Ricardo Diez de Ulzurrun López 3 de febrero de 2022


Proverbios

El libro de los Proverbios incluye varias colecciones de máximas, refranes y comparaciones. Como en hebreo se llama masal a cada una de esas sentencias, el libro ha sido llamado mesalim, esto es, «Proverbios». En su conjunto es un compendio de sabiduría humana integrada en la fe en el Señor, Dios de Israel. Se trata quizás del escrito que mejor caracteriza la literatura bíblica sapiencial.

Desde el comienzo del libro ya nos advierte del propósito con el que se escribió “Proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel: Para aprender sabiduría y doctrina, para entender sentencias inteligentes, para adquirir disciplina y sensatez, derecho, justicia y rectitud; para enseñar sagacidad al inexperto, saber y reflexión al muchacho (lo escucha el sensato y aumenta su saber, el prudente adquiere habilidad); para entender proverbios y dichos, sentencias de sabios y enigmas. El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor, los necios desprecian la sabiduría y la disciplina” (Prov 1,1-7). Sólo encuentra la verdadera sabiduría quien teme al Señor, quien aprende de cuanto le rodea y sucede, y siempre y cuando preste la debida reverencia a su Creador.

Aunque cada una de las colecciones de proverbios tiene algunos rasgos característicos, todas ellas tienen un cierto trasfondo común, una actitud propia del sabio: saber expresar sintéticamente la experiencia humana. El sabio no crea ni inventa sus consejos, sino que los descubre como reglas de funcionamiento que el Señor ha dejado impresas en la creación del mundo y del hombre, y que proporcionan la clave para llevar una vida feliz y provechosa. Sus consejos se convierten, por tanto, en una interpretación profundamente religiosa del mundo y la sociedad.

En la lectura del libro de los Proverbios se percibe que el fundamento de su enseñanza es una sólida fe en el Dios de Israel. Dios, que ha hecho todas las cosas, es providente y retribuye a cada uno según sus obras, y es el Señor de todo. Por eso, sólo encuentra la verdadera sabiduría quien teme al Señor, esto es, quien aprende de cuanto le rodea y sucede, y siempre prestando la debida reverencia a su Hacedor. En este sentido, el autor inspirado afirma que la sabiduría está presente en el recto orden establecido por el Creador “El Señor me creó al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas… Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba las nubes en la altura, y fijaba las fuentes abismales; cuando ponía un límite al mar, cuyas aguas no traspasan su mandato; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto, y día tras día lo alegraba, todo el tiempo jugaba en su presencia” (Prov 8,22.27-30). Por eso la adquisición de la sabiduría lleva a acertar en la orientación de la vida de acuerdo con ese orden fijado por Dios en la creación, y eso es lo que proporcionará la felicidad al hombre.

Qohélet o Eclesiastés

Es uno de los cinco rollos de pergamino que se leen en algunas fiestas judías en las sinagogas. En la fiesta de los Tabernáculos (sukkot) se celebra al comienzo del otoño, una vez terminada la recolección de los frutos, y la lectura del libro del Eclesiastés supone una invitación a gozar con agradecimiento de los bienes obtenidos en la cosecha, sin olvidar que son un don de Dios.

El irónico autor de este libro se presenta con unas palabras con las que se identifica con Salomón, el rey, hijo de David, famoso por su sabiduría. “Palabras de Qohélet, hijo de David, rey de Jerusalén. ¡Vanidad de vanidades! —dice Qohélet—. ¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!” (Ecl 1,1-2).

El libro del Eclesiastés presenta una sabiduría realista que, considerando el carácter efímero del ser humano y asumiendo lo que enseña la experiencia, propone vivir en el «temor del Señor», prestando a Dios el reconocimiento que merece por sus obras.

Una lectura detenida de esta obra descubre al observador atento que en los primeros capítulos las alusiones a la sabiduría más bien disuaden al lector de esforzarse por alcanzarla, mientras que a partir del capítulo 7 se comienza a ponderar la importancia de adquirir un cierto tipo de sabiduría. No se trata de un cambio de opinión en Qohélet sino de una consecuencia del diálogo figurado que va manteniendo con los sabios de su época. No vale la pena empeñarse en adquirir la sabiduría que ellos enseñan, la tradicional, ya que es vanidad, es decir esfuerzo vano, empeño inútil. En cambio, sí que tiene ventajas buscar otra sabiduría distinta, la que proporciona el temor de Dios y que se adquiere a partir de la contemplación de lo que incomprensiblemente sucede en la realidad.

Conviene tener presente que su autor no conoce aun lo que se refiere a la vida después de la muerte, por lo que en sus razonamientos manifiesta una gran incertidumbre sobre esta cuestión “Acerca de los hombres, pensé lo siguiente: «Dios los prueba para que vean que, por sí mismos, son como los animales». En efecto, la suerte de hombres y animales es la misma: muere uno y muere el otro, todos tienen el mismo aliento de vida, y el hombre no supera a los animales. Todos son vanidad. Todos caminan al mismo lugar, todos vienen del polvo y todos vuelven al polvo. ¿Quién sabe si el aliento de vida del hombre sube arriba y el aliento de vida del animal baja a la tierra? Y así observé que el único bien del hombre es disfrutar con lo que hace: esa es su paga. ¿Quién le va a guiar para que vea lo que pasará después de él?” (Ecl 3,18-22).

Todavía en el Antiguo Testamento, será necesario que pase al menos un siglo hasta que, en el libro de Daniel y después en el segundo de los Macabeos, se afirme que tras la muerte Dios retribuirá a los mártires resucitándoles de nuevo a la vida; y será ya a las puertas del Nuevo Testamento, en el libro de la Sabiduría, donde se enseñe claramente la inmortalidad del alma y la retribución de los justos tras la muerte. De ahí que la incertidumbre acerca del más allá impulse al autor de Qohélet a afrontar la vida resaltando el escaso valor de las acciones humanas: no hay que obrar bien para lograr un premio que le resulta incierto, sino porque así ha de hacerse para vivir más felices aquí.

Cantar de los Cantares

Este libro desconcertante y paradójico. Desconcertante, porque no nombra a Dios, ni trata de los temas que recorren el Antiguo Testamento: la Ley, la Alianza, la Promesa, la Salvación, etc. Paradójico, porque, a pesar de esas ausencias, algunos de sus versículos se cuentan entre los más comentados en la historia de la Iglesia.

El tema del libro es el amor, el amor humano entre los esposos. Pero el vocabulario utilizado recuerda más de una vez al de los profetas cuando hablan de las relaciones entre Dios y su pueblo. Por eso, la tradición ha interpretado siempre el amor descrito en el Cantar como un trasunto del amor entre Dios y los hombres. Ahí radica, probablemente, la grandeza del libro: de la misma manera que los hombres tenemos un solo corazón para querer a Dios y a los demás, tenemos también un único lenguaje para expresar el amor humano y el amor de Dios. Y ese lenguaje, en el Cantar, se hace Palabra de Dios.

Sabiduría

La intención principal del autor de este libro fue hacer un elogio de la sabiduría pero con clara finalidad religiosa, enmarcándola en la profunda fe en el Dios uno y único de la Biblia hebrea. Esta visión de fe conduce no sólo al encomio de la sabiduría como virtud, sino a presentar la sabiduría como algo divino.

A la vez que elogia la Sabiduría, el autor sagrado propone una valoración religiosa de la historia como historia de la salvación y hace un repaso sucinto del pasado del pueblo elegido y de sus relaciones con otros pueblos.

Encontramos en Sabiduría colecciones de sentencias bien estructuradas y armónicas, en las que se conjugan el legado sapiencial del Antiguo Testamento, la interpretación de la historia sagrada como providencia divina, y el aprovechamiento crítico de las aportaciones de la razón humana aprendidas en lo más selecto de la cultura helénica. El libro presenta en su conjunto una advertencia y una puesta en guardia contra el desvarío de la idolatría y del ateísmo.

Dios comunica la Sabiduría al hombre que se encuentra en buenas disposiciones. La Sabiduría divina gobierna el entero universo, guía la conducta moral humana en esta vida, y suscita la expectativa de la vida del más allá.

El contenido teológico es tan rico que abarca los temas mayores de la Revelación y del pensamiento humano: Dios, el mundo, el hombre, la creación, gobierno y providencia de Dios sobre todas las creaturas, la Revelación divina, natural y sobrenatural, la vida y la muerte, el más allá, la retribución en la tierra y en la otra vida, las virtudes morales, etc.

En sus textos vemos reflejada con más claridad que en los otros libros del Antiguo Testamento la «ley de la Encarnación», por la que Dios asume la cultura humana para comunicarse con los hombres. Otra de las aportaciones «nuevas» del libro de la Sabiduría es la clara distinción entre alma/espíritu y cuerpo en la antropología, base imprescindible para comprender el mensaje del Nuevo Testamento. En coherencia con tal distinción, la percepción y creencia firme en la vida del más allá de la muerte corporal, con la consiguiente inmortalidad del alma o espíritu.

Eclesiástico

Se trata de un libro muy extenso que contiene multitud de máximas sapienciales, de origen variado. Sin embargo, no es una mera recopilación de sentencias, sino una obra bien articulada que presenta con sorprendente claridad el vínculo tan profundo que hay entre el conocimiento de la fe y el de la razón. Se puede decir que la idea central del libro es “Así obra el que teme al Señor, el que observa la ley alcanza la sabiduría” (Eclo 15,1) y que el libro ha sido escrito para los que “desean instruirse y conformar sus costumbres para vivir con arreglo a la Ley”(Prólogo).

En el extenso libro de Ben Sirac se contienen multitud de máximas sapienciales, de origen variado. Sin embargo, no se trata de una mera recopilación de sentencias. San Juan Pablo II dice que esta es una de las obras en las que “la Sagrada Escritura nos presenta con sorprendente claridad el vínculo tan profundo que hay entre el conocimiento de la fe y el de la razón”.

Sirácide parte de que “Plenitud de la sabiduría es temer al Señor; embriaga a sus fieles con sus frutos” (Eclo 1,16), esto es, reconocer la transcendencia de Dios, su gobierno sobre las criaturas y su remuneración al hombre según su conducta “Desde la juventud sus caminos conducen al mal y no son capaces de transformar sus corazones de piedra en corazones de carne. Pues al repartir las naciones de toda la tierra, a cada nación asignó un jefe, pero la porción del Señor es Israel; a este, por ser el primogénito, lo cuida con disciplina y le dispensa la luz del amor sin abandonarlo. Para el Señor todas sus obras son como el sol, y sus ojos están siempre sobre su conducta. No se le pueden ocultar injusticias de ellos, y todos sus pecados están delante del Señor.” (Eclo 17, 16-20). Por eso, tras una consideración general, un tanto especulativa, el autor extrae extensamente las aplicaciones concretas a la conducta personal que entiende se derivan de la consideración general.

Ben Sirac afronta el tema de la retribución divina y no es ajeno al problema del sufrimiento del justo y a la realidad de la muerte, planteados en los libros de Job y de Qohélet. Por eso afirma repetidamente que Dios retribuye al hombre a la hora de la muerte “Sus ojos vieron la grandeza de su gloria y sus oídos oyeron su voz gloriosa” (Eclo 1,13), “Antes de la muerte no felicites a nadie, porque solo en su final se conoce a la persona” (Eclo 11,28), pero no precisa en que consiste esa retribución: puede ser en las circunstancias de la muerte, como la edad o la enfermedad, o en el recuerdo digno de alabanza que deja el hombre tras de sí “Todavía voy a exponer mis reflexiones, pues estoy lleno como la luna llena. Escuchadme, hijos piadosos, y creced como rosal plantado junto a corrientes de agua. Como incienso derramad buen olor, floreced como el lirio, exhalad perfume, entonad un cantar, bendecid al Señor por todas sus obras. Reconoced la grandeza de su nombre, dadle gracias, proclamad su alabanza con vuestros cánticos y con las cítaras, alabadlo” (Eclo 39, 12-15). A lo largo de la obra no aparece expresamente la esperanza en una vida tras la muerte, más bien apunta a lo contrario, sin embargo, se supone la pervivencia consciente en el otro mundo.

La mayor aportación del Sirácide respecto a la tradición sapiencial anterior está en integrar aquella sabiduría adquirida desde la observación de la naturaleza y la reflexión racional en la Sabiduría que Dios ha manifestado en la creación, en la historia de Israel y especialmente en su Ley. La Sabiduría por excelencia es la Ley de Moisés, la Torah, escrita en un libro y sabio es quien la conoce y sabe ponerla en práctica en todas las circunstancias aplicando el razonar humano.

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