Ricardo Diez de Ulzurrun López 6 de marzo de 2022


No podemos ser cristianos y xenófobos, y si lo somos, es mejor que nos lo hagamos mirar porque tenemos un problema grave de identidad.

Hoy el Señor, en la primera lectura, por boca de Moisés nos recuerda, a nosotros que somos el Pueblo de Dios, que: “mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí como emigrante, con pocas personas, pero allí se convirtió en un pueblo grande, fuerte y numeroso. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestros gritos, miró nuestra indefensión, nuestra angustia y nuestra opresión. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y prodigios, y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado” (Dt 26, 5-11).

Creo que está bastante claro lo que nos quiere decir ¿no?, pero por si se nos escapa algún matiz, me gustaría profundizar un poco más en ello.

En el Libro del Génesis, se nos cuenta que Dios crea al ser humano, hombre y mujer, y les da la tierra en propiedad: “Dios los bendijo; y les dijo Dios: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra»” (Gen 1, 28). Nótese que en el relato, Dios no dice: “he creado la tierra dividida en países donde el que nazca allí tendrá todos los derechos y los que no nazcan allí y vayan desde otro país tendrán que ganarse esos derechos porque serán inmigrantes”. Este es un primer tema a tener muy en cuenta como cristianos: el mundo no es una propiedad compartimentada exclusiva de los que han nacido en un territorio, Dios lo creo para todos y es propiedad de todos y de cada uno de sus habitantes.

Más adelante, también en el libro del Génesis, se nos cuenta la vida de Abrahán y cómo Dios le pide que salga de su tierra y se establezca en otro territorio: “El Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».” (Gen 12, 1-3). El padre de pueblo de Israel y por tanto del pueblo cristiano, fue un inmigrante y los cristianos hemos venido fruto de esta inmigración de Abraham.

También, se nos cuenta la historia de José y sus hermanos, los hijos de Jacob, nietos de Abraham. Cómo por celos lo venden a un mercader que lo lleva esclavo a Egipto, dónde llega a ser virrey del Faraón. Y cómo la familia de Jacob, el pueblo de Dios incipiente, tiene que emigrar a Egipto por falta de alimentos en su tierra: “Cuando Jacob se enteró de que había grano en Egipto, dijo a sus hijos: «¿Qué hacéis mirándoos unos a otros?». Y añadió: «He oído que hay grano en Egipto. Bajad allá y comprad allí para nosotros, a fin de que sobrevivamos y no muramos»” (Gen 42, 1-2). José y su familia vivieron en Egipto muchos años. El pueblo de Israel fue creciendo y ante el temor de los egipcios por su número, los esclavizaron. A lo largo de la historia del pueblo de Dios, los cristianos hemos sido inmigrantes y se nos tratado con odio y xenofobia, tenemos que aprender de nuestra historia y no tratar nosotros como cristianos así a los inmigrantes.

En el Libro del Éxodo se nos cuenta la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud Egipto y como emigran a través del desierto hasta la tierra prometida por Dios: “«Vete, reúne a los ancianos de Israel y diles: El Señor Dios de vuestros padres se me ha aparecido, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, y me ha dicho: “He observado atentamente cómo os tratan en Egipto y he decidido sacaros de la opresión egipcia y llevaros a la tierra de los cananeos, hititas, amorreos, perizitas, heveos y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel”.” (Ex 3, 16-17). A lo largo de todo el Libro del Éxodo se nos cuenta con detalle esta migración del pueblo de Israel a través del desierto hasta llegar la tierra prometida por Dios, donde se establecerán hasta nuestros días.

A lo largo de todos los libros del Antiguo Testamento, se nos presentan numerosas historias de personajes importantes para el pueblo de Dios que son inmigrantes en Israel o que tienen que inmigrar a otros países: Rut la moabita de la que nacerá la estirpe del rey David, con el profeta Elías la viuda de Sarepta, etc. Para el pueblo de Dios, sin estos inmigrantes no hubiese sido posible que hoy seamos cristianos, ellos son una parte importante de nuestra historia, de la historia de salvación de Dios.

Ya en el Nuevo Testamento, podemos ver como la Virgen María y San José tienen que emigrar de la ciudad de Nazareth a Belén y después toda la Sagrada Familia tienen que emigrar a Egipto porque querían matar a Jesús: “el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo»” (Mt 2, 13). A lo largo de los evangelios podemos ver como toda la predicación de Jesús se realiza durante una migración a través de lo que hoy sería Israel, Palestina, Siria, Jordania y Líbano. Luego más adelante, en los Hechos de los Apóstoles y en las cartas se nos cuenta claramente como los primeros cristianos tienen que huir de Israel perseguidos por los judíos y se van estableciendo a lo largo de todo el Imperio Romano: Palestina, Siria, Jordania, Líbano, Turquía, Grecia, Italia, Francia, España, etc.

A dónde quiero llegar con todo esto. Quiero llegar a que los cristianos somos un pueblo que ha nacido de la inmigración, que a lo largo de toda la historia del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento hemos sido inmigrantes, y que después, a lo largo de veintiún siglos, seguimos inmigrando para poder evangelizar pueblos y naciones y llegar a los confines del mundo con la Palabra de Dios como Jesucristo nos mandó: “Y les dijo: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15).

Para ser cristianos debemos ser conscientes de que el cristianismo se basa, se fundamenta en un pueblo inmigrante y por tanto, es incompatible ser cristiano y la xenofobia. El racismo hacia los inmigrantes, la xenofobia, contradice a las Sagradas Escrituras y a la concepción cristiana de la persona.

Desde luego que la migración debe ser regulada, pero como cristianos debemos dar la bienvenida a seres humanos que han dejado sus casas, sus posesiones, sus familias, para venir a nuestro país con el sueño de vivir mejor. Nadie deja su casa y su patria a no ser que no tenga otra opción. Justificar la xenofobia y el racismo, significa desconocer las enseñanzas más elementales de la Sagrada Escritura, que ordenan dar de comer al hambriento y cobijar al extranjero. Lo cristiano es acoger y celebrar la diferencia, no levantar muros. Como dijo el Papa Francisco, todos tenemos la “responsabilidad moral” de “acoger, proteger, promover e integrar a quienes llaman a nuestras puertas en busca de un futuro seguro para ellos y para sus hijos”.

Hoy en muchas de nuestras comunidades eclesiales hay más inmigrantes que locales: colombianos, venezolanos, cubanos, argentinos, peruanos, guatemaltecos, etc. Yo mismo soy un inmigrante, hijo y nieto de inmigrantes: nací en Madrid y ahora vivo en Alicante, mi madre nació en Albacete y vivió casi toda su vida en Madrid, mi padre nació en Alicante y vivió casi toda su vida en Madrid, mis abuelos maternos nacieron en Albacete y vivieron muchos años en Málaga y Madrid y mis abuelos paternos nacieron en Navarra y vivieron muchos años en Alicante y Madrid.

Seguro que si buscamos en las raíces de nuestros antepasados, casi todos somos hijos y nietos de inmigrantes, así que no seamos fariseos, no nos engañemos. No podemos ser cristianos y xenófobos, y si lo somos, es mejor que nos lo hagamos mirar porque tenemos un problema grave de identidad.

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