La parábola de los dos señores

Esta parábola de “Los dos señores” aparece en el evangelio de san Mateo y de san Lucas:

Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. (Mt 6, 24)
 
Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. (Lc 16, 13)

 
Jesús está hablando para sus discípulos y seguidores, y entre los que escuchaban había fariseos, que eran amantes del dinero y trataban de compaginar su amor a las riquezas y a Dios, al que pretendían servir. Por eso Jesús les dice claramente que no se puede tener dos señores.

Ser esclavo implica una entrega existencial total, y ésta no se puede dar a dos personas a la vez. Buscando la seguridad, es falsa la pretensión de ponerse bajo la protección de Dios y del dinero, siendo esclavos de ambos a la vez. Dios pide un servicio total y exclusivo.

Los seguidores de Jesús tienen que elegir a qué señor quieren servir. Quienes elijan el dinero organizarán su vida con un orden de valores opuestos al camino de Jesús. Quienes elijan a Dios tendrán como valor supremo el amor fraterno, la misericordia. En el fondo, se trata de la decisión entre el egoísmo y el amor, entre la justicia y la injusticia, entre Dios y Satanás.

Los cristianos tenemos un solo Señor y le debemos servir con todo el corazón, con los talentos que Él mismo nos ha dado, empleando todos los medios necesarios. Seguir a Cristo significa encaminar a Él todos nuestros actos. No tenemos un tiempo para Dios y otro para el estudio, para el trabajo, para los negocios, todo nuestro tiempo debe ser de Dios y a Él debe ser orientado. Pertenecemos por entero al Señor y a Él dirigimos toda nuestra actividad.

No podemos permitir que el dinero se convierta en nuestro señor, ni siquiera con el pretexto de proveer nuestro propio futuro, ni el objetivo de nuestra vida puede ser acumular la mayor cantidad de bienes posibles, tener cada día más confort y comodidad, no nos llevaremos nada cuando vayamos a la tumba.

Los bienes que hemos recibido no son propiedad nuestra, todos los bienes son para todos, por lo que cada uno tiene la obligación de procurar que a nadie le falte lo necesario para vivir. Por desgracia, no siempre es así, y en este mundo contemplamos grandes injusticias con muchos pueblos pobres, que carecen de lo necesario (agua, alimentos, medicamentos, dignidad), con muchas personas marginadas socialmente. Este mundo salvaje, que no da trabajo, que no ayuda, que no le importa si hay niños que mueren de hambre en el mundo, que no le importa si muchas familias no tienen para comer, que no le importa que mucha gente tenga que huir de la esclavitud, del hambre.

Nosotros como individuos no estamos en condiciones de resolver estos problemas, pero si podemos hacer pequeñas acciones. El cristiano ha de saber dirigir sus acciones a promover el bien común, encontrando las soluciones adecuadas, con ingenio, con interés, con profesionalidad, sacando adelante o colaborando en empresas y obras buenas en servicio de los demás.

Hoy, como ayer, la vida del cristiano exige valentía para ir contra corriente, para amar como Jesús, que llegó incluso al sacrificio de sí mismo en la cruz.

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