Ricardo Diez de Ulzurrun López 19 de noviembre de 2021


En este segundo punto de esta cuarta catequesis de san Cirilo les habla a los catecúmenos de que la fe cristiana siempre debe ir acompañada de la caridad, de las buenas obras.

La fe del cristiano, como explicaba Santo Tomás de Aquino, se compone de tres etapas:

– Credere Deum, creer que Dios existe de forma intelectual, es decir creer las verdades de fe que me han enseñado, es un reconocimiento intelectual de que hay un Dios y que existe.

– Credere Deo, creer a Dios, es decir creer que lo que Dios dice es veraz, además de la fe anterior, creer que todas esas verdades de fe son auténticas.

– Credere in Deum, creer en Dios, confiarse a Dios, creer que Dios es el destino al que tiende mi vida. Es además de las anteriores, adquirir un compromiso personal con Dios, confiarse a Dios, entregarse a Él.

Un cristiano conoce a Dios por los enunciados o principios doctrinales que nos enseñan en las catequesis y en las formaciones de la parroquia, eso es lo que se llama verdades de fe: el catecismo. Pero eso es el mínimo (Credere Deum), es cierto que necesitamos tener estas verdades de fe para poder conocer a Dios, pero necesitamos profundizar más en ellas.

Un cristiano debe tener por meta “tocar al mismo Dios” y esto no se hace sólo con conocer las verdades de fe. Es necesario mucho más que eso.

El Diablo conoce a Dios, sabe que Dios existe, lo ha visto, ha estado junto a Él (Credere Deum), sin embargo decidió no tener fe en Dios, decidió no amarle, no quiso servirle, no quiso vivir en Él.

Si sólo nos quedamos en una fe de Credere Deum, esto no es verdaderamente fe formada, tenemos que dar más pasos en nuestra fe llegar a tener una fe de Credere in Deum. Esta fe es la que incluye la caridad, mediante la cual me uno a Dios, busco a Dios como mi fin, por eso decido vivir mi vida siguiendo a Jesucristo, intentando ser igual que Él como ser humano, para que algún día pueda estar entre los justos, en el Cielo junto a Dios. Y esta fe es la que me impulsa a hacer las buenas obras.

“De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: «Id en paz, abrigaos y saciaos», pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: «Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe». Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. Hasta los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres enterarte, insensato, de que la fe sin las obras es inútil? Abrahán, nuestro padre, ¿no fue justificado por sus obras al ofrecer a Isaac, su hijo, sobre el altar? Ya ves que la fe concurría con sus obras y que esa fe, por las obras, logró la perfección. Así se cumplió la Escritura que dice: Abrahán creyó a Dios y eso le fue contado como justicia y fue llamado «amigo de Dios». Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe. Del mismo modo también Rajab, la prostituta, ¿no fue justificada por sus obras al acoger a los mensajeros y hacerlos salir por otro camino? Pues lo mismo que el cuerpo sin aliento está muerto, así también la fe sin obras está muerta.” (Santiago 2, 14-26)

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