Ricardo Diez de Ulzurrun López 28 de enero de 2022


El libro de Deuteronomio es el quinto y último libro del Pentateuco. Deuteronomio en griego significa “segunda ley”.

Pero el propósito de este libro no es un segundo conjunto de leyes, como si fuese una segunda Torá, sino sencillamente repetir lo que Moisés enseñó anteriormente, ligeramente ajustado a la diferencia en las circunstancias entre vagar en el desierto y vivir una vida establecida en Canaán.

El Deuteronomio va a sorprender en los conceptos que tan maravillosamente y articuladamente presenta acerca de Dios, la tierra de Canaán, la ley, y otros temas importantes.

El libro del Deuteronomio se presenta como un largo discurso de Moisés en las llanuras de Moab a todo Israel. Está dirigido a la segunda generación, pues la primera, la que salió de Egipto y fue testigo de los acontecimientos del Sinaí, murió en el desierto como castigo por desconfiar de la promesa de Yahvé relativa a la posesión de la tierra. Estaba ya cerca la hora de su muerte y por eso quiere explicarles la Ley. Pero las palabras que él dirigirá a Israel no son meramente unas palabras personales de despedida o un “testamento” ante su muerte inminente, sino que lo que quiere trasmitirles es lo que Yahvé le había mandado para ellos.

“El año cuarenta, el día primero del undécimo mes, Moisés comunicó a los hijos de Israel todo lo que el Señor le había mandado para ellos” (Deuteronomio 1, 3).

Moisés comienza este libro contando cómo llegó Israel a donde está en este momento. Y al hacerlo. explica al menos la mitad de todas las leyes dadas en el Monte Sinaí. Repasa casi toda la Ley, punto por punto, y le dice a Israel cuál es el propósito de Dios para esta Ley. Explicará por qué se establecieron ciertos rituales, cuál era su propósito espiritual, los principios de Dios detrás de los mismos y por lo tanto, por qué son importantes y deben ser obedecidos.

El libro es histórico, legislativo y exhortatorio. Está formado principalmente por cuatro discursos:

  • El primero anuncia la destitución de Moisés de su puesto directivo. Comienza con un resumen histórico y termina con una exhortación a guardar la ley (Deuteronomio 1, 6 – Deuteronomio 4, 43)
  • El segundo repasa el Decálogo como base del pacto entre Dios e Israel y amonesta a Israel a obedecer. El cuerpo del discurso está formado por una relación de los requerimientos de la legislación civil, social y religiosa (Deuteronomio 4,44 – Deuteronomio 26, 19)
  • El tercero concierne al ritual de la bendición y la maldición (Deuteronomio 27, 1 – Deuteronomio 28, 68)
  • El cuarto presenta, con un breve resumen histórico, una exhortación a guardar la ley, y explica el pacto en el corazón (Deuteronomio 29, 1 – Deuteronomio 30, 20).

Moisés hace un llamamiento a su pueblo a ordenar sus vidas de acuerdo con la voluntad revelada de Dios. Obediencia significa vida, desobediencia significa muerte. Moisés emplea hechos históricos como base de su exhortación, y refuerza su mensaje apelando al amor y gratitud de Israel hacia Dios y su dignidad como pueblo escogido. Consciente de los peligros de la idolatría y de la sustitución del espíritu esencial de la religión por las formas, Moisés pone énfasis en la supremacía de Yahveh y de su ley, la naturaleza espiritual de su culto y servicio, y la fidelidad divina en cumplir el pacto con Israel y con todas las naciones.

El Deuteronomio es la despedida de un hombre que amó tan profundamente a su pueblo, que rogó ser borrado del libro de la vida si el pecado de ellos no podía ser perdonado.

“Pero ahora, o perdonas su pecado o me borras del libro que has escrito»” (Éxodo 32, 32).

El libro del Deuteronomio es, sin lugar a dudas, uno de los libros más importantes del Antiguo Testamento. Es tal su importancia que algunos comentaristas lo consideran el “núcleo central” o “centro teológico” del Antiguo Testamento. Es un libro clave para comprender la teología del Pentateuco y, por tanto, las claves principales de la fe israelita: Ley y alianza, elección y promesa de la tierra. La influencia de Deuteronomio en la vida religiosa de los hebreos es muy grande. Su descubrimiento en tiempos del rey Josías produjo una de las mayores reformas religiosas de la historia. El Deuteronomio llegó a ser la piedra angular de la devoción religiosa hebrea, todo verdadero hebreo recitaba uno de sus capítulos diariamente.

Su influjo en el Nuevo Testamento también es muy importante, ya que el Deuteronomio es uno de los libros del Antiguo Testamento más citados. Entre muchas de estas citas, por ejemplo, Jesús lo utiliza al hacer frente a las tentaciones del maligno:

“Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.” (Mateo 4, 1-11).

Y también al contestar la pregunta del intérprete de la ley, dando como primer y gran mandamiento la sentencia central de Deuteronomio, el Shemá:

“y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?». Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero.” (Mateo 22, 35-38).

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