado mis afectos, haciéndolos semejantes. De ahí se produce una con-naturalidad. Antes de conocer su ser-realidad, hemos conocido la conveniencia de ese algo que tiene con nuestra afectividad.

Ahora obro porque me gusta este bien concreto, porque lo veo conveniente a mí, a mi ser, a mis disposiciones. Mi afectividad “se ha hecho” a ese bien, casa con mi ser, con mi plenitud y perfección. Por eso la realizo, la percibo como algo conveniente a mí.

Los seres humanos creemos conocer lo que es el amor, pero la mayoría no vive en profundidad el amor o lo confunden con una sensación agradable, con un emotivismo. Pero el amor es una gracia, un don que no siempre está a nuestra disposición, y también un arte, en la medida en que exige nuestra participación y nuestra capacidad. El amor, más que un problema de objeto, es un problema de facultad, que se aprende y se consigue practicándolo. El amor es un misterio, que coincide con el ser de la persona, que nunca acabamos de comprender y que siempre se nos escapa.

La caridad teologal parte y necesita del amor humano.

La caridad teologal es la que nos va conformando con Cristo. La gracia va operando en nosotros una nueva con-naturalidad con Cristo. Si yo no estoy conformado por las virtudes, sino por el vicio, sentiré una conformidad con lo malo. Por ello, hay que hacer una conformación afectiva con el bien. Hay que obrar por convencimiento personal, autónomamente, conscientemente, libremente, responsablemente, “porque me da la gana”. Crear disposiciones afectivas conforme al bien que hay que obrar, porque queremos, porque es lo bueno y lo conforme a nuestro ser.

Dios ha desvelado su misterio que es Amor, manifestado en Jesucristo por el Espíritu, modelando y animando los corazones de los creyentes, transformándolos y asemejándolos al Hijo.

¿Cuántos cristianos no confunden la caridad con el gesto de dar limosna o de socorrer con misericordia al hermano necesitado? Sólo mirando a Jesucristo, acogiendo la revelación, puede entenderse lo que es el amor. En la entrega amorosa de Jesús por los hombres, incluso por sus enemigos, es reconocible para la fe el amor de Dios.

Para comprender bien la teología de la caridad, es importante saber que la caridad no es una actitud ética. La caridad es una forma de amor. Es una virtud teologal, lo que significa que su objeto, su razón de ser y su meta es Dios. El Espíritu Santo infunde la caridad en el corazón de los creyentes, asemejándolos a Cristo. La caridad define a Dios, pero define también a la comunidad o pueblo de Dios. Por lo tanto, también define la vida del cristiano.

Por la virtud de la caridad, Dios nos infunde una nueva afectividad. Nos hacer ver con ojos nuevos, desear, amar, con un amor nuevo. Es un amor original, una afectividad divina, que se convierte en un principio de vida nuevo. Vida nueva que nos lleva a movernos, hablar, pensar, sentir, de modo nuevo. Por el amor de caridad se produce una transformación del afecto espiritual, porque crea un interés personal también de querer lo que Dios quiere, que es mi salvación. Es salir de sí para el encuentro de la otra persona, para no verse a sí mismo, para no ver a los demás en función de mí mismo, es dejar de ser narcisista. El egoísmo es lo contrario al amor de caridad.

Esto hace que el amor al prójimo, en realidad, tenga su origen en Dios que me ama. Dios me ama porque es Caridad. Con ese amor de Dios y no con el mío, que sería filantropía, se ama al prójimo por Dios. La caridad o el amor verdadero, es amar en el prójimo lo que Dios ha hecho, esa imagen de Dios que él lleva consigo.

Este amor de caridad me une a mí con Dios y también al prójimo lo une con Dios, mediante la caridad lo estás regenerando y haciéndole ver la dignidad que tiene en sí. La virtud de la caridad no es instrumental, sino auténtico amor.

La caridad tiene un alcance universal. La caridad es la forma de todas las virtudes. En la vida cristiana, todo tiende hacia ella y todo encuentra en ella su sentido, incluidas las otras virtudes teologales, la fe y la esperanza. Una fe sin caridad sería un acto del entendimiento que cree que Dios existe, pero sin amarle, parecida a la de los demonios. Y una esperanza no formada por la caridad sería algo así como una esperanza egoísta.

La caridad debe ser considerada como el motor y el fin de la vida moral, pues sólo ella procura a los actos humanos su bondad fundamental, ya que los mueve y orienta hacia su fin último, hacia Dios.

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