Ricardo Diez de Ulzurrun López 17 de febrero de 2022


Esto de ser cristiano no es fácil, no, más bien es bastante difícil. Es tan difícil que tendemos, yo el primero, a hacer de la fe cristiana “una fe a nuestra medida”. Si hay cosas que no nos gustan mucho o que nos cuestan mucho llevar, preferimos olvidarnos que también son obligaciones cristianas.

A mí por ejemplo me cuesta mucho la caridad. Sí, tengo que reconocer que soy una persona árida y en ocasiones antipática. Soy muy soy seco y mira que intento superarlo y procuro esforzarme para ser amable, pero me doy cuenta que muchas veces cuando hablo con la gente voy directamente al tema, “al grano”, casi sin decir primero buenos días o buenas tardes, y termino muchas veces sin decir gracias. Me cuesta mucho y simplemente me olvido que parte de mi fe es vivir la caridad con el prójimo, y así no me fustigo demasiado.

Esto es un ejemplo, pero seguro que cada uno tenemos alguno, tal vez uno sea olvidarnos de la gente que vive en la calle, que está sólo, que necesita para comer. Es normal, nos da miedo muchas veces meternos en ese mundo, además hay muchos locos y están sucios y huelen mal, pueden contagiarme cualquier enfermedad. Tal vez nos olvidemos del enfermo no sea que suframos por no saber que decirle, o estamos muy apegados a las cosas materiales, o le damos demasiado a las habladurías, … Pero la Sagrada Escritura nos dice “Si cumplís la que, según la Escritura, es la ley regia: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», hacéis bien; pero si establecéis diferencias entre las personas, cometéis pecado y esa ley os acusa como transgresores” (Sant 2, 8-9).

¿Cuántas veces retorcemos la palabra de Dios porque nos incomoda? y Preferimos un Dios “a nuestra medida”, que nos hable de cosas que no nos inquieten, que no nos impliquen compromiso o cambio de nuestro modo de vida.

Hacer la fe a nuestra medida es fácil, apenas sin darnos cuenta justificamos todo lo que no nos gusta: confesarnos (yo durante mi oración pido perdón y me basta), ir a Misa (yo no necesito ir a Misa, ya rezo yo en casa a diario), dar limosna (pero si ya reciben de todos sitios, seguro que es cuento o que se lo gasta en alcohol), la caridad (si yo soy muy caritativo, sólo es ese vecino que no aguanto y le hago la vida imposible), la misión (si yo ya hago un papel muy importante en la Iglesia con mis oraciones no es necesario que sea misionero), … Así conseguimos aplacar nuestra conciencia, pero en verdad lo que estamos haciendo es reducir nuestra fe cristiana a nuestros propios deseos y convicciones.

“Él les preguntó: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy?»” (Mc 8,29a). Jesús nos lo pregunta también hoy a nosotros. Si nuestra respuesta es como la de Pedro “Tomando la palabra Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías»” (Mc 8, 29b), entonces no podemos hacer de la fe cristiana una “fe a nuestra medida”.

Tenemos que ser capaces todos los días de hacer un examen de conciencia y ver aquello que estamos cumpliendo bien como cristianos y lo que no, y poner todo nuestro esfuerzo en cambiar lo que no hacemos bien, pero sin olvidarnos que nosotros solos no podemos conseguirlo, que necesitamos al Espíritu Santo para que nos ayude a conseguirlo. ¿Y cómo nos ayuda?, mediante la oración, la Eucaristía, a ser posible diaria, la confesión, la adoración Eucarística, etc.

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