Ricardo Diez de Ulzurrun López 19 de febrero de 2022


“«Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».” (Mc 9,7b). Sin duda orar es escuchar lo que Dios nos dice, comprender lo que significa, obedecerle y ponerlo en práctica. Esto es lo que se llama escucha activa.

Tenemos que aprender a escuchar, a Dios, en nuestra oración, y también al prójimo, en nuestra pastoral personal.

Para ello, hay que ponerse en disposición. Hay que buscar el momento adecuado y una vez que hemos decidido que ahora es ese momento, debemos abandonar por completo cualquier otra cosa que no sea escuchar activamente. No vale eso de estoy orando y al mismo tiempo pensando en lo que tengo que hacer cuando acabe, ni tampoco quedar con un amigo y mientras habla estoy con el móvil enviando mensajes. No, cuando decida que ese es el momento debo estar seguro que puedo dejar todo para dedicar toda mi atención a escuchar.

Tanto a Dios como al prójimo, no sólo se le escucha por el oído, sino que sobre todo se le escucha por el corazón y para eso debemos tener el corazón abierto y dedicado en exclusiva, vacío de otras cosas que nos impidan escuchar.

Orar y escuchar al prójimo, ambos son encuentros con Dios, porque Dios también está en ese hermano al que escuchamos. Dios se sirve de todos los medios a su alcance para hablarnos y para santificarnos.

Escuchar al prójimo, el Papa Francisco lo llama “el apostolado del oído: escuchar antes de hablar”. Los cristianos debemos escuchar a nuestros hermanos: no las murmuraciones inútiles, sino las necesidades del prójimo. Escuchar con amor, con paciencia, como hace Dios con nosotros, con nuestras oraciones a menudo repetitivas. Dios nunca se cansa de escucharnos, siempre se alegra cuando lo buscamos en la oración.

Hablar menos y escuchar tiene muchas ventajas. Hablar demasiado produce complicaciones y problemas en las relaciones con los demás y con Dios. En cambio, escuchar es causa de grandes bendiciones, hace que uno llegue a amar.

“Tened esto presente, mis queridos hermanos: que toda persona sea pronta para escuchar, lenta para hablar y lenta a la ira” (Santiago 1, 19). Escuchar al prójimo es una virtud que debemos cultivar como cristianos. Saber escuchar es un acto que supone el hecho de estar dispuestos a las necesidades del otro, de demostrándole lo importante que es y que puede contar con nosotros. Esa es la misión del verdadero cristiano, escuchar al prójimo en su momento de angustia, en su tristeza, en su dolor y también en sus alegrías, en sus éxitos, en sus gozos.

Nos equivocamos si pensamos que siempre debemos tener algo que decir cuando nos encontramos con personas que sufren. Olvidamos que escuchar es un servicio más grande y noble que hablar. Y además, normalmente el que sufre quiere sacar su dolor y tener alguien le escuche no que le dé sermones.

Muchas personas están buscando oídos que estén dispuestos a escucharlos. He conocido esposas desesperadas porque no tienen a nadie que quieran escucharlas. Dicen: “Lo único que deseo es que alguien me escuche”.

Aquellos que no pueden escuchar a su hermano, muy pronto dejarán también de escuchar a Dios, porque incluso a Dios querrán hablarle constantemente en su oración. Terminarán de orar y saldrán a la carrera a continuar con el día a día, sin permanecer ni un minuto en silencio dejando que el Espíritu Santo le hable a su alma.

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