Ricardo Diez de Ulzurrun López 24 de noviembre de 2021


En este tercer dogma, san Cirilo nos habla de la encarnación de Jesucristo en la Virgen María.

Jesucristo, verdadero Dios porque es el Hijo unigénito del Padre, de la misma naturaleza del Padre, que existe desde la eternidad siendo el Logos, el Verbo del Padre, bajó del cielo para redimirnos de nuestros pecados.

Para ello, todo un Dios se rebajó a la condición de ser humano y asumió nuestra naturaleza humana siendo engendrado de la Virgen María y el Espíritu Santo. Engendrado como cualquier otro humano excepto en dos cosas, primero la virginidad de María. La Virgen María es virgen, antes y después del parto. Y el pecado original, Cristo, al ser Dios, nace como cualquier otro ser humano pero sin el pecado original.

La Encarnación es «el misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del Verbo» (Catecismo, 483). La Encarnación del Hijo de Dios «no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre» (Catecismo, 464).

Jesucristo vivió una vida humana normal, fue bebé y como tal necesitó los cuidados amorosos de san José y de la santísima María. Fue creciendo, pasando su vida normal como la de cualquier joven de su época, un joven judío que aprendía la religión, leyes y costumbres judías, iba al templo a rezar, celebraba las fiestas judías, vestía como en todos en su época, comía, bebía, dormía, como cualquier joven normal. Tenía las mismas necesidades fisiológicas, corporales, que cualquier ser humano.

«En la Encarnación ‘la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida’ (GS 22, 2)» ( Catecismo, 470). Por eso la Iglesia ha enseñado «la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella pertenece a “uno de la Trinidad”. El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad (cfr. Jn 14, 9-10» (Catecismo, 470).

Siempre debemos recordar que en Cristo hay una única Persona Divina, el Hijo, y dos naturalezas, la Divina y la humana. Estas dos naturalezas son perfectas, es decir es perfecto Dios y es perfecto hombre (salvo en el pecado). Sin mezclarlas y sin confundirlas, trabajando al unísono.

Por este motivo, durante su paso por la tierra, esos aproximadamente 33 años, lo que era visible en Él era su perfecta naturaleza humana: en los evangelios le podemos ver caminando, cansado, triste, alegre, llorando, con hambre, con sed, etc. Nadie lo pudo ver en su naturaleza divina. Pero también podemos ver de alguna manera su naturaleza divina en los milagros que hizo: la multiplicación de los panes y peces, las curaciones de enfermos, la resucitación de Lázaro, caminar sobre el agua, etc.

Jesucristo no es un mito, es un hombre que nació, vivió y murió en una época concreta de la historia de la humanidad. Esto, además de estar corroborado por los miles de estudios realizados de los libros del Nuevo Testamento y de los escritos de los primeros Padres de la Iglesia, también está corroborado por escritores ajenos al cristianismo durante siglo I: Flavio Josefo (historiador judeoromano), Plinio el Joven (gobernador romano), Tácito (político e historiador romano), Suetonio (historiador romano), Mara Bar-Serapion (filósofo estoico), etc.

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