Ricardo Diez de Ulzurrun López 11 de enero de 2022


“Cristo nuestro Señor, plenitud de la revelación, mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los profetas, que el mismo cumplió y promulgó con su boca” (DV 7).

La Iglesia ha recibido de Cristo el encargo de anunciar y transmitir el Evangelio. Con su enseñanza, su vida y su culto, conserva y transmite a todas las generaciones lo que es, lo que celebra, lo que cree y, mediante la evangelización, nos anuncia la revelación de Dios, esto es, el Evangelio, la Buena Noticia.

“Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. No es, como vosotros suponéis, que estos estén borrachos, pues es solo la hora de tercia, sino que ocurre lo que había dicho el profeta Joel: Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y aun sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días, y profetizarán. Y obraré prodigios arriba en el cielo y signos abajo en la tierra, sangre y fuego y nubes de humo. El sol se convertirá en tiniebla y la luna en sangre, antes de que venga el día del Señor, grande y deslumbrador. Y todo el que invocare el nombre del Señor se salvará. Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él: Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro. Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que no lo abandonará en el lugar de los muertos y que su carne no experimentará corrupción. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo. Pues David no subió al cielo, y, sin embargo, él mismo dice: Oráculo del Señor a mi Señor: “Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies”. 36 Por lo tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías». Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro les contestó: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro». Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: «Salvaos de esta generación perversa». Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas. Y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.” (Hechos 1, 14-47)

Del mismo modo que Jesús comienza su vida pública después de su Bautismo, los cristianos iniciamos nuestro ministerio público con la recepción del Espíritu Santo en el Sacramento de la Confirmación, para los Apóstoles esto fue Pentecostés. El mismo Espíritu que alentó la vida de Jesús sigue alentando la nuestra para que también nosotros hagamos la voluntad de Dios, como Jesús hizo la voluntad del Padre.

La presencia del Espíritu dinamiza de tal modo la Iglesia que aquellos que estaban escondidos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, salen inmediatamente y se convierten en misioneros valientes que predican incluso en el templo de Jerusalén. En pocos años, los primeros cristianos, llenos del Espíritu, evangelizan y vitalizan los pueblos de la tierra conocida en aquel entonces.

El impulso de la Iglesia empieza con la recepción del Espíritu Santo, Él es el motor de la Iglesia de todos los tiempos, también de la nuestra.

A pesar de que Jesucristo ya les había dado el Espíritu Santo, los Apóstoles permanecían tímidos, ignorantes e imperfectos, lo que los hacía incapaces de manifestar la fuerza del amor de Cristo.

Pentecostés es el momento en el cual los discípulos rompen el silencio y comienzan a comunicar a los hombres el mensaje de Jesús: “Se llenaron todos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en diversas lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (Hechos 2, 4). No había miedo, no había barreras culturales, no había prejuicios, el mensaje tenía que ser comunicado a los hombres, y es precisamente Pedro quien asume la responsabilidad del primer mensaje en nombre de aquel grupo de hombres y mujeres que querían comunicar la Buena Noticia. Poco a poco la primera comunidad cristiana fue creando sus mecanismos para comunicarse internamente y vivir el mensaje proclamado por Jesús.

La Confirmación es para nosotros lo que Pentecostés fue para los Apóstoles. Nosotros recibimos por primera vez al Espíritu Santo en el Bautismo, pero no es hasta la Confirmación donde recibimos la plenitud de sus dones. El sacramento de la Confirmación nos confiere una gracia y un poder especiales, nos hace que participemos con Cristo en su misión de implantar su Reino, nos impulsa a trabajar con Él en su tarea de añadir nuevos miembros a su Cuerpo Místico, y de hacer más fervorosos a los que ya lo son.

Nuestras palabras y nuestras acciones ya no se orientan tan sólo a nuestra personal santificación, van además a hacer que la verdad de Cristo se haga real y viva en quienes nos rodean. El cristiano confirmado se lanza gozoso al cumplimiento de su vocación. Fuerte en la fe y lleno de ardiente amor por todo hombre que nace de su amor a Cristo, siente un cuidado constante por los demás.

Experimenta una inquieta insatisfacción si no hace algo que valga la pena, algo que contribuya a aliviar a otros las cargas de la vida, algo que contribuya a asegurarles la promesa de la vida eterna. Sus hechos y sus palabras proclaman a los demás: Cristo vive, y vive para ti.

Cuando recibimos el sacramento de la Confirmación en nuestras vidas, recibimos plenamente la gracia bautismal. Confirmamos nuestra fe y nos comprometemos con la misión confiada por Cristo a la Iglesia, de extender su Reino en todas las naciones.

Así como los apóstoles se encendieron con ese fuego que les dio la fuerza para salir al mundo a contar la Buena Noticia, la Confirmación es el Pentecostés personal de cada cristiano. Es un momento único en donde el Espíritu de Dios desciende sobre nosotros y nos llena de su fuerza y de su poder.

Sabemos bien, que en este “Nuevo Pentecostés” recibimos los Dones del Espíritu Santo, somos fortalecidos con la gracia recibida, ayudando a nuestro crecimiento y madurez en la vida espiritual, así como en la valentía para salir y anunciar el tesoro de la Fe que hemos recibido, ahora, en plenitud.

Sin embargo, es importante recordar que además de recibir estos Dones del Espíritu, los cuales son uno de los tres efectos de la Confirmación, también se nos concede el fortalecimiento de nuestra relación filial con Dios, haciéndonos aún más cercanos a Él. Finalmente, somos “sellados por Cristo”, recibimos ese “carácter” en nuestro corazón, por medio del cual somos confirmados por Dios como miembros de su Iglesia y llamados a ser sus apóstoles, como un llamado personal.

Él marca nuestra alma con un sello que nunca nadie ni nada podrá borrar. Esa marca se llama “carácter”. Tú y yo somos marcados para siempre por Jesús, y obviamente esto tiene efectos importantísimos en nuestra vida. Recordemos que también nos da la plenitud de la gracia que hemos recibido previamente en el Bautismo.

Podemos clasificar estos efectos de la Confirmación en tres:

  • Primero: Nos introduce más profundamente en nuestra relación de hijos con Dios y la Iglesia, y nos une más íntimamente a Jesús. ¡Si antes éramos cercanos, ahora mucho más!
  • Segundo: Aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo, se nos regalan sus siete dones para poder utilizarlos para obrar el bien y guiar nuestra vida como hijos de Dios (sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios).
  • En tercer lugar, somos sellados por Dios, con un carácter indeleble, que nos da una fuerza especial para ser sus testigos en el mundo, como los apóstoles, y así anunciar a Jesús a toda la humanidad.

Es importante destacar que la llamada de Jesús es personal a cada uno de nosotros, como hizo con sus discípulos: “Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.” (Marcos 1, 16-20)

Simón, Andrés, Santiago y Juan probablemente ya conocían a Jesús, probablemente ya habían oído, si no estuvieron presentes, el episodio de su bautismo con Juan el Bautista y probablemente Jesús ya había predicado por la zona y ellos habían asistido a alguna de sus predicaciones.

Así mismo, seguramente Jesús también les conocía a ellos, seguro que ya se había fijado en ellos, cómo le miraban, cómo trataban a la gente, cómo realizaban su trabajo.

Jesús los escoge a ellos porque sabe que ellos son los indicados, no busca a cualquiera que quiera seguirle, los busca a ellos personalmente y los llama uno a uno por su nombre. Les pide que renuncien a sus trabajos a sus comodidades, a su familia y amigos, para seguirle a Él.

Los Apóstoles no eran parados o gente que no tuviese nada que hacer, eran personas ocupadas, empresarios y trabajadores que para esa época era ya mucho, tenían una estabilidad en su vida. Pero Jesús les toca el corazón y ellos lo dejan todo para seguirle, sin necesidad de una larga meditación.

Jesús no les propone su plan en detalle, ni siquiera les explica mucho, simplemente les dice seguirme y confiad. Les pide que cambien su vida radicalmente y ellos lo aceptan, dejan todo y le siguen.

Jesús les pide que sea una dedicación exclusiva, que dejen todo y le sigan, no un rato el día que puedan, sino que le sigan en todo momento, que vivan con Él, que compartan con Él las 24 horas del día, que se adhieran con toda su vida y para siempre.

Jesús también les pide que vivan en comunión con Él, pero también entre ellos, es el comienzo de la primera célula de la Iglesia, todos serán hermanos, compartirán su vida, sus alegrías y sufrimientos, compartirán sus ilusiones y esperanzas, compartirán a Jesús. Al principio serán sólo cuatro, pero pronto serán Doce y después serán más y más y más.

Jesús también les pide que se impliquen, que compartan su tarea, que se conviertan en “pescadores de hombres”, que anuncien su Reino.

Esta llamada a los primeros discípulos, Jesús también nos la hace a todos nosotros, nos dice “sígueme y confía en mi”. Jesús pasa al lado nuestro, en nuestros quehaceres diarios, en nuestra vida diaria y nos llama personalmente, por nuestros nombres, a ser discípulos suyos, es decir, personas capaces de dejar las redes de nuestros intereses para seguirle a Él y solamente a Él. ¿Qué le vas a responder?

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