María Nuestra Madre en los cuatro dogmas de fe marianos

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La palabra griega dogma significa ley, decreto, prescripción. Al llegar el siglo IV algunos autores como San Cirilo de Jerusalén y San Gregorio de Nicea dan el nombre de dogma solamente para las verdades reveladas. En el siglo V este sentido específico fue adoptado por casi todos los autores cristianos y es el que ha tenido desde entonces y tiene ahora: dogma es una verdad revelada por Dios y enseñada por el Magisterio infalible de la Iglesia. La Iglesia, que es Madre, las custodia, cuidando que sean bien entendidas, para que con la gracia de Dios sean creídas y vividas por sus hijos.

Son una verdad revelada por Dios, que ha de encontrarse por consiguiente en la Sagrada Tradición o en la Sagrada Escritura. Constituyen el depósito de la fe que contiene todas las verdades comprendidas en la revelación cristiana.

María, Madre de Dios

El dogma de la Divina Maternidad comprende dos verdades:

• María es verdadera madre, es decir, ha contribuido a la formación de la naturaleza humana de Cristo con todo lo que aportan las otras madres a la formación del fruto de sus entrañas.

• María es verdadera Madre de Dios, es decir, concibió y dio a luz a la segunda persona de la Santísima Trinidad, aunque no en cuanto a su naturaleza divina, sino en cuanto a la naturaleza humana que había asumido.

La Iglesia enseñó desde el principio la verdadera Maternidad Divina por medio de los credos primitivos. En ellos se confesaba a María como verdadera Madre de Dios: “Creo en Dios Padre Todopoderoso, y en Cristo Jesús su Único Hijo, Nuestro Señor, que nació por obra del Espíritu Santo, de la Virgen María…”.

Palabras del Credo Romano, que se repiten en los otros hasta llegar a nuestro Credo o Símbolo de los Apóstoles. El primer Concilio de Constantinopla (381) deja ya firme la doctrina de que el Hijo de Dios: “se hizo carne en la Virgen María por obra del Espíritu Santo”.

En la Tradición, los Santos Padres más antiguos, al igual que la Sagrada Escritura, enseñan la realidad de la verdadera Maternidad de María.

San Ignacio de Antioquía dice: “Porque Nuestro Señor Jesucristo fue llevado por María en su seno, conforme al decreto de Dios de que naciera de la descendencia de David, mas por obra del Espíritu Santo”.

San Ireneo dice: “Este Cristo, como ojos del Padre, estaba con el Padre… fue dado a luz por una virgen”.

San Gregorio Nacianceno afirma: “Si alguno no reconociese a María como Madre de Dios, se halla separado de Dios”.

El Concilio de Éfeso (431) con el Papa San Celestino definió que en Cristo hay dos naturalezas –la divina y la humana- unidas hipostáticamente en una sola persona, y por lo tanto que María Santísima es verdadera Madre de Dios: “La Santa Virgen es Madre de Dios puesto que según la carne ella dio a luz al Verbo de Dios hecho carne”.

San Cirilo de Alejandría, que presidió el concilio, escribió: “Me admiro de que haya alguien que pueda poner en duda, si la Santísima Virgen deba ser llamada Madre de Dios; porque, si Nuestro Señor Jesucristo es Dios, la santa Virgen su madre, es forzosa e innegablemente Madre de Dios. Ésta es la fe que nos han enseñado los apóstoles, ésta es la doctrina de nuestros padres. No que la naturaleza del Verbo o la divinidad haya tomado principio de María, sino que en ella ha sido formado y animado de un alma racional el sagrado cuerpo, al cual el Verbo se ha unido hipostáticamente, lo que hace decir que el Verbo nació según la carne. Así en el orden de la naturaleza, aunque las madres no tengan parte alguna en la creación del alma, no deja de decirse que son madres del hombre en su totalidad y no que solamente lo sean de su cuerpo”.

La virginidad perpetua de María

María fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto, es decir, siempre.

En el siglo II, san Justino es el primer teólogo en llamar a María La Virgen, como si fuese su nombre propio, confesando, implícitamente su virginidad perpetua.

Lo mismo podemos decir de san Ireneo, Orígenes y san Hipólito, que también llaman a María La Virgen.

Orígenes habla de la virginidad perpetua de María al decir que no existe otro hijo de María, sino Jesús, según la opinión de aquellos que juzgan rectamente sobre Jesús.

San Clemente Alejandrino habla claramente de la fe de la Iglesia en la virginidad perpetua de María y habla de la relación existente entre María y la Iglesia. En los primeros Credos, que se remontan al tiempo de los apóstoles, se dice que Jesús nació de una virgen, lo cual también parece indicar lo mismo.

En el siglo IV, san Atanasio fue el gran defensor de la virginidad de María y lo mismo san Epifanio de Salamina, san Efrén y san Juan Crisóstomo.

San Atanasio escribió: “Jesús, hecho carne, es engendrado en los últimos tiempos de santa María siempre Virgen”.

San Ambrosio tiene un texto hermoso sobre la virginidad perpetua de María: ”Que escuchen el símbolo (Credo) de los apóstoles que la Iglesia romana guarda y custodia intacto… Ésta es la virgen que concibió en su seno, ésta es la virgen que dio a luz un hijo… Porque Isaías no dijo solamente que una virgen concebiría, sino también que daría a luz un hijo. Ahora bien, ella es la puerta del santuario, la puerta oriental que permanece siempre cerrada y de la que se dice que nadie atravesará, sino solamente el Dios de Israel (Ez 44,2). Ésta es la puerta bendita de María; de ella se escribió: El Señor pasará a través de ella y se cerrará después de su paso, porque concibió virgen y dio a luz siendo virgen”.

A partir del siglo IV, quedó para todos clara la doctrina de la virginidad perpetua de María, que fue definida como dogma de fe en el concilio tercero de Letrán en el año 649 con estas palabras: “Si alguno, contra la opinión de los Santos Padres, no afirma que la santa e inmaculada María, siempre virgen, es verdaderamente madre de Dios…, que dio a luz sin perder su integridad, conservando inmune su virginidad, sea anatema”.

Inmaculada Concepción

Desde el siglo II, aparecen fórmulas claras de la íntima unión de Cristo con María en la lucha contra el diablo.

Dice san Ireneo: “Como Eva se hizo desobediente y se hizo causa de muerte para ella y para todo el género humano, así María se ha hecho para ella y para todo el género humano causa de salvación… Lo que había atado la desobediencia de Eva, fue desatado por la obediencia de María y lo que ató Eva por su incredulidad, lo desató la Virgen María por su fe”.

Desde el siglo IV, es común llamar a María la toda santa, purísima y santísima.

Después del concilio de Éfeso, en el siglo V, aclaman a María con el título de resplandeciente santidad universal, lo cual significa de alguna manera que es inmaculada.

Sobre esta doctrina, hay un texto muy hermoso de san Efrén (siglo IV) que dice: “María es mucho más pura que los rayos del sol… Tú, Señor, y tu madre sois los únicos que en todo aspecto sois perfectamente hermosos, pues en Ti, Señor, no hay mancilla ni mácula en tu madre”.

San Proclo, patriarca de Constantinopla (+446), decía: “Jesús nació sin mancha de la que Él mismo se preparó sin mancha alguna… María es el orbe celestial de una nueva creación en la que el sol de justicia (Cristo) siempre brilla y así ha alejado de su alma (de María) la oscuridad de la noche del pecado”.

San Agustín, hablando del pecado original, con el que todos nacemos dice: “Excepción hecha de la santa Virgen María a la cual, por el honor del Señor, pongo en lugar aparte, cuando hablo del pecado”.

San Juan Damasceno, en el siglo VIII, dice: “Oh hija santísima de Joaquín y Ana…, fuiste conservada sin mancha, como esposa de Dios, para que por tu naturaleza fueses la madre de Dios”.

El Papa Pío en 1854, dice estas palabras: “Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la bienaventurada Virgen María en el primer instante de su concepción, por privilegio y gracia especial de Dios y en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano, fue preservada de la mancha de pecado original ha sido revelada por Dios y ha de ser por tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles.”

Aquel día, 8 de diciembre de 1854, en el momento en que el Papa Pío IX dio lectura a la bula Ineffabilis Deus, proclamando el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, ocurrió algo sobrenatural: un rayo de luz, proveniente de lo alto, inundó su frente. Un fenómeno fuera de lo común, porque en ninguna época del año y, menos en la estación invernal, podía venir un rayo de ninguna ventana de la basílica vaticana, llegando hasta el ábside donde se encontraba el Papa. Aquella luz fue atribuida universalmente a una causa sobrenatural. El rayo de sol que envolvió de improviso la majestuosa frente de Pío IX, precisamente en el momento que se leía el texto de la definición dogmática, era como la sonrisa de Dios, como una respuesta del cielo a la tierra.

De hecho, el mismo Papa comentó a unas religiosas su experiencia personal: “En ese momento, Dios me dio un conocimiento tan claro y tan profundo de la pureza total de la Virgen, que me sentí abismado con aquel conocimiento y por mi alma se desbordaron unas delicias inenarrables, delicias que no se pueden comparar con nada de este mundo. Debo afirmar que, de no haber sido asistido en aquellos momentos por una gracia o ayuda especial, yo hubiera muerto entonces de la dicha que sentía, bajo el impacto de aquel conocer contemplativamente la incomparable hermosura de la Virgen Inmaculada”.

Asunción de María

Sobre la Asunción de María, hay escritos del siglo IV, llamados Transitus, donde se habla del tránsito de María en cuerpo y alma al cielo, es decir, de su Asunción.

También en el siglo IV se encuentra el testimonio de san Epifanio, que admite la posibilidad de que su cuerpo glorificado esté en el cielo.

En el siglo VI, ya se celebraba la fiesta de la Dormición en Jerusalén y, hacia el año 600, en Constantinopla. Y del siglo VIII hay hermosas homilías sobre la Asunción, nombre que parece más antiguo que el de Dormición. Entre los autores de estas homilías están san Modesto, san Germán de Constantinopla, san Andrés de Creta y, especialmente, san Juan Damasceno.

Sobre la Asunción de María nos dice san Gregorio de Tours en el año 590: “Los apóstoles se repartieron por diferentes países para predicar la palabra de Dios. Más tarde, la bienaventurada María llegó al fin de su vida y fue llamada a salir de este mundo. Entonces, todos los apóstoles vinieron a reunirse en la casa de María y, al saber que debía salir de este mundo, permanecieron todos juntos velando. De repente, el Señor apareció con sus ángeles, cogió su alma, se la entregó a Miguel, el arcángel, y desapareció. Al amanecer, los apóstoles tomaron el cuerpo, lo pusieron sobre una camilla y lo colocaron en una tumba, velándolo mientras esperaban la venida del Señor. Y, de nuevo, se presentó el Señor, de repente, y mandó que el santo cuerpo fuera levantado y llevado al paraíso sobre una nube. Allí, reunido con su alma, se llena de gozo con los elegidos de Dios y disfruta de las bendiciones de la eternidad, que nunca terminarán”.

San Juan Damasceno (675-749) escribió: “Era preciso que aquella que, al ser madre, había conservado intacta su virginidad, obtuviera la incorrupción de su cuerpo después de morir. Era preciso que quien llevó en su seno al Creador hecho niño, habitara en los divinos tabernáculos. Era preciso que la madre de Dios poseyera las cosas de su Hijo y que, por todas las criaturas, fuera ella venerada como sierva del Señor y madre de Dios”.

Como dogma de fe, fue definido por el Papa Pío XII el año 1950, diciendo: “Para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos, ser dogma de revelación divina que la inmaculada madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

En sus memorias, la que fue durante cuarenta años ama de llaves del Papa Pío XII, dice: “El 30 de octubre de aquel año de 1950, a la vuelta de su paseo por los jardines vaticanos, nos contó Pío XII que, mientras paseaba, vio un espectáculo raro en el cielo. El sol estaba todavía bastante alto y parecía una bola oscura de amarillo pálido, rodeada de un resplandor muy brillante. Delante del sol se mecía una nubecilla tenue y clara. El sol se movía ligeramente como balanceando a derecha e izquierda sobre su eje, y en su interior se observaban unos movimientos continuos. El conjunto ofrecía una vista maravillosa y se podían fijar los ojos en él sin deslumbrarse. Al día siguiente domingo, fuimos expectantes al jardín, pero no vimos nada. El Santo Padre nos preguntó: ¿Lo han visto? Hoy ha ocurrido lo mismo que ayer. El mismo espectáculo lo vio también el día de la promulgación dogmática, así como en la octava”.

De esta manera, Dios quería bendecir al Papa, que vio en cuatro oportunidades el milagro del sol, que representaba a María, la mujer vestida de sol del Apocalipsis.

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