Ricardo Diez de Ulzurrun López 24 de febrero de 2022


Si tenemos sobrados motivos de temer la muerte eterna, merecida por nuestros pecados, mayores y más fuertes motivos tenemos para esperar la vida eterna, apoyados en los méritos de Jesucristo, que son de infinito valor y más poderosos para salvarnos que lo fueron nuestros pecados para perdernos.

Con su sangre canceló el decreto de nuestra condenación y lo fijó en la cruz, para que, al levantar la vista para mirar la sentencia condenatoria, viésemos a la par la cruz donde Jesús moribundo lo enclavó y borró con su sangre, y así renaciera la esperanza de perdón y de salvación eterna.

Si contra vosotros claman vuestras iniquidades, a favor vuestro clama la sangre del Redentor, y la divina justicia no puede menos de aplacarse a la voz de esta sangre.

Cierto que de todas nuestras culpas habremos de rendir estrecha cuenta al eterno Juez; pero y ¿Quién será este nuestro juez? El Padre… todo el juicio lo ha entregado al Hijo. Consolémonos, pues, que el Eterno Padre puso nuestra causa en manos de nuestro mismo Redentor.

Y si por razón de nuestra flaqueza tememos sucumbir a los asaltos de nuestros enemigos, contra los cuales es menester combatir, corramos, pues, con ánimo esforzado a la pelea, mirando a Jesús crucificado, que desde la cruz nos brinda con su auxilio y nos promete la victoria y la corona. Si en lo pasado caímos, fue por no haber mirado las llagas y las ignominias que nuestro Redentor padeció y por no haberle pedido su ayuda. En cuanto a lo porvenir, no dejemos de tener ante la vista cuanto por nosotros padeció y cuán presto se halla a socorrernos desde el punto que acudamos a Él, y así a buen seguro que saldremos triunfantes de nuestros enemigos.

¡Qué grandes misterios de confianza y amor son para nosotros la pasión de Jesucristo y el Santísimo Sacramento del Altar!, misterios que fueran increíbles si la fe no nos certificara de ellos. ¡Un Dios omnipotente querer hacerse hombre, derramar toda su sangre y morir de dolor sobre un patíbulo!, y ¿para qué? ¡Para pagar por nuestros pecados y salvar así a los rebeldes gusanillos! Y ¡querer dar después a tales gusanillos su mismo cuerpo, sacrificado en la cruz, y dárselo en alimento para unirse estrechamente a ellos! ¡Oh Dios, tales misterios debieran inflamar en amor todos los corazones de los hombres! ¿Qué pecador, por perdido que se crea, podrá desesperar del perdón si se arrepiente del mal hecho, viendo a un Dios tan enamorado de los hombres e inclinado a dispensarles toda suerte de bienes?

Jesucristo se sienta como sobre su trono para dispensar gracias y misericordias a quienes a Él se encomiendan. Mas es necesario que acudamos presto ahora que nos es dado hallar la ayuda oportuna para salvarnos, no sea que venga un tiempo en que no la podamos encontrar. Apresurémonos, pues, a abrazarnos con la cruz de Jesucristo y vayamos apoyados en la mayor confianza; no nos turben nuestras miserias.

Pedid, dice, cuanto deseéis, pero pedidlo al Padre en mi nombre, y os prometo que seréis oídos. En efecto, ¿Cómo podría el Padre negarnos gracia alguna después de habernos dado a su propio Hijo, a quien ama como a sí mismo?

¡Oh Jesús mío y amor mío, cuán firme esperanza me infunde vuestra pasión! ¿Cómo puedo temer no alcanzar el perdón de mis pecados, el paraíso y todas las gracias, que me son necesarias, si considero que sois el Dios omnipotente que me dio toda su sangre?

Jesús mío, mi esperanza y mi amor, vos, para que yo no me perdiera, quisisteis perder vuestra vida. Os amo sobre todo otro bien, Dios, y Redentor mío. Os disteis por completo a mí, y en retorno yo os doy mi voluntad, con la que repito: os amo, os amo y quiero siempre repetir que os amo, os amo, y así quiero exclamar en la vida presente, y así quiero morir, exhalando hasta mi postrer suspiro esta hermosa palabra: os amo, Dios mío, os amo, y con ella quiero empezar el amor eterno, que durará para siempre, sin dejar ya de amaros por toda la eternidad.

Os amo, pues, y porque os amo me arrepiento sobre todo otro mal de haberos disgustado. ¡Desgraciado de mí, que por no perder una breve satisfacción preferí perderos a vos, bien infinito! Esta pena me atormenta sobre todas las demás, pero me consuela pensar que, siendo vos bondad infinita, no rehusaréis recibir un corazón que os ama. ¡Ojalá pudiera morir por vos, que por mí quisisteis morir!

Amado Redentor mío, en vos tengo cifrada la esperanza de alcanzar mi eterna salvación y la santa perseverancia en vuestro amor en esta vida presente. Vos, por los merecimientos de vuestra muerte, dadme la perseverancia en la oración.

San Alfonso María de Ligorio “Práctica del amor a Jesucristo. Capítulo III. De la gran confianza que nos debe inspirar el amor que Jesucristo manifestó en cuanto hizo por nosotros”

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