Padre Nuestro (I)

Llamar a Dios «Padre»
El acostumbramiento es lo peor de lo humano, decía Goethe, el padre de la lengua alemana. Cuando uno se acostumbra demasiado a lo santo, a lo grande, a lo sublime, lo humano se degrada. Pues bien, pudiera pasarnos que nosotros nos hubiéramos acostumbrado ya a llamar «Padre» a Dios. Y, sin embargo, lo que encierra esta palabra es algo extraordinario.
Hay un monasterio en España que me da mucho que pensar, porque en la nave central de la iglesia hay una puerta que entra a una cripta y esa cripta se descubrió apenas hace unos años, en una reforma. De tal modo que allí, en aquel lugar, había una cripta preciosísima que desconocían las que allí vivían. Y yo a veces pienso: «¿No habrá, quizá, dentro de nosotros riquezas increíbles que estemos acostumbrados a ver y que, en el fondo, estemos ciegos a ellas?».
Pues bien, empecemos a entrar en el misterio que encierra la primera palabra del Padrenuestro. «¡Padre! ¡Padre!». Es para sobrecogerse que nosotros podamos llamar a Dios «Padre». A Dios Todopoderoso, al creador de los cielos y de la tierra, al que existe desde siempre, al que lo ha creado todo, al Todopoderoso, al tres veces santo, ¡a ese Dios le podemos llamar «Padre»!
Lo «razonable» sería, sencillamente, la relación de una criatura respecto de su creador, una relación propia de la sumisión. Sin embargo, Dios ha querido asociarnos a su propio ser y ha querido hacernos miembros de su intimidad. Y por eso la palabra revolucionaria con la que se inicia nuestra oración es la de «Padre».
Si nosotros fuéramos capaces de llamar a Dios «Padre» no sólo con la palabra, con la boca, con la lengua, sino con el corazón y con la mente, nuestra vida espiritual e interior quedaría radicalmente configurada.
San Juan quedó impresionado por esto, como no podía ser menos, y, por eso, en ese capítulo tercero de su primera epístola, dice: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.» (1 Jn 3,1).
Fíjense, aquel que no es capaz de reconocerse a sí mismo como hijo de Dios, que no vive como hijo de Dios, no se conoce a sí mismo.
Cuando uno ha perdido ya el conocimiento de sí mismo decimos que está loco o enfermo. Cuando de pronto una persona se levanta por la mañana y dice: «yo soy Napoleón o Miguel de Cervantes o Don Quijote», pues inmediatamente se le lleva al médico. O cuando una persona al final de su vida tiene ya Alzheimer y le preguntas: «¿no te acuerdas cuando estuvimos…?», e incluso te ve y te dice: «¿usted, quién es?». ¡Y es su hijo o su hermano!; es tremendo, ¿no?
Son enfermedades. Y, ¿no es, acaso, una dolencia peor que nosotros, en pleno uso de nuestras facultades, no nos reconozcamos como lo más grande que somos, como hijos de Dios? Por eso, san Juan trata de recordarnos, trata de despertarnos ahora a todos, y nos dice: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos».
¡Somos hijos del Padre!
El Padrenuestro comienza, por tanto, de un modo increíble. Dios nos enseña a que toda nuestra relación con Dios Padre sea filial, sea una relación de hijos. Un hijo cree en su padre, un hijo convive con él, un hijo espera de él, un hijo cuenta con él, un hijo habla con él. Lo que nos está diciendo Cristo es cuál es el grado de intimidad que ha de haber en nuestra vida con Dios.
Por tanto, no es que nosotros seamos unos meros visitadores de Dios que, de vez en cuando, vamos a ponernos en contacto con Dios en este ratito. ¡No, no somos eso! Somos familia suya, somos sus hijos. Y esto es increíble, es que tenemos que abrir eso que tenemos seguramente acostumbrado y darnos cuenta de la riqueza que encierra nuestra vida interior.
Santa Teresa de Jesús advierte en las Primeras Moradas que el pecado te impide entrar en la presencia del Rey Eterno, porque no te deja ni entrar en el castillo interior. Incluso en las Segundas Moradas dice: «aun aquellos que hayan entrado», o sea, que aunque se han adentrado en las moradas, «todavía les puede tanto la fuerza del pecado que se vuelven para atrás». Aunque sí reconocen que allí está el Rey Eterno, que es grandiosa su presencia, todavía no tienen fuerza, se van para atrás.
Yo creo que por eso nosotros estamos muchas veces entre esas primeras y segundas moradas, dejándonos arrastrar por el pecado de tal modo que nos impide gozar de lo más grande que existe, de la grandeza, de la riqueza más extraordinaria, la de Dios, y de reconocernos a nosotros como sus hijos.
La grandeza de nuestro Bautismo
«Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino,» (Lc 11, 2). Y, ¿por qué somos hijos de Dios? Somos hijos de Dios por el Bautismo.
Es importante que recordemos –y este va a ser el objetivo fundamental de esta primera meditación que vamos a dedicar a la palabra «Padre»–, que saboreemos de nuevo, que recuperemos de nuevo la grandeza de nuestro Bautismo; porque todos nosotros hemos «sufrido», hemos sido portadores de una nueva creación, hemos sido recreados en el día de nuestro Bautismo. Cada uno de nosotros somos criaturas nuevas, de tal modo que el día en que nacimos fuimos traídos a la vida material, dada, regalada por Dios; pero el día de nuestro Bautismo fuimos incorporados, unidos a Cristo, de tal modo que, a partir de ese momento, éramos cuerpo de Cristo, hijos de Dios Padre, templos del Espíritu Santo.
Ante el cadáver de un sacerdote, se acercó un obispo, que era muy amigo, y cuando salía, dijo: –«Es impresionante poder reconocer nosotros que este cuerpo muerto ha sido durante tantos años templo del Espíritu Santo, aquí ha vivido el Espíritu Santo, aquí ha morado».
Claro, nosotros podemos acostumbrarnos y, por tanto, tratarnos sin dignidad. ¡Cuidado!, porque muchas veces el pecado lo que hace es destruir la dignidad que tenemos: somos templos del Espíritu Santo, somos hijos de Dios, somos cuerpo de Cristo. ¿Y esto lo vivo o lo sé sólo en teoría; lo repito cuando doy una catequesis o predico una homilía?
Por eso podíamos recordar el significado que tiene nuestro Bautismo, recordarlo, revivirlo, volver a meditarlo, para al final poder llamar a Dios «Padre». O sea, con que al final de esta meditación pudiéramos decir, en verdad, con hondura, a Dios: «Padre», «Abbá»…, sería totalmente un milagro. Sería recordar, renovar en nosotros, la grandeza de nuestra filiación divina…
Siguiendo el mandato de Cristo, que nos ha dicho que llamemos a Dios «Padre», vamos a recordar lo que significa esto, vamos a tratar de entrar, de adentrarnos, en el significado que ha tenido para nosotros la filiación divina, el Bautismo. El día de nuestro Bautismo ocurrió algo grandioso en nosotros. ¿Qué fue, qué ocurrió? Vamos a recordarlo.
Ya saben que en la oración hay diversos momentos: uno es la contemplación; otro, la meditación; pero uno lleva al otro. En la medida en que uno medita los misterios de la fe, esa meditación nos puede llevar a la contemplación y, por tanto, a la oración, es decir, al diálogo y, al final, a la contemplación. Pero es importante que haya antes una meditación.
Una meditación son unos puntos de reflexión, pero conviene después hacerlos propios. Por eso, vamos a recordar algunos aspectos centrales de nuestro Bautismo.
El Bautismo nos purificó del pecado original, nos borró el pecado original, aunque sus consecuencias perduren, como se nota cuando a uno le cuesta vivir intensamente los dones de Dios. El Bautismo purifica nuestros pecados, nos perdona nuestros pecados, ¡pero no sólo eso!
San Ireneo de Lyon, un santo espectacular, comentando sobre el Bautismo de Cristo, advierte que Cristo había recibido un auténtico Bautismo. Efectivamente, en Él no tenía que ser borrado ningún pecado original, sin embargo, recibió la efusión del Espíritu Santo, algo propio de la humanidad de Cristo.
La humanidad tiene que ser enriquecida, tiene que crecer con la efusión del Espíritu Santo, y es propio de un hombre perfecto crecer.
El día de nuestro Bautismo, además de perdonársenos el pecado original, en nosotros se dio una nueva creación, porque fuimos hechos hijos adoptivos de Dios.
¡Hijos de Dios!
A lo largo de toda mi enseñanza primaria tuve varios profesores, pero hubo dos años que tuve un profesor cuyo hijo estaba en nuestra clase: y era el hijo del profesor. Es más, su identidad no era cómo se llamaba, sino que era el hijo del profesor.
Nosotros somos fundamentalmente hijos de Dios. Es lo más grande que tenemos. ¡A ver si nos vamos a olvidar de lo más grande que tenemos, de la filiación como hijos de Dios, de que Dios es mi Padre!
Por eso dice san Juan que somos hijos de Dios, ¡y lo somos! Y eso se manifiesta en el amor que nos tiene. En la Carta a los Gálatas dice san Pablo «Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo.» (Gál 3,26-27).
Cada uno de nosotros participamos y estamos vinculados ontológicamente a la naturaleza de Dios, somos de alguna manera divinos por puro regalo de Dios, en la medida en que seamos templos del Espíritu Santo y no vivamos en pecado.
Y es que esto, si uno lo piensa, es increíble. ¿Cómo podría olvidarme de ello? Por eso se nos invita tantas veces en la Sagrada Escritura a vivir con la dignidad de hijos de Dios: hay que vivir como lo que somos, como miembros de Cristo.
En el Catecismo sobre el Bautismo, se va diciendo: «hijo adoptivo de Dios, partícipe de la naturaleza divina», «miembro de Cristo», «cuerpo de Cristo». Hay un detalle importantísimo que a veces olvidamos cuando incensamos en la Liturgia. ¿Por qué se inciensa al sacerdote? Porque es Cristo. ¿Por qué incensamos al pueblo de Dios? Porque es cuerpo de Cristo, porque va a ofrecer el sacrificio, porque nos hemos hecho uno con Cristo por el Bautismo. ¿Por qué se inciensa el altar? Porque el sacrificio está ligado a Cristo, que es sacerdote, víctima y altar. Se inciensa el altar que es Cristo; se inciensa al sacerdote que le ofrece; al pueblo, porque por el Bautismo está unido a Cristo, es cuerpo de Cristo y por eso está unido al sacerdote; y se inciensa a la víctima, por eso se inciensa la ofrenda también.
Es importantísimo que nos demos cuenta de esto: que somos cuerpo de Cristo porque hemos sido incorporados a Dios, porque somos parte de su familia, coherederos con Él. Lo que significa que la herencia, todo lo que le corresponde a Cristo, es para nosotros también.
¡Esto es espectacular: todo lo que le corresponde a Cristo, la gloria, es para nosotros también, coherederos de su gloria!
Llamar a Dios «Padre» es una llamada a la conversión. Ante esto, todos deberíamos respirar hondo y decir: –«Dios mío, esto es increíble; y que yo me esté olvidando de esto, que esté viviendo mezquinamente, torpemente, estrechamente, sin mira sobrenatural, sin mirada amplia, olvidándome de lo que soy y a qué estoy llamado; en el fondo, olvidándome de que Dios es mi Padre, habiéndome acostumbrado a decir «Padre» como quien dice lo que sea…».
¡Templos del Espíritu Santo! En cada uno de nosotros habita, si estamos en gracia de Dios, el Espíritu Santo. Por eso el pecado en nuestra vida es una tragedia, porque es quitar la grandeza que Dios ha puesto en nosotros, el ser templos, el ser cuerpo de Cristo. Quitar eso es tremendo y conviene que lo veamos en esa perspectiva.
Por eso, llamar a Dios «Padre» es otra llamada a la conversión. Cada vez que llamamos a Dios «Padre», Él nos vuelve a repetir: –«Conviértete, vuelve a mí, no eches a la basura el tesoro de gloria, de gracia, que hay en ti».
Eso somos nosotros; cada uno de nosotros somos eso. Y lo hemos olvidado. ¡Cuántas veces lo hemos olvidado, cuántas veces, cuántas veces vivimos como si no fuéramos hijos de Dios!
Virtudes teologales y dones del Espíritu Santo
Sabemos, por la doctrina cristiana, que con la gracia del Bautismo nos son infundidas las virtudes teologales: la fe, la esperanza y el amor. Nos son regaladas, pero, ¿qué significa esto?
Primero, que Dios nos ha dado la capacidad de creer en Él; de esperar en Él, por tanto de desearlo, de que nuestro deseo se dirija a Él; y de amarlo. Aquí se encierra la esencia de nuestra vida: creer en Dios, esperar en Dios, amar a Dios. No hay más, no hay más. Todo lo demás está aquí incluido, y si no está incluido no vale para nada. Por tanto, Dios nos lo ha regalado, es un regalo de Dios, lo tenemos dentro de nosotros. Lo hemos podido olvidar pero lo tenemos.
En segundo lugar, nos recuerda la doctrina cristiana que nos ha sido dado el Espíritu Santo, que ha venido a nosotros con sus dones para que tengamos la continua asistencia del santificador, para que nuestra vida tenga ese motor del Espíritu que la cambie radicalmente.
Por un lado, las virtudes teologales; por otro, nos da los dones del Espíritu Santo. Es muy bonito repasar los siete dones del Espíritu Santo, ¡que los tenemos! Lo que tenemos que hacer es pedirle al Señor que nos los renueve, que nos los afiance.
Primero, el don de sabiduría. Este don es poder entrar en la comprensión del misterio de Dios. ¿Quién es el sabio? Pues, realmente, el sabio es el que conoce a Dios. Por eso nos concede el Espíritu Santo poder entrar en los misterios de Dios, poder escudriñarlos, poder leer la Escritura y poder conocer más a Dios. «En conocerte a Ti consiste la vida, consiste la gloria; la gloria eterna, conocerte a Ti, Dios mío». ¡Podemos conocer a Dios, lo podemos!
Segundo, el don de inteligencia. Tener don de inteligencia es ver todas las cosas de nuestra vida a la luz de Dios, en el plan de salvación de Dios; es leer lo profundo, lo que está adentro. Nos permite juzgar, ver, entender las cosas de nuestra vida a la luz del plan redentor de Dios. Con el don de inteligencia puedo entender una enfermedad, una humillación, una misión que tengo, lo que sea. ¿Por qué? Pues porque lo puedo ver a la luz del plan eterno de Dios. Este don nos ha sido concedido por el Bautismo, porque somos hijos de Dios, lo tenemos…
El don de consejo es la asistencia puntual del Espíritu Santo, en momentos concretos, para poder obrar la voluntad de Dios. Estamos convencidos de que el Espíritu Santo que habita en nosotros interviene: no está como una especie de estatua, está presente, actuante, operativo; es real, está vivo. Hay mociones del Espíritu Santo… Quizá en esta meditación cada uno de nosotros vamos a recibir muchas mociones del Espíritu Santo. ¡Don de consejo!: –«¿Por qué no haces esto; por qué no te diriges en esa dirección; por qué no das este paso; por qué no haces esto o aquello?; cumple esto; cambia en esto». Son mociones del Espíritu Santo, que está operante en nosotros; el Espíritu Santo vive… Por eso, sólo quien vive en silencio puede escuchar al Espíritu Santo. Es importante seguir las indicaciones del Espíritu Santo, seguir sus mociones.
El don de fortaleza. Todos nosotros tenemos dificultades. No hay una vida que no tenga dificultades. Todos tenemos humillaciones. ¡Todos! Todos tenemos tendencia al pecado, nos lleva a los pecados capitales: la pereza, la ira, la envidia, la lujuria, la soberbia. ¡Son los pecados capitales! Quien crea que no los tiene, ¡cuidado!, que el diablo ha hecho ya una obra maestra. Y, ¿qué es lo que pasa? Pues que nos cuesta salir de ahí y entonces lo más fácil es justificarse. «No, es que realmente esto no es soberbia, esto es…; es que han valorado a este mucho más que a mí…».
¿Cuál es el don de la fortaleza? Ante la dificultad, mantenerse firme en la dirección de Dios. Es decir, el don de fortaleza hace que no nos derrumbemos o que si nos derrumbamos, nos levantemos. Lo decía Van Thuan, ese obispo y cardenal vietnamita a quien tantas veces hemos escuchado, cuando le preguntaban qué era lo que le había sostenido. Tiene una página preciosa en la que habla de la filiación divina, de cuando él saboreó de nuevo que era hijo de Dios y que, por tanto, lo tenía todo: tenía la fuerza para seguir, porque era hijo de Dios, porque podía llamar a Dios «Padre».
El don de ciencia es aquel que nos permite unir el conocimiento de las cosas materiales, la creación, las plantas, los animales, el universo, con Dios. Hace que todo lo que conocemos lo conozcamos en relación a Dios. Esta es la auténtica ciencia, la episteme. Aristóteles decía que la ciencia es el conocimiento por las causas. Pues bien, la auténtica ciencia es aquella que conoce por las causas últimas y no solamente por las inmediatas. Este don es muy bonito porque el don de ciencia hace que uno contemple este paisaje e, inevitablemente, piense en Dios. Soy capaz de ir a las causas, con sencillez…
El don de piedad es el don de tratar filialmente a Dios, de tratarle realmente como el hijo que somos. Uno puede pensar en cómo trata a un familiar cercano, a su madre, a un hermano, a una hermana y en cómo trato yo, por ejemplo, al policía que está en la calle. Yo saludo al policía, a un tendero cordialmente; pero con mi familia soy filial, tengo piedad, soy más cariñoso, estoy atento a sus necesidades, tengo detalles de cariño, no me da igual ocho que ochenta, no me da igual hacer las cosas bien que mal. Este don nos hace que lleguemos a tratar a Dios con esa delicadeza.
Eso se nota mucho en nosotros en la Liturgia. Es como si nos preguntaran por qué llevamos casulla negra si es el día de la Ascensión y responder: –«Pero si es blanca, lo que pasa es que está un poco sucia». O que alguien dijera: –«Ese cáliz, qué raro es». Y resulta que no se limpia desde hace veintitrés años, que no es que tenga un tono especial, ¡que lo que tiene se llama mugre! O que nos dijeran: –«¡Qué bonito el templo tuyo; lo tienes decorado con una especie de cosas que adornan!». Y lo que ocurre es que ¡son telarañas! ¿Ustedes se imaginan llevando a su madre a dormir a una habitación con telarañas y sábanas acartonadas desde el siglo XII…?
¡Esto no puede ser… Uno va al altar y parece aquello el bazar o unos grandes almacenes: Misal, florero, esto y lo otro…! Son delicadezas con el Señor. Son detalles con el Señor… O cuando pasa alguien delante del Sagrario y hace uno un gesto muy raro y te dicen: –«¿Estás haciendo ballet artístico?». –«Eh, no, eso era una genuflexión».
Y todo eso no debe ser así. ¿Cómo cuidamos las cosas del Señor, cómo le hablamos, cómo tratamos las cosas de Dios, cómo tratamos la Sagrada Escritura, los libros litúrgicos? Esto puede parecer una tontería, pero no lo es porque en estos detalles se muestra lo filial, se muestra, en el fondo, nuestra fe.
Y, por último, el don de temor de Dios. Pero, ¿es que a Dios hay que temerle? No, no, a Dios no hay que temerle: hay que temer apartarse de Dios. El temor de Dios es qué temor tengo de apartarme del Señor. Esto nos lo da el Espíritu Santo. ¡Ojalá tengamos temor de Dios! Cuando alguien ofende al Señor, cuando pecamos y nos da igual, hemos perdido el temor de Dios. El temor de Dios es temor a apartarnos de Dios.
Todo esto tiene que ver con llamar a Dios «Padre». Cuando decimos a Dios «Padre», estamos viviendo como hijos, estamos, por tanto, viviendo con fe, con esperanza, con caridad, dejándonos llevar por los dones del Espíritu Santo, estamos siendo Cuerpo de Cristo, templos del Espíritu Santo. Realmente, detrás de nuestro llamar a Dios «Padre» se encuentra esta vivencia profunda de lo que somos.
Yo os invito, a partir de aquí, a aprovechar los ratos de silencio, en los que además ahora podemos hacer una meditación de esto, y después llamar a Dios «Padre».
Tenemos que vivir con la dignidad de hijos de Dios: no nos pertenecemos, pues somos ya «propiedad de Cristo», como dice el apóstol: «hemos sido comprados por la sangre de Cristo». Somos suyos. ¿Vivo con esa dignidad, con la dignidad de Aquel que me posee, que es Dios? Hoy tiene que ser una oración de gozo, de saborear, de entrar en esa profundidad extraordinaria de ser hijos de Dios, Padre.
Le vamos a pedir a la Madre de Dios que nos enseñe a llamar «Padre» a Dios.
Inspriado en las meditaciones de Pablo Domínguez Prieto de su libro «Ejercicios espirituales con el Padrenuestro. La oración de Jesús»

