¿Por qué soy del Opus Dei?

Escribo con el alma abierta, soy sacerdote cooperador del Opus Dei, y si pudiera, sería sacerdote adscrito a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, pero ese es un tema que no voy a tratar.
Me siento miembro de la familia del Opus Dei porque Dios me lo pidió, y porque ahí encontré el camino concreto para entregarme entero por la Iglesia. No es una bandera humana lo que defiendo, ni una estructura: defiendo una vocación, que es siempre un don y siempre una cruz.
¿Y por qué del Opus Dei? Porque quise ser sacerdote hasta el fondo, sin adjetivos raros, sin escaparates. Sacerdote secular, con los pies en la tierra y el corazón en el Cielo. Sacerdote para servir a las diócesis, para amar al obispo, para gastarme en el confesionario, en el altar y en la calle.
El Opus Dei no me aparta del presbiterio, me hunde más en él; no me hace menos diocesano, me hace más responsable, más disponible, más exigente conmigo mismo. Aquí he aprendido que el sacerdote no se pertenece, que es trigo para ser molido, pan para ser repartido. Y eso duele, pero fecunda.
La espiritualidad del Opus Dei es sencilla, recia y cotidiana. No es una espiritualidad de laboratorio. Es evangélica y cotidiana. Orar, trabajar, sufrir, sonreír, empezar y recomenzar. No hay dobles vidas. No hay compartimentos. El altar se prolonga en la mesa de trabajo; la oración se encarna en el horario cumplido; la mortificación se esconde en la puntualidad, en la paciencia, en callar cuando hierve la sangre.
Con el Opus Dei, he aprendido a amar la libertad de las almas. Aquí nadie piensa por ti, nadie te sustituye la conciencia. Sólo se te exige formación, rectitud de intención y lealtad a la Iglesia. Nada más y nada menos. Porque un cristiano infantil es un peligro, un cristiano adulto es una bendición.
¿Qué ventajas tengo por pertenecer al Opus Dei? Te lo digo sin rodeos: me exige más. Y eso es una ventaja inmensa.
Me ha dado una familia espiritual, donde no se me mide por éxitos sino por fidelidad; me ha enseñado a santificar lo ordinario, sin esperar condiciones ideales; me ha recordado cada día que soy hijo de Dios, antes que funcionario eclesiástico; me ha empujado al apostolado personal, de tú a tú, sin campañas ni ruidos; me ha hecho amar profundamente a los laicos, a respetar su misión y a no clericalizar sus conciencias. He aprendido que el sacerdote no es un jefe, sino un servidor que se adelanta cargando el peso.
Los sacerdotes y los laicos tienen una misma llamada, pero distintos caminos. Ambos viven una misma raíz: la llamada universal a la santidad en medio del mundo.
El laico no es un “medio monje”. Es un cristiano entero, con su trabajo, su familia, su responsabilidad social. No huye del mundo: lo ama apasionadamente, para llevarlo a Dios desde dentro. Y eso desconcierta. Porque hay quien solo entiende la santidad si va acompañada de hábitos visibles o de aplausos piadosos.
No me sorprende que en algunos lugares el Opus Dei esté mal visto. La ignorancia hace ruido, y a veces la maldad también. Cuando no se conoce un espíritu, se le pone una caricatura. Cuando no se acepta la libertad, se la acusa de elitismo. Cuando se vive la fe sin gritos, se sospecha.
Pero os digo algo con serenidad: la verdad no necesita defenderse a golpes. Se defiende viviendo. Con obras. Con paciencia. Con silencio fecundo.
He visto cómo se acusa al Opus Dei de cosas que no existen, cómo se juzga escuchar, cómo se atribuyen intenciones que no tienen. Y he aprendido a ofrecerlo. Porque la Iglesia es Madre, y una madre también corrige a veces con incomprensión.
Defiendo al Opus Dei porque es Iglesia, porque sirve a la Iglesia, porque no busca protagonismo, porque desaparece para que Cristo aparezca. No es perfecto —no lo somos ninguno—, pero es fiel a un carisma que llama a santificarse trabajando, rezando y luchando en medio del mundo.
No hay secreto. No hay poder oculto. Hay personas normales que quieren amar a Dios en serio. Y eso siempre molesta a alguien.
El Opus Dei no se justifica con discursos, sino con hombres y mujeres fieles, alegres, trabajadores, leales a la Iglesia. No verás responder al desprestigio con resentimiento, sino con santidad. Hay que seguir con paz en el alma. Y si mañana vuelven a criticarnos por ser del Opus Dei, bendito sea Dios: será señal de que seguimos en el mundo, sin ser del mundo.
Porque cuando se habla del Opus Dei, muchos imaginan ideas, estrategias o métodos humanos, y olvidan lo esencial: un camino de piedad cristiana, sencillo y exigente, vivido en medio del mundo.
Añado este punto porque conviene llamar a las cosas por su nombre, sin miedo y sin acritud. Muchas críticas que se lanzan contra el Opus Dei no nacen de lo que somos, sino de etiquetas fáciles que otros colocan para no pensar.
Voy a analizar algunas, con paz y con verdad.
“El Opus Dei impone obras de piedad muy duras a sus seguidores”. Las obras de piedad en el Opus Dei no son devociones acumuladas, ni prácticas para tranquilizar la conciencia. Son medios concretos para sostener una vida de unión con Dios, para no diluirse en la tibieza, para perseverar cuando el alma se cansa. No son fines. Son instrumentos. Como el martillo en manos del carpintero: si no golpea cada día, no hay obra.
La Misa diaria es el centro. No una costumbre piadosa, sino el eje de la jornada. Todo nace de ahí y todo vuelve ahí. El trabajo, la lucha, las contrariedades, las alegrías: todo se pone sobre el altar. Sirve para vivir de Cristo, no de uno mismo. Sirve para aprender a entregarse, no a exigir. Sirve para recordar que la Iglesia se construye con Sangre.
La oración mental es tiempo diario de trato personal con Dios. Sin discursos, sin fórmulas rígidas. Corazón a corazón. Ahí se aprende a mirar la propia vida con ojos sobrenaturales, a rectificar, a recomenzar. No sirve para “sentir cosas”, sino para querer de verdad. Es escuela de fidelidad cuando no hay consuelos.
La lectura espiritual alimenta el criterio cristiano. Forma la cabeza y el corazón. Evita vivir de ocurrencias y ayuda a pensar con la Iglesia. No se improvisa la santidad: se aprende. Sirve para dar profundidad a la fe y estabilidad al alma.
El Santo Rosario es oración mariana, sencilla y constante. Como el rezo de una madre que no se cansa de repetir. Aquí se aprende a contemplar la vida de Cristo con los ojos de su Madre. Sirve para perseverar. Sirve para pacificar el alma. Sirve para recordar que no caminamos solos.
La visita al Santísimo, breve, humilde, fiel. No largas horas si no se pueden, pero presencia diaria. Como quien pasa a saludar a un amigo al final de la jornada. Sirve para mantener vivo el amor. El amor, si no se cuida, se enfría.
La confesión frecuente, no por escrúpulo, sino por amor a la limpieza interior. Aquí se aprende humildad, sinceridad y hambre de conversión. Sirve para no pactar con el pecado. Sirve para recomenzar sin dramatismos.
La dirección espiritual es trato leal, claro, exigente. No es psicología ni control. Es ayuda para discernir, para crecer, para no engañarse. Sirve para formar la conciencia. Sirve para custodiar la libertad interior.
Mortificación y pequeños sacrificios nada espectacular. Cosas pequeñas, escondidas, constantes. La cruz de cada día, aceptada con alegría. Sirve para ordenar el corazón. Sirve para amar cuando cuesta.
Todas las obras de piedad del Opus Dei, sirven para una cosa: unidad de vida. Para que el cristiano no sea una cosa en la iglesia y otra en el trabajo. Para que el sacerdote no viva dividido. Para que el laico sea contemplativo en medio del mundo. Las obras de piedad del Opus Dei no se plantean como un “sistema de indulgencias”, aunque con muchas de ellas se consiguen, ni como un mínimo para obtener un beneficio espiritual concreto. Van más al fondo: buscan configurar la vida entera con Cristo. Podría decirse que las obras de piedad buscan la transformación del corazón. El Opus Dei insiste en formar santos, no en llevar cuentas espirituales. En el Opus Dei, no hay ruptura con el mundo, sino presencia santificadora en él; no hay horarios conventuales, sino piedad encajada en la vida ordinaria; no hay signos externos llamativos, sino vida interior profunda y escondida. Las obras de piedad están pensadas para hombres y mujeres con trabajo, familia, responsabilidades civiles, que no pueden vivir como religiosos, pero quieren vivir como santos. Estas obras de piedad no son una carga, son un armazón. No quitan libertad, la hacen posible. No alejan del mundo, enseñan a amarlo rectamente. No crean élites, forjan cristianos coherentes.
“En el Opus Dei son más tradicionales, más carcas”. Dicen eso porque no nos avergonzamos del Evangelio, ni de la doctrina de la Iglesia, ni de la moral cristiana vivida sin rebajas. Y hoy, cuando todo se relativiza, la fidelidad parece rigidez. Ser tradicional no es mirar atrás con nostalgia, sino vivir lo de siempre con vida: oración, sacramentos, virtud, lucha interior. No inventamos una fe nueva cada generación. Custodiamos un tesoro que no es nuestro. Si ser “carca” es rezar, confesar los pecados, creer en la verdad, exigirnos coherencia, entonces bendita palabra. Lo verdaderamente viejo es el pecado, la mediocridad y el miedo a ir contracorriente.
“El Opus Dei es una de las fuerzas más reaccionarias de la Iglesia”. ¿Reaccionaria frente a qué? Si reaccionar es defender la vida, sostener la familia, proclamar la libertad de conciencia, exigir honradez personal, pedir coherencia entre fe y vida, entonces sí: reaccionamos. Reaccionamos contra la mentira, la corrupción moral y la manipulación de las almas. Pero no reaccionamos con violencia, ni con ideología, ni con estrategias de poder. Reaccionamos con formación, trabajo bien hecho y responsabilidad personal. Eso no encaja en los esquemas de quien necesita enemigos para justificarse.
“El Opus Dei está siempre cerca del poder político”. Esta acusación revela desconocimiento o mala fe. En la Obra no hay consignas políticas. Cada uno actúa con plena libertad y responsabilidad personal. Aquí conviven personas de ideas muy distintas, porque la fe no se identifica con ningún partido, ni con ningún sistema. ¡Que hay personas que trabajan en política, en la empresa, en la universidad, en el Estado!, claro. Como hay médicos, obreros, campesinos y madres de familia. Porque estamos en medio del mundo. No buscamos el poder. Buscamos servir desde donde cada uno está. Y te digo algo con claridad: quien no soporta que un cristiano bien formado actúe con libertad en la sociedad, no teme al Opus Dei: teme a la conciencia cristiana.
“El Opus Dei tiene dinero y poder”. El Opus Dei, como tal, no tiene dinero para dominar nada. Tiene lo justo para sostener labores educativas, formativas y apostólicas, muchas veces con estrecheces, muchas veces con sacrificios escondidos. Las obras corporativas no son negocios: son servicios. Y se sostienen con trabajo, donaciones, austeridad y, muchas veces, deudas que se pagan con paciencia. ¡Que hay miembros del Opus Dei con medios económicos! Sí. ¿Y qué? También los hay pobres, enfermos, ancianos, trabajadores humildes. Aquí no se canoniza el dinero. Se exige desprendimiento, sobriedad, generosidad y responsabilidad social. El verdadero poder que tiene el Opus Dei —si así se quiere llamar— es formar conciencias libres. Y eso no se compra.
“El Opus Dei es exclusivista”. Nada más falso. No nos creemos mejores que nadie. Nos sabemos más exigidos. Y eso cambia todo. No miramos desde arriba: miramos desde dentro, luchando como los demás. No excluimos a nadie. Al contrario trabajamos con todos, respetamos a todos, aprendemos de todos. Pero no diluimos la identidad para caer bien. Abrimos los brazos sin perder la verdad. La Iglesia no es un club donde se entra rebajando el listón. Es una familia donde se ama de verdad, y amar de verdad exige verdad.
La raíz de todas estas acusaciones, os lo digo sin rodeos, es que molesta que haya cristianos que no negocian su fe, que no se victimizan, que no viven del aplauso, que no necesitan permiso para ser coherentes. Molesta una santidad normal, silenciosa, perseverante. Molesta que la fe se viva en serio, sin disfraces ideológicos.
San Josemaría decía: “No pierdas tiempo defendiéndote con ira. No te amargues. No te justifiques sin necesidad. Vive bien. Reza. Trabaja. Ama. Sirve. Eso es la mejor defensa.”
Y cuando vuelvan a decir que el Opus Dei es tradicionalista, poderoso, rico o exclusivista, sonríe por dentro y piensa: Señor, gracias, algo estaremos haciendo bien, si incomodamos sin atacar, si molestamos sin gritar, si seguimos fieles sin ruido.

