Ricardo Diez de Ulzurrun López 20 de noviembre de 2021


Cuando los cristianos hablamos de pecado, los no-cristianos nos miran con caras raras, piensan que somos unos frikis por hablar de eso. La verdad es que nunca hemos sabido explicar bien que es el pecado para nosotros y mucho menos hoy en día que es una palabra tan alejada del vocabulario de la calle. Cuando lo escuchan, lo asimilan a prohibir, reprimir, castigar, condenar, juzgar. Y sobre todo lo asimilan a Iglesia retrógrada y caduca.

Voy a intentar explicar qué creo yo que es el pecado o por lo menos cómo lo vivo yo, aunque ya aviso que es muy osado por mi parte definir algo tan complejo, pero lo voy a hacer con todo mi buena intención y cariño. Espero no decir algo al margen de las verdades de fe y sobre todo que no escandalice a nadie.

Etimológicamente la palabra “pecado” en griego significa “fallo”, como un fallo mecánico, algo que ha dejado de funcionar bien, pero evidentemente para mí el pecado es algo más grave que un simple fallo: «Ups! he pecado!», pues no.

El Catecismo de la Iglesia Católica lo define así: “1849 El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana… 1850 El pecado es una ofensa a Dios… El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios…”

Aunque en el punto 1850 del Catecismo se utilice el término “ofensa a Dios”, yo no creo que nosotros, por mucho que queramos o hagamos, podamos ofender a Dios. Dios está a otro nivel muy superior, Dios es inmutable.

La Real Academia de la Lengua española define ofensa como: «Humillar o herir el amor propio o la dignidad de alguien, o ponerlo en evidencia con palabras o con hechos.» ¿De verdad yo le puedo hacer eso a Dios?, sólo pensarlo ya me parece mucha presunción, incluso soberbia, por mi parte creer que desde mi finitud humana puedo ofender a Dios infinito. Yo creo que esto que dice el Catecismo es una metáfora para indicar que es a su imagen a la que se ofende, es a las criaturas que Él ha creado a las que se ofende, pero la dignidad de Dios sigue intocable, porque Dios es inmutable.

Para mí el pecado es una falta u ofensa contra uno mismo, contra el prójimo o contra la naturaleza, es decir, contra cualquier cosa que haya sido creada por Dios, ya que, por muy pequeña que sea, en ella está la presencia del creador. Y la consecuencia de esta ofensa es, que como Dios «ama con locura» a toda su creación, y en especial a ser humano, cualquier cosa que hagamos contra ella, eso nos aparta de Él, de su amor.

Pero somos nosotros los que voluntariamente nos apartamos de Él. Como Adán y Eva, cuando pecaron y se dieron cuenta de que estaban desnudos, sintieron vergüenza, y fueron ellos los que se escondieron de Dios.

Yo no creo que sea Dios el que nos aparte de su lado, ni nos castigue porque le hemos ofendido por nuestros actos. No, Dios nos conoce a la perfección y conoce nuestros pecados antes de que los cometamos (Lucas 12, 7: Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados) y nos ama hasta el extremo de entregar a su Hijo a la muerte por todos los pecados que ya sabía que íbamos a cometer (I Juan 4, 10: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados).

Nos apartamos nosotros de Dios. Somos nosotros los que nos damos cuenta que hemos obrado el mal y nos apartamos de Él para así no pasar por la vergüenza de estar en su presencia, desnudos ante Él, sintiéndonos amados por Él sabiendo que no nos lo merecemos por nuestros actos.

Dios siempre nos estará esperando con los brazos abiertos, como en la parábola de Hijo pródigo (Lucas 15, 20: Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente). Somos nosotros los que tenemos que querer volver a Él corriendo, arrepintiéndonos del mal realizado y pidiendo perdón por ello. Y así dejaremos de sentir el dolor que nos produce esa vergüenza de nuestros actos y podremos estar de nuevo en su presencia sin sentirnos desnudos.

No hace falta ser cristiano para saber que se está pecando, que se está haciendo el mal, porque es algo que se puede entender sin tener fe en Dios. Sino fuese así ¿sólo pueden pecar los que creen en Dios? Porque para pecar hay que hacerlo conscientemente, voluntariamente y libremente, y el que no cree en Dios no puede hacerlo de ninguna de las tres maneras. Así sólo pecarían los cristianos y los no-cristianos no.

El pecado no es sólo para los cristianos, Dios no sólo juzgará a los cristianos en el juicio final, sino que juzgará a todos los seres humanos, por tanto la conciencia de haber pecado, de haber hecho el mal, debe ser algo universal, entendible por todos, cristianos y no-cristianos, si no ¿Qué rasero de medida tendrá Dios para juzgar? ¿ Va a ser más indulgente con los no-cristianos por no saber que estaban pecando? ¿Entonces para qué evangelizar? será mejor que vivan en la ignorancia y así se salvarán seguro.

Si engaño a mi mujer con otra, no hace falta que nadie me diga que estoy haciendo el mal y no hace falta que yo sea cristiano para saberlo. Si robo material de oficina en mi trabajo, si hablo mal de alguien, si difamo, si maltrato, si abuso, si vierto residuos tóxicos, si hago sufrir innecesariamente a un animal, si quemo un monte, si no pago mis impuestos, si mato, si conduzco bebido, si me drogo, si no pago un salario justo a mis empleados, y así podríamos poner miles y miles de ejemplos, todos sabríamos que estamos obrando el mal seamos cristianos o no-cristianos.

Para todos estos ejemplos no necesito que nadie me diga que lo que he hecho son cosas malas, no son malas porque Dios lo haya decidido así o lo haya prohibido, sino porque en sí mismas son malas, existe la verdad absoluta. Ya mi conciencia me lo grita sin necesidad de que nadie me diga nada, a no ser que tenga una enfermedad mental, sea un psicópata y no tenga conciencia. Por tanto el pecado es mi conciencia el que me lo marca, porque el pecado es todo aquello que es contrario a la razón y al bien mismo del hombre y de la naturaleza.

Si de verdad repaso todos los días las cosas que he hecho y las paso por el juicio de mi conciencia, sabré con seguridad en lo que he pecado o hecho el mal ese día, sea o no cristiano, y sabré si tengo que pedir perdón o no por algunas de ellas, tal vez primero a mi prójimo si ha sido algo contra él y luego a Dios si soy cristiano.

Por desgracia, hay diferentes niveles de exigencia en las conciencias, lo que para uno es pecado o hacer el mal para otro no. Para mí, matar una araña porque me da miedo o una mosca porque me molesta, es un pecado porque mi conciencia me dice que yo no soy nadie para matar porque sí a un animal indefenso, sin embargo para la gran mayoría de las personas esto no es un pecado, es lo normal, su conciencia no le dice que está mal, y yo sería un exagerado. Para una gran parte de la sociedad actual no está mal matar un embrión humano en estado de gestación, o a una persona mayor o discapacitada que está sufriendo, mientras que para un cristiano y para mucha gente no-cristiana esto sería una aberración que su conciencia no podría permitirle hacer.

La conciencia, como casi todo en esta vida se puede y se debe educar. El problema es que hay muchas escuelas que pretenden educar la conciencia y muchos niveles de tolerancia de  conciencia, que no tienen por qué ir en paralelo y que incluso pueden ir en caminos contrarios. Pero en verdad sólo hay una escuela de conciencia posible y es aquella que está conformada con la verdad, y verdad sólo hay una.

La decisión radica en cuál es el nivel y la línea educativa de mi conciencia que yo quiero tener, la verdadera o la que me quiera vender la sociedad. Esto ya es una elección personal, somos libres para elegir.

El 1790 en Francia de decretó el fin de la esclavitud, sin embargo hasta 1865 no lo fue en Estados Unidos y en 1949 Naciones Unidas mediante la resolución A/RES/317(IV). Pero hoy en día sigue habiendo esclavitud de niños, mujeres, etc. Se estima que unos 43 millones de personas siguen siendo víctimas de la esclavitud en el mundo. Esto demuestra que lo que es una verdad absoluta: «la dignidad de todos los seres humanos», para muchos su conciencia mal educada y en muchos casos enferma no lo condena. Pues igual pasa con otros muchos temas, hoy parece que es más importante salvar a las tortugas marinas, o las focas, o defender los derechos de las «gallinas violadas por los gallos en las granjas», que los derechos de los niños que quieren nacer o de los enfermos que quieren cuidados paliativos y que no se les sede a la primera de cambio.

Nosotros como cristianos tenemos una enseñanza y un modelo a seguir que nos marca el nivel y la línea que debe tener nuestra conciencia y este modelo tiene nombre y se llama Jesucristo. Para saber qué es lo que está bien y lo que no está bien tenemos la moral cristiana que nos ayuda a juzgar nuestros actos y educar nuestra conciencia recta para que nos grite cuando hagamos el mal.

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