¿Todos celebramos la Misa?

Esta breve reseña quiere ayudar a poner orden en las ideas, sin polémicas inútiles, con serenidad y obediencia filial a la Iglesia. Porque amar la Eucaristía exige también respetar su verdad. Y la verdad —aunque a veces incomode— siempre libera y siempre edifica. Vamos a mirar este punto con calma, con sentido sobrenatural y con deseo sincero de servir mejor a Dios y a las almas.

Hermanos, conviene llamar a las cosas por su nombre, con amor a la verdad y fidelidad a la Iglesia. La Santa Misa no es un escenario confuso donde todos hacen lo mismo ni un gesto genérico de fraternidad religiosa. Es el Sacrificio de Cristo que se hace presente sacramentalmente, y esto exige claridad doctrinal, porque de la claridad nace la piedad recta.

He visto —y me duele decirlo— cómo a veces se deslizan expresiones imprecisas que, aunque bienintencionadas, terminan oscureciendo la naturaleza misma de la Eucaristía. Decir que los laicos, la Asambela de los fieles, “celebran la Misa”, la «Misa la celebramos todos» puede sonar cercano, participativo, moderno, sinodal… pero no es verdadero. Y cuando se pierde la verdad, la devoción se enfría y la fe se debilita.

El laico no es un espectador pasivo, pero tampoco es el ministro del Sacrificio. Su participación es real, activa, consciente y fecunda; pero es participación, no presidencia ni celebración sacramental. La Misa es celebrada por un sacerdote válidamente ordenado, que actúa en nombre de Cristo Cabeza. El resto del Pueblo de Dios se une a ese Sacrificio con su oración, su fe, su ofrenda interior, su vida entera llevada al altar.

Por ello tenemos que intentar ser claros, según el Magisterio de la Iglesia católica, los laicos no celebran la Misa, sino que participan en la celebración eucarística, que es presidida y celebrada por un sacerdote válidamente ordenado.

La Santa Misa es acción de Cristo y de la Iglesia. Pero no todos actúan del mismo modo, ni con la misma función, ni con el mismo nombre. La Iglesia —madre sabia— distingue, porque sabe que la distinción no divide, sino que ordena, ilumina y protege el misterio.

El fiel laico no celebra la Misa. Participa en ella. Y su participación es verdadera, necesaria y profundamente fecunda, cuando se vive con fe. El laico participa escuchando la Palabra, respondiendo con la oración común, uniéndose interiormente al Sacrificio, ofreciendo su vida, su trabajo, sus alegrías y sufrimientos, y recibiendo —si está debidamente dispuesto— el Cuerpo y la Sangre del Señor. Esa participación es activa cuando es consciente y amorosa; es plena cuando compromete toda la existencia. Pero sigue siendo participación, no celebración sacramental.

El sacerdote ordenado, en cambio, sí celebra la Misa. No por dignidad personal, ni por protagonismo humano, sino porque ha recibido un don que lo configura sacramentalmente con Cristo. Cuando el sacerdote celebra, no actúa en nombre propio ni como delegado de la asamblea: actúa en nombre de Cristo Cabeza. Por eso se dice que preside la celebración y que ofrece el Sacrificio. Él pronuncia las palabras sacramentales, él consagra, él actualiza sacramentalmente el Sacrificio redentor. Esto no lo hace la comunidad; lo hace Cristo sirviéndose del ministerio del sacerdote.

También aquí conviene precisar algunos aspectos, porque cada palabra encierra una verdad. El sacerdote puede celebrar solo, y la Misa sigue siendo plena, válida y fecunda para toda la Iglesia. Puede celebrar con pueblo, y entonces la participación visible de los fieles manifiesta más claramente el carácter comunitario del culto. Puede haber concelebración, cuando varios sacerdotes celebran juntos una sola Misa, unidos sacramentalmente en el mismo Sacrificio. En todos estos casos, los sacerdotes celebran; los fieles participan.

Por otro lado, la Iglesia enseña que el ministerio ordenado se ejerce litúrgicamente cuando el ministro actúa como tal, es decir, cuando está revestido y desempeña una función ministerial concreta. Por tanto, si no desempeña ninguna función ministerial, no ejerce su ministerio litúrgico, aunque conserve ontológicamente el carácter del Orden. Esto implica que si el sacerdote no se reviste, no ejerce el ministerio celebrativo de la Misa, por tanto pasan a participar, como los laicos, en la celebración de la Misa. Los diáconos, aunque estén revestidos, no celebran ni concelebran la Misa, participan en la celebración de la Misa ejerciendo su misnisterio propio, que no es el sacerdocio ministerial.

Los laicos pueden desempeñar algunos ministerios litúrgicos —lectores, acólitos, monitores, cantores, salmistas—, pero esos servicios no los convierten en celebrantes. Son ayudas ordenadas a la celebración, no actos propios del sacerdocio ministerial. Confundir esto no eleva al laico, sino que lo desorienta. Y no ayuda al sacerdote, sino que lo desdibuja.

Es cierto que hay algunos algunos documentos del Magisterio que utilizan expresiones como “la Iglesia celebra”, “la asamblea es celebrante”, “la Misa es celebrada por el pueblo de Dios”, pero en el sentido de que la liturgia no es un acto privado del sacerdote, sino una acción de Cristo y de toda la Iglesia, donde cada uno actúa según su función. Por tanto, celebrar quiere se refiere a participar activamente en la acción litúrgica.

Cuando se dice que “todos celebramos”, se corre el riesgo de diluir el sacerdocio y de oscurecer la Eucaristía. Y cuando se pierde el sentido del sacerdocio, se pierde también el asombro ante el altar. Por eso insisto con cariño y con firmeza: cada uno en su sitio, cada uno con su misión y cada uno sirviendo al mismo Señor.

Amar la Misa es amarla como es, no como nos gustaría que fuera. Y cuanto más clara sea nuestra fe, más honda será nuestra participación, más fecunda nuestra vida cristiana y más reverente nuestro trato con el Misterio. Aquí no caben improvisaciones: aquí se entra descalzo, con fe, con obediencia y con amor.

Algunas referencias magisteriales

  1. Concilio Vaticano II

«…los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma, que pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza.» (PO, n. 2)

«El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo. El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios. Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante.» (LG, n. 10)

«[Los fieles] Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así, sea por la oblación o sea por la sagrada comunión, todos tienen en la celebración litúrgica una parte propia, no confusamente, sino cada uno de modo distinto. Más aún, confortados con el cuerpo de Cristo en la sagrada liturgia eucarística, muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios, significada con propiedad y maravillosamente realizada por este augustísimo sacramento.» (LG, n. 11)

«La Madre Iglesia desea fervientemente que todos los fieles sean guiados a la participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas, que exige la naturaleza misma de la liturgia. Esta participación del pueblo cristiano, como «linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo redimido» (1 P 2,9; cf. 2,4-5), es su derecho y deber en virtud de su bautismo.» (SC, n. 14)

«En las celebraciones litúrgicas, cada persona, ministro o laico, que tiene un oficio que desempeñar, debe realizar todo, pero sólo, aquello que pertenece a su oficio por la naturaleza del rito y los principios de la liturgia.» (SC, n. 28)

  1. Catecismo de la Iglesia Católica

«La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas alas generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.» (CIC, n. 1368)

«Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a la intercesión de Cristo. Encargado del ministerio de Pedro en la Iglesia, el Papa es asociado a toda celebración de la Eucaristía en la que es nombrado como signo y servidor de la unidad de la Iglesia universal. El obispo del lugar es siempre responsable de la Eucaristía, incluso cuando es presidida por un presbítero; el nombre del obispo se pronuncia en ella para significar su presidencia de la Iglesia particular en medio del presbiterio y con la asistencia de los diáconos. La comunidad intercede también por todos los ministros que, por ella y con ella, ofrecen el Sacrificio Eucarístico.» (CIC, n. 1369)

«Sólo los presbíteros válidamente ordenados pueden presidir la Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor.» (CIC, n. 1411)

  1. Instrucciones y documentos litúrgicos

«Aunque en algunas ocasiones no se puede tener la presencia y la participación activa de los fieles, las cuales manifiestan más claramente la naturaleza eclesial de la acción sagrada, la celebración eucarística siempre está dotada de su eficacia y dignidad, ya que es un acto de Cristo y de la Iglesia, en el cual el sacerdote lleva a cabo su principal ministerio y obra siempre por la salvación del pueblo. A él, pues, se le recomienda que, en cuanto pueda, celebre cotidianamente el sacrificio eucarístico. » (IGMR, n. 19)

«Entre las cosas que se asignan al sacerdote, ocupa el primer lugar la Plegaria Eucarística, que es la cumbre de toda la celebración. Vienen en seguida las oraciones, es decir, la colecta, la oración sobre las ofrendas y la oración después de la Comunión. El sacerdote que preside la asamblea en representación de Cristo, dirige estas oraciones a Dios en nombre de todo el pueblo santo y de todos los circunstantes. Con razón, pues, se denominan «oraciones presidenciales».» (IGMR, n. 30)

«Asimismo dispónganse en el presbiterio sillas para los sacerdotes concelebrantes y también para los presbíteros revestidos con vestidura coral, que estén presentes en la celebración, aunque no concelebren.» (IGMR, n. 310)

«Grande es el ministerio «que en la celebración eucarística tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla in persona Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión, no sólo a la comunidad que participa directamente en la celebración, sino también a la Iglesia universal, a la cual la Eucaristía hace siempre referencia.» (RS, n. 30)

«Ni el Sacrificio eucarístico se debe considerar como «concelebración», en sentido unívoco, del sacerdote al mismo tiempo que del pueblo presente. Al contrario, la Eucaristía celebrada por los sacerdotes es un don «que supera radicalmente la potestad de la asamblea […]. La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea eucarística, un sacerdote ordenado que la presida. Por otra parte, la comunidad no está capacitada para darse por sí sola el ministro ordenado». Urge la necesidad de un interés común para que se eviten todas las ambigüedades en esta materia y se procure el remedio de las dificultades de estos últimos años.» (RS, n. 42)

  1. Magisterio pontificio

«… como enseña el Concilio Vaticano II, los fieles «participan en la celebración de la Eucaristía en virtud de su sacerdocio real, pero es el sacerdote ordenado quien «realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo». Por eso se prescribe en el Misal Romano que es únicamente el sacerdote quien pronuncia la plegaria eucarística, mientras el pueblo de Dios se asocia a ella con fe y en silencio.» (San Juan Pablo II Ecclesia de Eucharistia, n. 28)

«Por tanto, será conveniente que los seminaristas participen cada día en la celebración eucarística, de modo que, a continuación, asuman como regla de su vida sacerdotal esta celebración diaria.» (Juan Pablo II. Ángelus, 1 de julio de 1990, n. 3).

«Recomiendo a los sacerdotes “la celebración diaria de la santa Misa, aun cuando no hubiera participación de fieles” (Propositio 38 del Sínodo de los Obispos).

  1. Derecho Canónico

«Sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando en la persona de Cristo. Celebra lícitamente la Eucaristía el sacerdote no impedido por ley canónica, observando las prescripciones de los cánones que siguen.» (Código de Derecho Canónico, c. 900)

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