Ricardo Diez de Ulzurrun López 2 de marzo de 2022


La Cuaresma es el período litúrgico que prepara a los cristianos para la celebración de las fiestas de la Pascua. Tenía lugar esta preparación, en un principio, solo desde el Viernes Santo a la Vigilia Pascual: «dies in quibus est ablatus Sponsus» (los días en que se nos quitó el Esposo). Luego se alargó a una semana y más tarde algo más.

Como tiempo litúrgico normal, la Cuaresma comienza en el siglo IV, en toda la Iglesia, sin que precediera para ello una orden o mandato especial. Ya en ese período se tenía en cuenta de modo especial a los catecúmenos, que habían de recibir el bautismo en la Vigilia Pascual, y a los penitentes, que serían reconciliados el Jueves Santo por la mañana.

La Sacrosanctum Concilium del Vaticano II dice a este respecto: «Puesto que el tiempo cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración, para que celebren el misterio pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia, dese particular relieve en la liturgia y en la catequesis litúrgica al doble carácter de este tiempo» (nº 109).

En este tiempo, según las normas de la Iglesia, pueden realizarse diversos ejercicios, o bien paralitúrgicos o bien piadosos, como el Via crucis, a los que el pueblo fiel está muy sensibilizado.

En un principio la Cuaresma comenzaba con el primer Domingo de ese período litúrgico. Luego, como en los domingos no se ayunaba, se añadieron unos días más, y así surgió el Miércoles de Ceniza, en el que se imponía la ceniza y el sayal a los penitentes públicos; después esta costumbre se extendió a todos.

Con motivo de la reforma litúrgica del Vaticano II, se pretendió suprimir la celebración del Miércoles de Ceniza y comenzar la Cuaresma por el Domingo, dejando al criterio de los sacerdotes el imponer la ceniza a los fieles el lunes siguiente.

Pero Pablo VI decidió que se mantuviese la disciplina tradicional del Miércoles de Ceniza, y él daba ejemplo recibiendo todos los años devotísimamente la ceniza en su cabeza. Los Pontífices siguientes han continuado con esa misma práctica.

Miércoles de Ceniza

Entrada: «Te compadeces de todos, Señor, y no odias nada de lo que has hecho; cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Y los perdonas, porque Tú eres nuestro Dios y Señor» (Sap 11,24-25,27).

Colecta (del Misal anterior, y antes del Veronense, Gelasiano y Gregoriano): «Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma, para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal».

Comunión: «El que medita la Ley del Señor da fruto en su sazón» (Sal 1,2-3).

Postcomunión: «Señor, estos sacramentos que hemos recibido hagan nuestros ayunos agradables a tus ojos y obren como remedio saludable de todos nuestros males».

Primera lectura: Joel 2,12-18. Rasgad los corazones, no las vestiduras. Es éste un llamamiento del profeta Joel al pueblo de Dios para una celebración comunitaria de la penitencia. La respuesta de Dios a este ayuno la presenta el profeta como una vuelta a la era paradisíaca. La penitencia, el ayuno y los ritos de purificación harán que el pueblo, en el día del juicio, entre en la era definitiva de la felicidad.

A las condiciones de un ayuno agradable a Dios, que sea a un tiempo comunitario e interior, le añade el profeta su dimensión escatológica. Por él se llegará a la futura felicidad y a la vida eterna con Dios.

Salmo: Para que Dios perdone es menester que exista el reconocimiento de la culpa y el consiguiente arrepentimiento. Hacemos nuestra esa actitud espiritual con el Salmo 50: «Misericordia, Dios mío, hemos pecado. Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. «Contra ti, contra ti solo pequé. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza».

Segunda lectura: 2 Corintios 5,20–6,2. Dejaos reconciliar con Dios. Ahora es tiempo de gracia. Cristo es ante todo el Reconciliador, el Príncipe de la paz. Los Apóstoles y los ministros sagrados continúan su obra en el sacramento de la penitencia. Comenta San Agustín: «No tendría validez la exhortación a la reconciliación, si no fuéramos enemigos. Así pues, todo el mundo era enemigo del Salvador y amigo del que lo tenía cautivo; con otras palabras, era enemigo de Dios y amigo del diablo. También el género humano en su totalidad estaba encorvado hasta tocar la tierra. «Comprendiendo ya quiénes son esos enemigos, el salmista levanta su voz contra ellos, y dice a Dios: “han encorvado mi alma” (Sal 56,7). El diablo y sus ángeles han encorvado las almas de los hombres hasta la tierra, es decir, hasta el punto que, inclinados a todo lo temporal y terreno, no buscan ya las cosas celestiales. Esto es, en efecto, lo que dice el Señor de esa mujer a la que Satanás tenía atada desde hacía dieciocho años, y a la que convenía ya librar de esa cadena, y en sábado precisamente. ¿Quiénes miraban con malos ojos a la que se erguía, sino los encorvados? Encorvados porque, no entendiendo los preceptos mismos de Dios, los miraban con corazón terrenal» (Sermón 162,B).

La cruz de ceniza, que hoy nos impone la Iglesia, es la señal de que estamos dispuestos a emprender una vida de penitencia: «Convertíos y creed al Evangelio» (Mc 1,15). «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás» (Gén 3,19). Es la misma llamada que ya escuchamos al profeta Joel: «Convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad vuestros corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro».

Santo Evangelio: Mateo 6,1-6.16-18. Tu Padre, que ve lo escondido, te recompensará. Comenta San Agustín: «Ciertos hombres hacen el bien y temen ser vistos, y ponen todo su afán en encubrir sus buenas obras. Buscan la ocasión en que nadie los vea. Entonces dan algo en limosna con el temor de chocar con aquel precepto: «guardaos de realizar vuestra justicia para ser vistos por ellos» (Mt 6,1). Pero el Señor no mandó que se ocultasen las obras buenas, sino que prohibió que se pensase solo en la alabanza humana al hacerlas –«para ser vistos por los hombres»–; que fuera ése el fruto que buscaran únicamente, sin desear ningún otro bien superior y celestial.

«Si lo hicieran solo para ser alabados, caerían bajo la prohibición del Señor. Guardaos, pues, de buscar ese fruto: el ser vistos por los hombres. Y, sin embargo, manda: «vean vuestras buenas obras» (Mt 5,16). Una cosa es buscar en la buena acción tu propia alabanza, y otra buscar en el bien obrar la alabanza de Dios. Cuando buscas tu alabanza, te has quedado en la alabanza de los hombres; cuando buscas la alabanza de Dios, has adquirido la gloria eterna. Obremos así para no ser vistos por los hombres, es decir, obremos de tal manera que no busquemos la recompensa de la mirada humana. Al contrario, obremos de tal manera que quienes nos vean y nos imiten glorifiquen a Dios. Y caigamos en la cuenta de que si él o nos hubiera hecho así, nada seríamos» (Sermón 338,3-4).

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