Ricardo Diez de Ulzurrun López 22 de octubre de 2017
San Nectario de Egina

La oración es la cima de la felicidad y el agradecimiento; es también defensa contra la tristeza y la desesperanza.

La oración es el retoño de la mansedumbre y la benignidad. La oración es la cima de la felicidad y el agradecimiento; es también defensa contra la tristeza y la desesperanza. Así pues, al orar la mente debe callar. Sólo así podemos orar. Porque la oración es un diálogo con Dios. Y la oración con lágrimas y en espíritu es el alimento de la mente, así como el pan es el alimento del cuerpo. Dichosa la mente que al orar habla con Dios sin distraerse. Cual joven águila, esta se eleva a las alturas y se vuelve luminosa, en Dios. Y cuando oremos no pidamos que se haga nuestra voluntad, sino la voluntad de Dios, tal como nos fuera enseñado: “hágase Tu voluntad”. Quien quiera orar con pureza, que pida, en primer lugar, el don de las lágrimas, para así poder apaciguar la fiereza del alma. De esta forma se alcanza la oración pura. Porque también la oración perseverante e incesante, por medio del diálogo con Dios, aparta la mente de todo pensamiento mundano y la presenta ante Dios, para que se llene de devoción y mansedumbre. Si no tenemos humildad, nuestra oración no es bien recibida. De esta forma, quien quiera purificarse el corazón, que lo mantenga encendido con el recuerdo del nombre del Señor, permaneciendo siempre en este pensamiento y en ese continuo afán. Porque no debemos orar solamente algunas veces; si lo que queremos es dejar atrás nuestra impureza, debemos mantenernos en oración y vigilar nuestra mente, aunque nos hallemos en el jardín, afuera del lugar de oración.

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