Ricardo Diez de Ulzurrun López 16 de noviembre de 2021

En su segunda catequesis, san Cirilo trata sobre “LA PENITENCIA Y LA REMISIÓN DEL PECADO”.

El pecado es un mal que realizamos libre y voluntariamente cada uno. Es un mal terrible para nuestra alma pues nos aparta de Dios, nos hace olvidarnos de Él, perder su amistad.

Pero el pecado no es un mal incurable. Dios, que sabe cómo es nuestra naturaleza, nos ha dejado muchas maneras de sanar el pecado: el bautismo, la penitencia y la eucaristía. Cada uno de estos sacramentos sana del pecado si verdaderamente estamos arrepentidos.
– El sacramento del bautismo limpia del pecado original y de todos los pecados personales cometidos hasta recibirlo.

– El sacramento de la penitencia limpia aquellos pecados que confesamos y que de verdad tenemos la intención de no volver a cometer.

– El sacramento de la Eucaristía borra los pecados veniales cometidos.

En cualquier caso, el pecado es fruto del tentador, del diablo, que aprovecha los momentos de debilidad para instigarnos a pecar aprovechando nuestra tendencia natural.

No pensemos que el diablo es tonto, os recomiendo que leáis un libro interesante: “Cartas del diablo a su sobrino” de C.S. Lewis, en él podéis ver las recomendaciones que le hace el diablo a su sobrino para inducir a los seres humanos a pecar y se muestra cómo se aprovecha de cada uno de los resquicios de nuestras debilidades astutamente.

Pero tampoco hay que temer excesivamente al diablo, porque él sólo actúa si nosotros le dejamos, él se insinúa a todos, pero sólo actúa si tú te dejas seducir por él, entonces es cuando entra y se hace fuerte.

Pero para actuar contra él, el Señor también nos ha dejado unas armas: “Por lo demás, buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos.” (Efesios 6, 10-18)

No esperes hasta que ya no tenga remedio, en cuanto veas que flaqueas, comienza a utilizar tus armas.

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