Ricardo Diez de Ulzurrun López 4 de febrero de 2022


Los libros del profetismo ocupan una buena parte del Antiguo Testamento, aunque en otros libros que clasificamos como históricos también encontramos profetas, por ejemplo Elías y Eliseo.

Pero hay un tipo de libros muy característicos en la Biblia que tradicionalmente se clasifican como “profetas”. El fenómeno del profetismo es único en la religión de Israel, no existe, ni se da en otros contextos.

El término profeta, en castellano, proviene del griego, “prophemi”, que etimológicamente significaría el anunciador, el proclamador, el pregonero. El profeta sería aquel que profetiza, el que predice el futuro. Esto hace que pierda su sentido primero y más original.

El término profeta significa «hablar en vez de», «ser portavoz de» o también «hablar ante alguien», o «hablar en voz alta», dependiendo del significado que adquiera la preposición pro. En hebreo, el término corresponde a nabi, hozeh «vidente», roeh «visionario» y otras locuciones como «hombre de Dios» e «hijos de profetas».

  • Vidente: desempeña su actividad en el ámbito urbano, en los altozanos o ermitas. Recibe una recompensa por los servicios que presta. A este tipo de fenómeno responde la relación entre Samuel y Saúl.
  • Hombre de Dios o hijos de profetas: esta forma de profetismo surge en tiempos de crisis y se ejerce sobre grupos oprimidos o con relación a grupos oprimidos. Suele desempeñarse como una actividad en grupo y transmite una imagen de Dios que pone de manifiesto su poder. A este tipo de profetismo se refiere la actividad de Elías y Eliseo.
  • Visionario y profeta: su actividad surge a causa de presiones externas a la nación y su mensaje suele estar vinculado a la moralidad pública. Este tipo de profetismo lo ejercen pocos individuos y la imagen de Dios que transmiten reclama la centralidad de la vida, con un fuerte carácter moral.

Hay muchas clasificaciones que se pueden hacer de los profetas, pero la más fácil es agruparlos por siglos:

  • Los profetas del siglo VIII a.C. fueron Amos y Oseas en el Reino del Norte, y Miqueas e Isaías en el reino del Sur. Es significativo que al caer el Reino del Norte las tradiciones de estos profetas se conservaron en el Sur. Judá, el Reino del Sur, leyó estas palabras comprobando su veracidad. Descubrimos un sentimiento de responsabilidad en el Sur que les llevó a ser depositarios de los escritos de los profetas del Norte. Los temas de los profetas de este siglo son casi siempre constantes, denuncian la marginación social y la corrupción de sus dirigentes. Seguramente estamos ante una desintegración social o una fractura social importante cuyas razones se nos escapan. Lo que es evidente es que la situación llegó a ser escandalosa y grave. Otro de los temas constantes en estos profetas es el litigio religioso abierto con dos frentes. De una parte contra las tradiciones cananeas y los cultos a la fertilidad, cuyas prácticas eran entre otras cosas la prostitución sagrada a favor de la fecundidad de los campos. Prácticas que se hacían dirigiéndose a los dioses Baales. Por el tono de las denuncias debió ser muy amplio el seguimiento entre los Judíos. Por otra parte, el otro frente se abre contra las prácticas vacías del culto, la mala interpretación de la verdadera fe en Yahvé es denunciada también por estos profetas. Otro tema no menos interesante es la intervención política, la crítica constante a la política de pactos con los Imperios circundantes, y que a la larga traerá más problemas para los Judíos. Estos profetas entran en la actividad política de entonces, denuncian sus pactos y acuerdos, que consideran equivocados y erráticos. Como así fue. Tras estos cuatro profetas asistimos a un vacío de profetismo, hay unos 75 años de hueco en el profetismo, quizás por las persecuciones que han impedido que llegaran a nosotros.
  • A finales del siglo VII a. C. surgen cuatro profetas. Nahum, considerado a veces como un falso profeta, Sofonías, Habacuc y Jeremías. Es muy interesante la historia de Jeremías, entre otras cosas porque disponemos de mucha información en su libro. Jeremías es el profeta clásico mejor conocido, que se centra constantemente en la conversión. Estos profetas verán la destrucción de Jerusalén. De ahí que sean recordados como importantes, anunciaron la destrucción de Jerusalén antes de que sucediera, las amenazas se cumplieron. “Si hubiéramos escuchado a los profetas a tiempo…”, era la frase de varias generaciones.
  • Los profetas del siglo VI a.C. tienen unas características diferentes a sus predecesores. Ya no se centran en el castigo sino en la esperanza y el consuelo para el futuro. Tenemos aquí a Ezequiel y al II Isaías. Estos profetas viven el destierro, están cerca del hecho histórico que obliga a los hebreos a reflexionar sobre su religión y su situación actual. La destrucción de Jerusalén significó una conmoción, aquellos profetas antiguos tenían razón y fueron perseguidos. Nuestro comportamiento nos ha llevado a esta situación. Se pide, lógicamente la conversión y la esperanza del perdón de Dios.
  • En el siglo V se produce la decadencia del profetismo. Destacan en todos ellos una mayor debilidad en la temática planteada. Ahora importa más el Templo, la práctica cultual y el castigo a las naciones extranjeras. Hablamos de profetas como Malaquías, Joel, Abdías, II Zacarías,… Ya no hay grandes temas, el profetismo entra en decadencia hasta desaparecer. Se han dado varias razones para esta desaparición. La más importante está relacionada con una posible institucionalización de la práctica profética. La reforma del Deuteronomio contiene una síntesis teológica judía básica, es una asunción de los valores del profetismo. Esto supone que el carisma profético sea menos valorado. Es decir, para conocer las palabras de Yahvé ya no serán necesarios los profetas, bastaría con leerlo en los Libros Sagrados. El profeta es sustituido por los escribas del Templo. Esta reforma del Deuteronomio la fechamos en el 620 a. C.

Es un rasgo común a todos los profetas el que se sienten llamados a una especial misión, a difundir las palabras de Dios. Esta vocación que parte de Dios es gratuita, e implica una exigencia y un compromiso que es atendido por el profeta. La llamada para esta labor se considera como una grandeza para el profeta, pero es a al vez una gran responsabilidad y un gran riesgo.

Los relatos de vocación de los profetas se asemejan, quizás porque parten de un patrón común. Por eso, este campo ha sido muy estudiado por la exégesis. Los relatos de vocación más clásicos son los de Isaías, Jeremías y Ezequiel. En otros relatos falta algún elemento de la estructura, pero se mantiene, estamos en el caso de Samuel, Elías, Eliseo, Amos u Oseas.

El esquema habla de una intervención de Dios, la sorpresa en el llamado, la paz dada por Dios y el mensaje que ha de trasmitir, la duda y finalmente la seguridad de Dios. Este esquema no sólo lo encontramos en estos hombres, también está en otros personajes de la Biblia: Moisés, Abraham, Josué, etc.

¿Qué tenía que hacer un profeta, cuáles eran sus cometidos en aquella sociedad? El profeta rechaza la adivinación y la magia como contrarias a Dios, aunque admite su posibilidad. En la experiencia del Horeb, el pueblo pidió profetas, el Señor respondió a esa petición suscitando profetas semejantes a Moisés. Hay un gran aprecio de los profetas, pero también un rechazo a sus prácticas de adivinación y esoterismo y a los falsos profetas. El profeta puede hablar equivocadamente, con lo que estaríamos ante un falso profeta.

La existencia de falsos profetas fue fomentada por la monarquía para controlar a los profetas. No hay forma de saber quien es el verdadero profeta, salvo que esperemos a comprobar cuál de las dos profecías se cumple. Estos serían los verdaderos profetas. El verdadero profeta predice desgracias, no alaba al auditorio, dice la verdad aún a riesgo de su vida.

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