Ricardo Diez de Ulzurrun López 16 de febrero de 2022


Es bueno preguntarse de vez en cuando, si las cosas que hago en mi vida diaria, las hago por beneficio propio o pensando en que mi vida como cristiano es hacer todo por amor a Dios y al prójimo.

¿Normalmente espero una recompensa por lo que hago, aunque sea inconscientemente?.

Por ejemplo: cuando yo estudio para un examen del seminario, espero sacar la mejor nota posible. Pero ¿He estudiado con toda la dedicación y esmero posible sólo para sacar la mejor nota? ¿He estudiado sólo para que los demás vean que saco sobresalientes? ¿He estudiado para que el profesor me considere de los mejores alumnos que ha tenido? ¿He estudiado porque quiero dominar la materia para ser un experto? ¿He estudiado para obtener una gratificación por parte de los demás que aumente mi ego personal?.

Si es así, pobre de mí, porque ya lo dice Jesús: “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga” (Mt 6,16).

Cuando Dios nos da su luz para conocer nuestra miseria, es señal de una conversión interior. El que se conoce bien, no se enfada cuando no obtiene recompensa por sus acciones, pues la luz que ha recibido le ha dejado libre de su ceguera.

Ayer hablaba de lo importante que es para mí, más bien de lo imprescindible que es conocer la Sagrada Escritura para un buen cristiano.

Hoy quiero hablar de que no basta con conocer la Sagrada Escritura, eso una parte muy importante e imprescindible, pero se trata de conocerla para poder ponerla en práctica. El Señor en el Evangelio nos invita a vivir con Él, a tener experiencias con Él que traen como consecuencia un cambio de nuestras vida. Vivir la fe es vivir experiencias de intimidad con Dios y poner el Evangelio en práctica en nuestras vidas.

La Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura debe iluminar nuestras vidas para que a través de nuestras actitudes se note que estamos llevando a la práctica lo que Dios nos dice.

Poner el Evangelio en práctica en nuestras vidas no es fácil, es más bien exigente, nos pide pasar por el ojo de una aguja, pasar por una puerta estrecha “Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos»” (Mt 19,24). Esto significa renuncia, entrega, sacrificio, servicio, humildad, … justo lo contrario que la puerta ancha que es la que el mundo nos ofrece y muchas veces escogemos: seductora, apetecible, llena de placer, comodidad, individualismo, recompensas inmediatas, …

Si el Evangelio es parte de nuestras vidas, si estamos dispuestos a renunciar a nuestro yo, a nuestros caprichos, a nuestras propias ideas, a las recompensas inmediatas por lo que hacemos, … para asumir lo que Jesús nos ofrece, tenemos que ponernos frente a la puerta estrecha y comenzar a desprendernos de todas las riquezas que tenemos, convertidas en vanidad, orgullo, soberbia, egoísmo, … Al desprendernos de ellas nos permitirán pasar por la puerta estrecha porque nuestro corazón se irá haciendo más humilde, sencillo y digno del Señor.

Y esto nos hará más grandes a los ojos de Dios, por lo que obtendremos nuestra recompensa de sus propias manos, no de manos de este mundo perecedero.

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