Ricardo Diez de Ulzurrun López 28 de diciembre de 2021


El término tradición relacionado con el cristianismo tiene que ver con el contenido recibido, trasmitido según la tradición cristiana, y presente en las distintas disciplinas teológicas dentro del marco de la historia de la doctrina y de la Iglesia, que inclusive va más allá de la misma tradición de los antepasados, propia de la cultura de Israel, y se refiere específicamente a lo que Cristo dijo, hizo y cumplió según los profetas y la ley y que se vive y se celebra en la fe de la Iglesia.

Desde la tradición veterotestamentaria,  María es presentada asociada al misterio de Cristo y de la Iglesia naciente, la realización de la Hija de Sión en su maternidad divina y espiritual (Mater Dei, Mater Nostra).

Los Padres de la Iglesia son autores cristianos, a menudo obispos o en todo caso hombres encargados de responsabilidades pastorales, que en los primeros siglos de la Iglesia, mediante su predicación y escritos, han influenciado los desarrollos de la doctrina cristiana y contribuido a la formación de los cristianos de su época y de los siglos futuros. Generalmente se habla de “Padres de la Iglesia” para los escritores de los cinco o seis primeros siglos, pero también los escritores cristianos de los siglos siguientes han jugado un papel importante por su actividad pastoral y por su espiritualidad en la vida de la Iglesia y que se puede considerar un poco como sus sucesores.

Desde el comienzo, María es celebrada tanto en la Tradición como en la Sagrada Escritura como Dichosa por haber creído. Los Evangelios presentan la Virgen María que realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe desde el anuncio del Ángel, durante toda su vida hasta su última prueba, ella nunca dejó de creer en el cumplimiento de la palabra de Dios y por eso la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.

La lectura en conjunto en los Padres de la Iglesia ha incluido a María desde el comienzo en la proclamación del Kerigma Primitivo como la madre del Señor y de los discípulos: en ella se cumplen las Escrituras. Los Padres confirman la presencia maternal de María como madre de Israel, madre de Dios, madre nuestra, su culto y devoción desde el comienzo y a lo largo de los siglos por su intercesión, santidad y ejemplaridad.

Los Padres de la Iglesia ubican a María entre el misterio de Cristo y el misterio de la Iglesia y la relacionan con el misterio trinitario. La tradición sobre María expresa una permanencia en el tiempo de la Iglesia de la presencia de María en la doctrina y en el culto, que a su vez se fundamenta con la revelación del acontecimiento de María en el de Cristo y en el de la comunidad naciente y prolonga su influencia metodológica y de contenidos en la continua actualización de esta presencia en el magisterio eclesial.

Extasiados ante la belleza de María, los cristianos le han dirigido siempre toda clase de alabanzas, que la Iglesia recoge en la liturgia: huerto cerrado, lirio entre espinas, fuente sellada, puerta del cielo, torre victoriosa contra el dragón infernal, paraíso de delicias plantado por Dios, estrella amiga de los náufragos, Madre purísima…

Son muchos los Padres que hablan de María como Madre de Dios. La primera monografía mariana de carácter doctrinal aparece a mitad del siglo IV. Otros Padres se ocupan de la virginidad de María en sus textos. Subrayar el amplio monográfico sobre María: “Contra los nestorianos” de Leoncio de Bizancio en el siglo VI.

Paralelismo entre Eva-María y María-Tierra

Los Padres de la Iglesia lo emplean como respuesta a las ideas gnósticas del mundo y de la historia. El tema paulino de la recapitulación de todas las cosas en Cristo, ellos lo amplían y lo aplican también a María.

Justino emplea el paralelismo de que la virgen Eva es tentada por la palabra de la serpiente, concibe la desobediencia y la muerte, mientras que la virgen María acoge la palabra del ángel y por medio de Cristo, realiza la liberación de la muerte.

Ireneo dice que lo que deshizo Eva, Dios lo vuelve a rehacer por María. Eva desobedece y María obedece y trae la vida. Eva pecó siendo virgen, María obedece siendo virgen. Ireneo tiene además habla de que Adán es creado de tierra-virgen y Jesús nació de María virgen, pero es necesario que María sea verdadera madre de Jesús para que Éste sea hombre auténtico. Explica que hay un paralelismo entre el origen del cuerpo de Adán que vino de la voluntad y sabiduría de Dios y de una tierra virgen, y el de Jesucristo, cuya encarnación tiene lugar en el seno de una virgen, sin obra de varón. Por su origen del Espíritu Santo será el Hijo de Dios, por su venida de madre virgen será hijo del hombre.

También Tertuliano recurre a la tierra virgen y dice que al igual que Adán fue formado por Dios de tierra virgen así también el nuevo Adán tenía que nacer de tierra virgen. Defiende la concepción virginal y la maternidad divina de María.

Juan Crisóstomo profundiza más y afirma que igual que la tierra virgen de la que fueron formados Adán y Eva germinó sin semillas y fructificó en el Paraíso, así la tierra virgen de María sin recibir tampoco simiente alguna germinó para nosotros a Cristo.

Maternidad divina – Theotókos

La teología cristiana se inició con la cristología pero al afirmar que Cristo no sólo fue concebido por obra del Espíritu sino que nació de mujer hizo necesario ocuparse también de la Madre de Jesús.

Los Padres de la Iglesia del siglo II entendían la maternidad de María como el medio que Dios escogió para abajarse hasta nosotros.

El primero que uso del término “Theotókos” fue Alejandro de Alejandría en el siglo III. La cuestión estaba en entender la relación entre lo divino y lo humano de Jesús. Mientras que Pablo de Samosata, obispo de Antioquia, hacia el año 260 afirmaba que María era madre de Jesús, no del Logos.

Mientras, el pueblo proclamaba a María “Theotókos”,y  a partir de esta época se va haciendo cada vez más frecuente en los textos y homilías de los teólogos y pastores de la Iglesia.

Efrén el Sirio ensalza la maternidad divina de María en hermosos himnos que enriquecen la liturgia mariana oriental hasta hoy y en los cuales queda patente la kénosis del Hijo de Dios y la elevación de la criatura.

Agustín de Hipona presenta a María como Madre de la debilidad que Cristo asumió por nosotros; y Epifanio el monje afirma que la divinidad toma de la humanidad de María aquello que necesita Jesús, para plasmarse en la humanidad perfecta que tomó de María por obra del Espíritu Santo.

La maternidad divina de María es considerada como fundamento de toda la economía salvífica.

Para Apolinar de Laodicea, la Theotókos pertenece al plano trinitario de la salvación, sin ella no hay posibilidad de comprender el cristianismo. Si la Iglesia “no hubiera asumido la encarnación de Cristo a través de la Virgen, jamás hubiera podido conocer la gloria de la divinidad que proviene del Padre”.

Gregorio Nacianceno afirma que aquel que no confiese a María como “Madre de Dios” se separa de la divinidad, es ateo.

Agustín de Hipona es el que mejor resume el sentido de la verdadera maternidad divina de María cuando afirma: “Si la madre fuera ficticia, también sería ficticia la carne y ficticia sería igualmente la muerte, ficticias las heridas de la pasión, ficticias las cicatrices de la resurrección”.

Siendo importante y fundamental el aspecto biológico, la maternidad de María no puede reducirse sólo a eso. Algunos Padres de la Iglesia de los primeros siglos tienden, incluso, a relativizar este hecho a favor del parentesco espiritual de la Virgen con su Hijo.

Juan Crisóstomo interpreta las palabras de Jesús en el evangelio: “bienaventurados los que hacen la voluntad del Padre”, como respuesta no de rechazo a su madre, sino que muestra que el parto por sí mismo no sirve de nada si María no fuera fiel a la voluntad del Padre.

Para Agustín es obvio que, si hubiera de hacerse una diferencia entre la maternidad de María “según la carne” y “según el espíritu” primaría siempre ésta última. Pero esta contraposición no se dio en María, ya que es madre de Cristo cumpliendo siempre la voluntad del Padre.

En el Concilio de Nicea (325) no se aclaró la cuestión de la maternidad divina, porque estableció definitivamente la divinidad de Cristo, pero lo referente a la humanidad de Jesús quedó sin resolver y algunos lo diluyeron tanto que llegaron a afirmar que hasta el cuerpo que recibió de María era divino, lo que derivó en el docetismo e hizo necesario el Concilio de Éfeso.

El Concilio de Constantinopla I (381) no trato el tema mariano pero nos dejo un símbolo de fe y en él aparece: “es encarnado por obra del Espíritu Santo y de María virgen”, expresa la aportación materna dada por María a la encarnación del Verbo, se indica el hecho sin indicar la naturaleza y las modalidades de la participación materna de María y de su relación con el Espíritu Santo. No se encuentra el término madre aunque se indica la función.

La cuestión era explicar cómo lo divino asume lo humano de Cristo y por lo tanto si es apropiado llamar a María Theotokos, en sentido estricto de “Genetrix Dei” (Madre de Dios). La controversia generó división entre las iglesias de Constantinopla y de otras comunidades.

El patriarca Nestorio, de formación antioquena, sostiene que los atributos divinos y humanos no son intercambiables y, por tanto, buscando salvaguardar la realidad humana de Cristo (Logos-Sarx), considera la unión de ambas realidades por “inhabitación” o “benevolencia”, con lo cual llamar a María “Theotokos” queda fuera de lugar, porque considera que llamarla así es hacerla divina. Da por bueno el término mucho más antropológico “Cristotokos” (Madre de Cristo).

Cirilo, patriarca de Alejandría insiste en la prioridad de la divinidad (Logos-Verbo) insiste en la necesidad del intercambio de atributos divino-humanos (communicatio idiomatum) para legitimar el sentido salvífico de la encarnación. No es que el Logos se haya unido a la persona de un hombre, sino que asumió un cuerpo como el nuestro y como hombre nació de mujer, sin repudiar su divinidad y siguió siendo lo que era: Dios.

Los acontecimientos se precipitan cuando ambos patriarcas se reafirman en sus posiciones y las radicalizan. Cirilo convoca un Sínodo en Alejandría (430) y Celestino papa, otro en Roma ese mismo año. Interviene entonces el poder político y los emperadores de Oriente (Teodosio II) y de Occidente (Valentiniano III) toman cartas en el asunto urgiendo la realización de un Concilio que se celebra en la ciudad de Éfeso (431). De carácter netamente cristológico-soteriológico, el Concilio de Éfeso asume el término “Theotókos” pero sin que en él quede recogido todo el contenido teológico que se había ido precisando a lo largo de los dos siglos anteriores. Triunfa la postura de Cirilo, pero no sin aclaraciones y tensiones que se prolongan a lo largo de los siglos posteriores.

El término “Theotókos” era más bien cristológico que mariológico. El pueblo de Éfeso que había seguido el concilio aclamó por sus calles a María como la “Theotókos”. No obstante los Padres de Éfeso no pretendían privilegiar a María, sino dar cuenta de su fe cristológica: confesar que el Hijo de Dios nacido de mujer, fue verdadero hombre. María forma parte aquí de los grandes argumentos teológicos aportados al debate cristológico. Los Padres del concilio quedaron muy por detrás del fervor y devoción popular a María.

Es en el concilio de Calcedonia (451) en el que se determina teológicamente la constitución de la personalidad de Cristo en el instante de su generación virginal: la naturaleza divina y la naturaleza humana asumidas por él se unieron en la persona del Hijo de Dios, de forma no confusa e inseparable. En ese mismo momento contemplaba el Concilio de Calcedonia a María como “Theotókos”. Era un término provocativo como la afirmación “el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14). Con ello se unían una realidad sólo accesible por la fe la divinidad del Hijo nacido de María y el dato perceptible de su nacimiento de mujer. La concepción virginal de Jesús es una acción de Dios en María.

La reflexión teológica sobre María como madre de Dios estuvo fuertemente ligada en Occidente al desarrollo dogmático de la Inmaculada, la Asunción, la Coredención y la Mediación.

En los primeros siglos de la Iglesia se multiplican por doquier las imágenes, mosaicos y esculturas en las que María aparece junto a Cristo y a los santos en catacumbas e iglesias.

En el 727 comienza la persecución iconoclasta promovida por el emperador León Isaúrico que ha dejado su huella hasta hoy, sobre todo en la Iglesia de Oriente, en la cual la imagen se traduce sólo a través del “icono”.

El problema iconográfico es esencialmente cristológico, porque decían que pintar a Cristo significaba “negar” su divinidad; contra esto Juan Damasceno, defensor de la iconografía en sentido de economía salvífica, dice que negar la posibilidad de pintarlo o “imaginarlo” significa, por otra parte, negar la realidad de la Encarnación, ve el icono “rebosante de energía y gracia divina…” María es la garante de la “visibilidad” de Cristo, de su verdadera humanidad.

Con este panorama de enfrentamientos se convoca el II Concilio de Nicea (787) en contra de los iconoclastas y a favor de que los “iconos” puedan servir como camino de contemplación del Misterio divino revelado en Cristo y de la Inmaculada, nuestra Señora.

Virginidad de María

La virginidad de María ha sido confesada de modos diferentes a lo largo de la tradición de la Iglesia.

Para Ignacio de Antioquia la virginidad de María no significa el ser o estado virginal de ella sino la concepción virginal de Cristo en su seno. La virginidad de María es un misterio de Cristo, pertenece a Cristo. La virginidad de María no tiene sentido en sí misma, sino en relación a Cristo. No se trata de un aspecto meramente biológico-físico “es otra cosa”.

Orígenes tiene gran devoción a María y es defensor de su virginidad perpetua por lo que le señala un puesto de honor en el misterio de Cristo y en la comunidad, defiende la concepción virginal, la divina maternidad y la virginidad perpetua de María, pero este hecho lo considera perfectamente compatible con un parto natural.

Juan Damasceno distingue los puntos considerados más importantes sobre María y los que tienen menos trascendencia. Entre los primeros está el consentimiento de María a la encarnación, el parto virginal y María Theotokos. Entre los segundos está los datos aportados por los apócrifos.

La fe en la concepción virginal de Jesús no ha tenido grandes contradictores, para Lutero es una forma misteriosa de actuar Dios en María y lo que le parece más importante no es tanto su virginidad, cuanto la acción que el Espíritu Santo realiza en María. Calvino afirma que lo que sorprende a María nos es engendrar siendo virgen sino que ella pudiese engendrar al Hijo de Dios.

La profundización sobre la concepción virginal de Jesús y sobre la virginidad de María suscitó la pregunta sobre la virginidad en el parto. El Protoevangelio de Santiago lo da como afirmativo y algunos Padres de la Iglesia lo aceptaron sin más, otros sin embargo, no vieron que el que Jesús naciera como cualquier niño pudiera impedir la virginidad de María.

Tertuliano afirma que María fue virgen en cuanto al varón pero no en cuanto al parto, porque Jesús al nacer abrió el seno de María y desde entonces es madre y esposa pero ya no es virgen, por eso explica que Pablo habla de “nacido de mujer”, no de virgen.

Orígenes rechaza la doctrina de la integridad física de María en el parto. Tenían que evitar la opinión doceta de que Cristo no se había encarnado adecuadamente.

Epifanio cree que la lucha contra el docetismo no exige vulgarizar el parto de Jesús. Afirma que “después del tiempo necesario de gestación Jesús vino al mundo por vía natural, sin deshonor, inmaculado y sin contaminación”, aunque siendo natural estuvo rodeado de ciertas circunstancias adecuadas a aquel que nacía.

Fueron muchos los Padres que aceptaron la virginidad en el parto, todos los grandes teólogos de los siglos III, IV, V (Atanasio, Basilio, Gregorio de Nisa, Gregorio Nacianceno, Cirilo de Jerusalén, Epifanio, Ambrosio, Agustín, Jerónimo).

El año 390, el Sínodo de Milán presidido por Ambrosio, y un Sínodo de Roma, bajo el Papa Silicio en el año 393, presentaron oficialmente la “virginidad en el parto” como doctrina de fe de la Iglesia.

Los Padres de la Iglesia ven tanto en la concepción como en el parto de Cristo un acontecimiento prodigioso realizado por Dios y encontraron para ello apoyos bíblicos. Algunos defienden que Cristo nació de forma natural, pero bien conservó la integridad física de María o se la restituyó de nuevo.

La afirmación de la virginidad de María en sus diversas fases se abre camino en medio de grandes disputas pero dentro de un ambiente favorable a la elección virginal.

El Protoevangelio de Santiago y Clemente Alejandrino afirman que fue siempre virgen y que “los hermanos de Jesús” se refieren a hijos anteriores de José.

Orígenes añadió que la consagración por el Espíritu Santo la habilitó de tal forma para la maternidad que no necesitó al varón. Por otra parte él valoraba mucho el ideal ascético de la virginidad.

Tertuliano opina que tras el nacimiento de Jesús, María se habría unido en matrimonio con José, por lo que Jesús la habría rechazado. A ello dice Orígenes que no hay ninguna Escritura que apoye la opinión de Tertuliano.

El desarrollo del dogma va cobrando contenido teológico mariano a través de los escritos de Epifanio que tuvo que responder sobre “los hermanos de Jesús” a los adversarios de María, se acogió a la explicación de que eran hijos de José y éste ya mayor por lo que sólo tuvo la misión de proteger a María y llama a María virgen perpetua.

Basilio defendió la perpetua virginidad, aunque reconoce que no hay argumentos en la Escritura para probarlo. El verdadero argumento estaba en el sentido de los fieles, que dice que no soportan que se diga que la Theotókos cesó de ser virgen en algún momento.

Gregorio de Nisa se apoya en el Protoevangelio de Santiago para afirmar que María tenía el propósito de guardar virginidad, lo que estaba en continuidad con la decisión de sus padres que la consagraron a Dios.

Ambrosio, obispo de Milán, contribuye al tema, especialmente desde una clara apologética de la virginidad como “modelo” de vida cristiana, especialmente de las mujeres. Es el momento en el que la Iglesia conoce el nacimiento y consolidación de la vida monástica, tanto en oriente como en occidente.

Agustín mantendría también esta misma opinión. Y Jerónimo dedica un estudio monográfico al tema y defiende que tanto María como José permanecieron siempre vírgenes.

Desde que los Padres de la Iglesia defienden la virginidad de María, pasa a conocérsela tradicionalmente como la “Virgen”. El movimiento a favor de la virginidad perpetua de María no dejó de recibir el reconocimiento oficial de la Iglesia en algunos concilios, así el de Calcedonia asumió la fórmula de “nacido de María Virgen”, que en su contexto implicaba la virginidad después del parto. El II de Constantinopla explicita que el “Verbo se encarnó de la santa gloriosa Madre de Dios y siempre virgen María”.

El concilio Lateranense del 649 establece en el tercer canon que: “si alguno no confiesa de acuerdo con los Santos Padres (…) que María es santa, siempre virgen e inmaculada Madre de Dios, que concibió bajo la acción del Espíritu Santo (…) permaneciendo ella aun después del parto en su virginidad intacta, sea condenado”.

Defiende la real maternidad junto a lo prodigioso de su parto que no rompió su integridad virginal. Este concilio aunque en un principio no era ecuménico por la expresa solicitud epistolar del Papa a los obispos de oriente y occidente de que lo acepten se puede considerar ecuménico y por tanto la perpetua virginidad de María se convierte en una definitiva verdad de fe, al menos en virtud de la autoridad papal.

Ildefonso de Toledo (+ 667) cuyo “Libro sobre la virginidad de Santa María contra tres infieles” se considera la más extensa monografía mariana del primer milenio cristiano, defiende con una serie de argumentos la “virginidad perpetua de María”. Se funda en profecías y citas bíblicas.

Lutero y Calvino defienden también la virginidad de María y hablan de los hermanos como primos de Jesús. Lutero afirma que “María permaneció virgen, pues tras sentirse madre del Hijo de Dios, no deseo ser madre de otro hombre, sino permanecer en esa gracia”.

En los tres primeros siglos la virginidad era una auténtica confesión de fe cristológica, expresaba la maternidad trascendente de María por ser la Madre del Hijo de Dios. Más tarde confesar a María como la siempre virgen, adquiría un matiz ejemplar y fue desprendiéndose de la maternidad, hasta ser presentada María como modelo de las monjas y de los monjes que son vírgenes, sin tener en cuenta la maternidad o paternidad.

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