Ricardo Diez de Ulzurrun López 2 de diciembre de 2021


De entre todas las afirmaciones de la revelación sobre el hombre, la más misteriosa es la inicial del Génesis: “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra” (Genesis 1,26)

En el antiguo Testamento se utiliza la noción de imagen para poner en evidencia la singularidad del hombre respecto del resto de la Creación. La creación del hombre aparece en el culmen de toda la iniciativa divina. El hombre procede de Dios como relación de paternidad y filiación.

La trascendencia de esta visión solo se comprende desde la realidad de que Cristo es la verdadera imagen de Dios. El hombre es una criatura querida para vivir como hijo de Dios, según la forma del Hijo Unigénito que es Jesucristo.

“Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras.” (Juan 14,9-11)

“Él es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.” (Colosenses 1,15-20)

En estos siglos, cuando san Cirilo escribe esta catequesis, estaba muy implantada la herejía maniqueísta que, utilizando del platonismo esta expresión: “el cuerpo es la cárcel de alma”., decía que Cristo solo se hallaba revestido de carne aparente, y por lo tanto su muerte y su resurrección fueron aparentes. Para ellos era imposible que Dios tuviese un cuerpo real que era la maldad del hombre.

Para el cristianismo el cuerpo humano es el lugar donde cada uno debe realizarse humanamente. Toda virtualidad humana, para actuarse y realizarse, debe expresarse en el cuerpo visible: las ideas, el amor, los sentimientos, las decisiones, necesitan expresarse en el cuerpo para llegar a ser realmente humanas. Podríamos decir que, de algún modo, el cuerpo es el sacramento del hombre, en cuanto que actúa y realiza una realidad invisible (imagen de Dios) a través de su expresión visible (nuestro cuerpo). Además, es imposible salvarse solo. El auténtico amor a Dios no es posible sin una clara expresión y concreción en el amor al prójimo. Y el cuerpo es fundamentalmente el lugar de la comunicación y de la comunión con los otros hombres.

El Concilio Vaticano II, en su Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual se dice:

– La Sagrada Escritura nos enseña que el hombre ha sido creado «a imagen de Dios», con capacidad para conocer y amar, y ha sido constituido, por Dios, señor de la creación visible.

– El hombre es una unidad de cuerpo y alma, de materia y espíritu.

– El hombre no debe despreciar la vida corporal. Por el contrario, debe tener por bueno al cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día.

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