Cristo modelo de vida

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“Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.” (Flp 2, 1-11)

Este himno nos invita a que todos tengamos los mismos sentimientos que tuvo Cristo, compartir con Él su mismo estilo de vida.

Por libre decisión, Jesucristo se despojó a sí mismo de la condición divina y tomó la condición de verdadero hombre. Se trata de una actuación plenamente libre, no lo hace por obligación.

Jesucristo quien, por su procedencia y testimonio mereció ser tratado como el mismo Dios, no usó ese derecho. Escogió la vida de ser humano, y más aún, de siervo, y aún más, obediente hasta una muerte de cruz. Él que no mereció sufrir para reconciliarse con Dios. Pero al hacerlo, se convierte en parámetro y modelo de todo ser humano.

Es la muerte la que demuestra que se ha hecho realmente uno de los nuestros, pues ella es el destino común de todo ser humano, cualquiera que sea su procedencia o condición.

Por este anonadamiento y obediencia, el Padre lo glorificó constituyéndolo sobre toda la creación, y ordenando que toda criatura reconozca a Jesucristo como Señor, como Dios.

Este himno de la carta a los Filipenses nos ayuda a tomar conciencia de todo lo que presupone y entraña el Misterio Pascual: el Verbo de Dios que desde su condición divina se rebaja a la humana y llega al anonadamiento total abrazando la humillación de la muerte.

De este modo descubrimos todo lo trágico y doloroso que fue la Pasión de Cristo, pero también que ésta, abrazada por amor, se convirtió en fuente de bendición y salvación eterna para todos los que creen en Él. De la contemplación de estos misterios debe brotar en nuestro corazón una inmensa gratitud a Cristo y el propósito de seguir su ejemplo de obediencia hasta la muerte de cruz, en las expresiones concretas de nuestra vida diaria.

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