Vencer las tentaciones (Introducción)

¡Qué difícil nos resulta vencer algunas tentaciones! Todos tenemos algo que nos cuesta especialmente y que por más que lo intentamos siempre caemos.

Desde el primer encuentro que tuvieron Satanás con el hombre en el Jardín del Edén, el conflicto espiritual ha sido parte de la experiencia humana, nada ha cambiado desde entonces. Y en la actualidad estamos involucrados en este conflicto, nos guste o no.

Hemos intentado ignorar al enemigo, pero eso sólo le da una ventaja estratégica en la batalla que se está librando. Sin embargo, que quede bien claro desde el principio, que el resultado final de la guerra no está en duda, el poder soberano de Dios no corre ningún peligro, porque Jesucristo, a través de la Cruz y de la Resurrección, ya le derrotó de manera decisiva.

Las tentaciones se nos presentan en nuestras reuniones sociales, en nuestras relaciones de negocios, en nuestros trabajos, en nuestras vidas en familia, en nuestras maneras de tratar todos los asuntos de la vida. Se presentan a veces de una manera sutil, quizás apenas nos demos cuenta.

“Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil.” (Mateo 26, 41).

Satanás quiere engañarnos para que nos perdamos, él está siempre activo, al acecho. Es astuto, busca cualquier oportunidad de minar los cimientos de nuestra fe y ataca siempre que lo ve posible. Mientras que esté libre para ejercer su dominio en este mundo, nos veremos atacados, y la única forma de afrontar esos ataques es vivir de acuerdo con el Evangelio.

“Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que vuestra comunidad fraternal en el mundo entero está pasando por los mismos sufrimientos.” (1 Pedro 5, 8-9).

Pero todo lo bueno requiere esfuerzo, cualquier cosa que valga la pena conseguir cuesta esfuerzo físico, intelectual y del alma. Dios está al tanto de todo lo que pasa y está pendiente de nosotros. Nos ha dado herramientas suficientes para que, usándolas a conciencia, seamos capaces de vencer todas las tentaciones. En nuestra mano está.

Satanás, la mayoría de las veces, utiliza mediadores o emisarios:

“Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría” (2 Corintios 12, 7).

Probablemente, en muchas ocasiones, ni ellos mismos son conscientes de que están trabajando para él, incluso probablemente son muy buenos cristianos que engañados por Satanás, dicen o hacen cosas aparentemente luminosas o provenientes de Dios, con toda su buena voluntad y sin embargo le están haciendo el trabajo sucio a Satanás. Incluso nosotros mismos sin darnos cuenta alguna vez hemos colaborado como emisarios suyo.

“y no hay por qué extrañarse, pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Siendo esto así, no es mucho que también sus ministros se disfracen de ministros de la justicia.” (2 Corintios 11, 14-15).

Satanás actúa en todos los ámbitos de la vida del ser humano: en el martirio de cristianos con la persecución de la Iglesia y el asesinato de miles de cristianos a lo largo de la historia (desde Nerón y los demás emperadores romanos, pasando por la revolución francesa, la república española, el genocidio Nazi, las matanzas de misioneros en todo el mundo); en las políticas de los países (con leyes como la del aborto, la eutanasia, la identidad o autodeterminación de género, la violencia de género, la limitación de la libertad de religión); en la cultura (estimulando la violencia, el feminismo exacerbado, el culto al cuerpo, la sexualidad barata, libre de amor y sin compromisos); en la filosofía (con el racionalismo, el marxismo, el relativismo o el subjetivismo); etc.

También por desgracia Satanás actúa en la propia Iglesia: a lo largo de su historia (mediante crímenes en nombre de la religión, guerras cruentas por ambición, tribunales inquisitoriales, clero corrupto, persecuciones de herejes) y también en la actualidad más o menos reciente (con la ocultación y manipulación de los abusos sexuales, la excesiva moralización, el fariseísmo de parte del clero que cargan fardos pesados al pueblo que ellos mismos no soportan, con la dicotomía de vida pública y vida privada del cristiano y en el clero).

Hablar hoy de Satanás y del infierno supone, en general, para muchos laicos, sacerdotes y para los mismos teólogos, un tema espinoso.

En primer lugar decir que la existencia del demonio es un Dogma de fe definido en el Concilio Lateranense IV ya en el año 1215 que lo define así: porque el diablo y demás demonios, por Dios ciertamente fueron creados buenos por naturaleza; más ellos, por sí mismos, se hicieron malos.

Un dogma es una verdad que el Magisterio de la Iglesia define definitivamente. Pero lo importante de una verdad es que se encuentre en la Sagrada Escritura, lo que llamamos una verdad de fe divina. En el Nuevo Testamento se habla del demonio más de 500 veces, esto quiere decir que es verdaderamente una realidad.

“Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo porque es mentiroso y padre de la mentira.” (Juan 8, 44).

“Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!». El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él.” (Marcos 1, 23-26).

Ciertamente, actualmente se habla muy poco de Satanás, en primer lugar, por ignorancia. Y en segundo lugar porque hay miedo, o llamémosle complejo, ante la reacción del mundo actual, pensamos que si seguimos hablando de Satanás, nos van a rechazar y van a reírse de nosotros. Es en el postconcilio, cuando la teología adquiere un cierto complejo ante el mundo moderno.

Sin embargo el Magisterio actual ha hablado muchísimo del demonio. Por ejemplo, el 29 de septiembre de 1972 el papa Pablo VI, durante la celebración de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, refiriéndose a la situación de la Iglesia de entonces, afirmó tener la sensación de que por alguna fisura el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios: no hay duda, la incertidumbre, los problemas, los disturbios. La duda ha entrado en nuestras conciencias y ha penetrado por las ventanas que se iban a abrir para que entrase la luz. Este estado de incertidumbre reina también en la Iglesia. Se esperaba que después del Concilio luciese el sol en la historia de la Iglesia. En su lugar llegó un día de nubes, de tinieblas, de andar a tientas, de incertidumbre. ¿Cómo sucedió esto? Os vamos a confiar Nuestros pensamientos: ha habido injerencia de un poder adverso: su nombre es el diablo.[1]

En el Ritual del Bautismo de niños, en el apartado de las renuncias y la profesión de la fe se dice: Así, pues, si estáis dispuestos a aceptar esta obligación, recordando vuestro propio Bautismo, renunciad al pecado y confesad vuestra fe en Cristo Jesús, que es la fe de la Iglesia, en la que van a ser bautizados vuestros hijos y se les pregunta a los padres en nombre de sus hijos: ¿Renunciáis a Satanás?… ¿Y a todas sus obras?… ¿Y a todas sus seducciones? o bien con esta otra fórmula: ¿Renunciáis al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios?… ¿Renunciáis a todas las seducciones del mal, para que no domine en vosotros el pecado?… ¿Renunciáis a Satanás, padre y príncipe del pecado?[2].

Y en numerosas ocasiones a lo largo de su pontificado, el Papa Francisco ha alertado a los fieles de todo el mundo sobre la existencia real y la acción de Satanás: Algunos dicen: ‘No, Satanás no existe’, pero Satanás existe, es el seductor … a esta generación y a muchas otras se les hizo creer que el diablo era un mito, una figura, una idea, la idea del mal, ¡pero el diablo existe y debemos luchar contra él! … sí existe, sí, es cierto, y es nuestro mayor enemigo. Es él quien intenta hacernos resbalar en la vida. Él es quien pone malos deseos en nuestro corazón, malos pensamientos y nos hace hacer las cosas malas … algunos dicen: pero para qué hablar del diablo, que es cosa vieja, el diablo no existe. No. Mira lo que enseña el Evangelio: Jesús se enfrentó al diablo. Fue tentado por Satanás… tentó a Jesús tantas veces, y Jesús sintió tentaciones en su vida.[3]

También podemos constatar que no hay ninguna vida de un santo en la que no haya habido una lucha personal contra Satanás. El día de San Antonio Abad (17 de enero), el monje ermitaño que tuvo que luchar contra las tentaciones implacables demonios en el desierto, rezamos: Señor, tú que diste a San Antonio la gracia de salir victorioso de todas las tentaciones del demonio, concédenos que, alimentados por tu sacramentos, que salgamos siempre triunfantes de las trampas de nuestro enemigo. San Juan de la Cruz explica: Y conociendo el demonio esta prosperidad del alma (el cual por su gran malicia todo el bien que en ella ve envidia), usa á este tiempo de toda su habilidad y ejercita todas sus artes para poder perturbar en el alma siquiera una mínima parte de este bien; porque más precia el impedir a esta alma un quilate de esta su riqueza y glorioso deleite, que hacer caer a otras en muchos y muy graves pecados; porque las otras tienen poco o nada que perder, y ésta mucho, porque tiene mucho ganado y muy precioso.[4]

Siembre ha habido un combate espiritual contra el Maligno, como lo tuvo Cristo desde el principio de su vida pública con las tentaciones en el desierto.

Otro tema es las posesiones diabólicas. Objeto de obras literarias muy vendidas y de películas con gran éxito taquillero. El problema se plantea a la hora de interpretar la sintomatología de los presuntos casos de posesión demoníaca. Es claro que cuando triunfa en las pantallas una nueva película sobre algún caso de posesión aumentan las demandas de exorcismos. Los manuales de liturgia que se fueron publicando para la formación del clero precisan que no se pueden realizar exorcismos solemnes sin licencia del ordinario del lugar y que el exorcista autorizado no proceda formalmente hasta que no haya comprobado la realidad de la obsesión o posesión demoníaca. En caso de duda, se podría realizar con una nueva autorización del prelado y cuidando mucho de evitar el escándalo y el desprecio de la Iglesia. Recomiendan la prudencia y la consulta a peritos médicos antes de proceder.[5] Sólo en el caso de que la autoridad de la Iglesia llegase a la convicción de encontrarse ante una posible posesión u obsesión demoníaca, o tuviese grave duda de ello, llegaría a autorizar el exorcismo solemne.

Que se dan posesiones diabólicas, sí, pero son muy escasas, sobre todo en el terreno de los bautizados porque el bautismo tiene un gran poder exorcista. Por otro lado, al demonio, hoy no le interesa hacer muchas posesiones diabólicas, porque en un mundo descreído como el nuestro inducirían a creer y lógicamente es todo lo contrario de lo que él persigue. Por eso, Satanás se contenta con convencernos de que no existe y que la oración no es tan importante como se decía en otro tiempo y así sembrar la confusión en la Iglesia.

Pero aquí no vamos a hablar de posesiones diabólicas, ni de exorcismos. Los argumentos sobre si un creyente puede estar «poseído» por un demonio, a menudo sirve para desviar nuestra atención de la cuestión fundamental del engaño. Por eso, con este documento sólo se quiere concienciar de una aspecto concreto de Satanás que son las tentaciones humanas y de cómo luchar contra ellas. En próximas publicaciones iremos profundizando sobre estos aspectos.

[1] Pablo VI, “Alocución en la Basílica Vaticana en la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo, el 29 de junio

de 1972”

[2] Conferencia Episcopal Española, “Ritual del Bautismo de varios niños”, Edice, Madrid 2023

[3] Papa Francisco, “Homilías: 11/04/2014, 30/10/2014, 03/03/2019, 01/05/2019”

[4] San Juan de la Cruz, “Obras completas. Edición crítica. Tomo II. Canción decimosexta”, Toledo 1912, p. 248

[5] G. Martínez de Antoñana, “Manual de liturgia sagrada II”, Segovia 1938, p. 227-229

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