Nueve ideas para ser feliz

Estaba un matrimonio sentados en el cuarto de estar, viendo un partido en la televisión, cuando de repente la mujer le preguntó al marido: «Cariño, ¿te acuerdas lo felices que éramos hace quince años?». El marido desvió la vista del partido, y miró a su mujer sorprendido: «Pero si nos conocemos hace solo nueve años…». «¡Pues por eso!», respondió ella.

¿Nunca te has preguntado: seré feliz en mi vida? ¿Lo conseguiré a pesar de todas las dificultades?». Porque, cuando uno está en un momento bajo, parece algo casi imposible de alcanzar.

Y, sin embargo, ¡lo anhelamos tanto, Señor!… Estamos hechos para eso, para ser felices. Todo nuestro ser está como imantado, de manera que señala la felicidad, como la aguja de una brújula señala el Norte.

¿Seré feliz en mi vida? La respuesta es: sí, sin duda, con la ayuda de Dios, pero te tienes que empeñar. Dios, que ha puesto ese anhelo en tu alma, está empeñado en que seas feliz, se pasa el día conspirando para hacerte feliz a través de tantas personas y sucesos que pone en tu vida. Pero tu tienes que ayudarle un poquito, tienes que poner un poco de tu parte, porque la felicidad no es posible sin que seamos nosotros los protagonistas.

Después de esto Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. (Jn 21, 1-6)

Jesús ahora nos hace esa misma pregunta, llena de afecto, a nosotros: Muchachos, ¿tenéis pescado? ¿Tenéis esa felicidad que es alimento del alma? Y si, como los discípulos en aquella ocasión, que no habían pescado nada, nos parece que en las redes de la vida no capturamos más que amarguras, Jesús nos dice como entonces: echad la red a la derecha de la barca y encontraréis la felicidad. Él quiere que pesquemos, que seamos felices. Vamos a fiarnos de Jesús. Porque entonces nos pasará lo que a los discípulos: la echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Tendremos felicidad para dar y tomar. Nos moriremos de felicidad.

¿En qué consiste ese fiarse de Jesús, ese echar las redes a la derecha? ¿Qué hacer para ser feliz? Nueve ideas para ser felices.

Primero: Para ser feliz, hay que vivir

Parece una obviedad, pero es que hay gente que no vive, que está muerta en vida, porque no decide nada. Tienen miedo a todo. No usan su libertad.

Nosotros, Señor, preferimos equivocarnos mil veces a no decidir y que otros decidan por nosotros.

La felicidad supone el ejercicio de la libertad. No acontece sin ella.

Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. (Mt 25, 24-26a)

Todos hemos recibido un talento de gran valor: el talento de la libertad. ¡Qué pena si, por miedo o por pereza, lo enterráramos en tierra! Es decir, si no lo usáramos, no decidiéramos. Hay gente así, que está dispuesta a todo menos a decidir, quizá para mantener abiertas todas las posibilidades. Pero la libertad es como el dinero, si no la usas, ¿para qué la quieres?

Segundo: La felicidad se consigue en oblicuo, no en directo

Nada hace más difícil conseguir la felicidad que perseguirla a toda costa. La felicidad es una consecuencia, un producto de vivir bien, de alcanzar nuestro fin en la existencia.

En definitiva, de ponerte a Ti, Señor, lo primero en mi vida. De buscarte con empeño a lo largo de mis jornadas. De amarte con todo mi corazón. De luchar por vivir como Tú.

Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia. (Mt 6, 25-34)

¡Se os añadirán todas esas cosas! ¡Y la felicidad, igual! Por añadidura, gratis, sin pensar en ello, en oblicuo. Piensa en algunos de los momentos más felices de tu vida. ¿No han sido siempre un don? El amor inmerecido de una persona por ti. Una gracia de Dios en un rato de oración. Un amor correspondido. Un suceso que el Espíritu Santo te hace identificar como una caricia de Dios. Unos amigos verdaderos, cuya compañía es un privilegio. El descubrimiento inesperado de la belleza de un paisaje, una persona, una obra de arte, que te inunda el alma de gozo. La comunión espiritual con otras personas que comparten tu visión del mundo y tus ideales. Coronar un pico desde donde se divisa un paisaje único. La sonrisa de agradecimiento de alguien a quien has prestado un servicio. La alegría de que, a través de mí, pobre instrumento, una persona se acerque a Dios. ¡Hay tantos ejemplos de esto! Dios brilla como un sol para nosotros.

En cambio, quien persigue la felicidad como un objetivo en sí mismo, en directo, fácilmente acaba siendo un egoísta incapaz de amar y difícil de ser amado. Y, probablemente, verá cómo su objetivo de ser feliz se aleja cada vez más de él.

Señor, dame un corazón noble para perseguir desinteresadamente el bien, una mente humilde para buscar la verdad, un alma sencilla para apreciar la belleza… Dejo mi felicidad en tus manos.

Tercero: La felicidad es consecuencia del don de sí por amor

Cuanto más puro y libre de egoísmo sea ese don, más felices seremos. Para eso estamos hechos. Por eso el egoísmo es un gran enemigo de la felicidad. Queda muy claro en aquel encuentro del joven rico con el Señor.

Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme». A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico. (Mc 10, 17-22)

Se marchó triste porque fue egoísta. Quizá le pareció que, si se quedaba sin nada, corría el riesgo de pasar necesidad y no ser feliz. No supo darse por amor. Y la consecuencia fue que su felicidad se esfumó.

¡Cómo me habría gustado, Señor, que este suceso hubiese acabado así!: «Y él contestó: como quieras, Señor. Y, lleno de alegría, repartió sus bienes entre los pobres y, sin guardarse nada, se unió al grupo de los Doce, que pasaron a ser Trece». Señor, que yo nunca cometa este error de regatear contigo.

Evidentemente, cada uno tiene que seguir su propia vocación,  pero en general podríamos decir: si quieres ser un poco feliz, dale un poco a Dios; si quieres ser más feliz, dale más a Dios; si quieres ser totalmente feliz, dale todo a Dios. Es una gran verdad. Pero no solo con Dios, también con los amigos y amigas, el novio o la novia, la mujer o el marido, los hijos, los padres y hermanos, los abuelos, los compañeros de trabajo. Conviene liberar todas esas relaciones de la escoria del egoísmo. Darse uno mismo y darlo todo. Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado. Dar hasta que duela. Es una de las grandes lecciones de la vida.

Cuarto: Dominar el carácter

Lo primero es saber reírse de uno mismo. Como aquello que cuentan de Abraham Lincoln, quien al parecer era muy feo. Un oponente en el Congreso le acusó de tener dos caras. Y Lincoln le contestó con buen humor: «¿usted cree que, si yo tuviera otra cara, andaría con esta todo el día?».

Jesús, ¿yo sé resistir la tentación de enfadarme, sentirme humillado, ofendido y agraviado? ¿Soy susceptible? ¿Le doy excesivas vueltas a las cosas que tienen que ver conmigo? ¿Soy capaz de reírme de mí?

Lo segundo es saber perdonarse a uno mismo. El Señor nos perdona siempre, y nos anima a no mirar más el pasado.

Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».  (Jn 8, 2-11).

Si el mismo Dios nos perdona, ¿cómo no vamos a perdonarnos nosotros? Sería absurdo, porque sería ponernos por encima de Dios. Por eso, muchos remordimientos exagerados esconden soberbia. Hay que dominar el carácter y no dejarse desmoralizar por los propios errores. Y para ello lo mejor es acudir al sacramento de la Reconciliación, y experimentar el perdón de Dios.

Lo tercero es saber dominar la imaginación. No anticipar males que la mayoría de las veces no llegan a tener lugar. Vivir al día. No entretenerse con enredos. Es una lección que se aprende con los años. Preocuparse antes de que pasen las cosas no sirve para nada, excepto para amargarse la vida.

¡Qué sabiduría, Señor…! ¿Cuándo aprenderé yo a vivir así? ¿Qué debería dejar ahora en tus manos, de entre esas cosas que me abruman y agobian sin necesidad?

Lo cuarto es huir del perfeccionismo. En cierto sentido, podríamos decir que hay dos tipos de personas, el hobbit y el elfo. El hobbit vive feliz, todo le gusta, la cerveza, la juerga, y alguien le tiene que decir que trabaje un poco. El elfo, en cambio, tiene la responsabilidad inflamada (tiene «responsabilitis»), sacrifica lo que le gusta a favor de lo que tiene que hacer, es incapaz de dejar el trabajo a medias, se exige lo indecible en todo. Cuando le dicen algo al hobbit, no suele hacer mucho caso, pero no se enfada. En cambio, cuando le dicen algo al elfo, le fastidia, porque querría hacerlo todo perfecto, y se da cuenta de que no es así. El resultado es que el hobbit, siendo mucho más desastre, vive más feliz que el elfo, cuyo perfeccionismo le lleva a una exigencia desmedida y jamás satisfecha del todo. Conclusión: conviene tolerar con una sonrisa hacer las cosas un poco mal en nuestra vida; luchar, sí, pero con paz, sabiendo que ni somos ni seremos perfectos, y que Dios nos ama igualmente.

Para la lucha en este campo del carácter, nos ayuda muchísimo la dirección espiritual. Todas estas cosas son difíciles de corregir sin ayuda.

Por eso, Señor, te pido que me hagas humilde. Solo así aceptaré de buena gana las observaciones que me hagan sobre mi carácter, sin enfadarme y sin desmoralizarme, y me esforzaré en ir, poco a poco, aprendiendo a dominar esos rasgos que pueden hacerme tan infeliz.

Quinto: Aprender a perdonar y pedir perdón

Sin perdón, ninguna relación puede sobrevivir, porque todas las personas tenemos fallos. Jesús lo sabía y, cuando nos enseñó a orar con el Padrenuestro, incluyó esta petición:

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6, 12).

Hay personas a las que les cuesta mucho perdonar o pedir perdón. Pero hay que aprenderlo. Especialmente en la familia. Es muy importante para la felicidad. Sea lo que sea lo que nos han hecho, se puede disculpar y perdonar. No tiene sentido romper la buena convivencia por eso. ¡Todos los seres humanos fallamos: se nos mete la vanidad por aquí, mentimos un poquito allá, nos asoma el egoísmo de repente, hacemos el ridículo con un enfado…! Todo esto puede ser una lección de humildad.

Jesús, otórgame el don del perdón. A veces es difícil, incluso imposible, para mí. No dejes que el orgullo me separe de los otros. Enséñame a ver a los demás con tus ojos misericordiosos.

Sexto: Mantener a raya la envidia

La envidia es la carcoma de la felicidad. Hay que grabarse en la cabeza y, sobre todo, en el corazón que lo bueno de los demás no nos quita nada a nosotros. La envidia, en cambio, nos quita dos cosas: la capacidad de apreciar lo que tenemos y alegrarnos con ello; y la capacidad de alegrarnos también con lo bueno de los demás. Resultado: nos roba la felicidad o, al menos, parte de ella. Por eso, conviene ser agradecidos y evitar comparaciones. Siempre nos equivocamos.

¡Cómo me gustaría, Señor, ser capaz de no compararme con los demás! ¡Vivir con ese sentimiento de sereno agradecimiento por lo que me has dado, con la ingenuidad de un niño que recibe todo como un don sorprendente! ¡Contento de lo que soy y de lo que tengo!

Séptimo: Rectitud de intención

Rectitud de intención en todo, pero sobre todo en el trabajo y en el servicio. Si, al servir, buscamos que nos lo agradezcan, siempre estaremos frustrados, porque la gente suele ser poco agradecida y acaba acostumbrándose a todo. Ningún trabajo te pagará lo que haces por él. Por eso es tan ridículo «casarse con el trabajo», o con la empresa: tarde o temprano te traicionará, y lo perderás todo. El trabajo no es más que un medio, que hemos de hacer con perfección por amor a Dios y a los demás. O nuestra motivación es la adecuada, o corremos un riesgo serio de acabar frustrados e infelices.

En cambio, Tú, Dios mío, jamás dejas sin agradecer una buena obra.

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. (Mt 6, 1-6).

¡Te recompensará! ¡Qué seguridad! Hago el propósito de trabajar y servir solo por Ti, Señor, para mí nada quiero, todo para tu gloria y por Amor. Solo así podré apreciar los pequeños detalles, y perseverar en ellos con alegría.

Octavo: Cultivar la amistad

Pocos tesoros se le pueden comparar a la amistad. Para tener muchos y buenos amigos, lo que hay que hacer es ser amables, ser una persona fácil de amar. Porque la amistad no se puede exigir, sino merecer. De nada sirve ir por la vida con una actitud ansiosa, como emitiendo esta señal: «¿quieres ser mi amigo?, ¿quieres ser mi amiga?». Solo conseguiremos que la gente se asuste y se aleje. Si quieres tener amigos, quiere primero tú a la gente.

Y, si hemos de cuidar toda amistad, la primera que hay que cultivar es Contigo, Señor. Ninguna amistad se puede comparar a la tuya: una amistad leal, sin fisuras, que no cansa. A veces voy mendigando amigos, que no siempre están ahí cuando los necesito, porque los amigos a veces fallan, ¿cómo no cultivo más tu amistad, si Tú nunca me fallas?

Noveno: Vivir bajo la mirada de nuestro Padre Dios

Descubrir esa mirada amorosa de Dios sobre mí, que me calienta como el sol en una mañana de invierno. Es una mirada misericordiosa, que siempre perdona y da una nueva oportunidad, pase lo que pase.

Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme». (Jn 21, 15-19)

Pedro percibe en los ojos de Jesús la misma mirada que le dirigió con pena en casa de Caifás tras sus negaciones, y se da cuenta de algo que no había entendido hasta entonces: que el amor de Jesús no depende de sus méritos o de lo que haga.

En una ocasión, Jesús dijo a sus discípulos:

Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. (Lc 21, 12-19).

Ni un cabello, resulta sorprendente, porque las pruebas que Jesús anuncia son de entidad: muerte, odio, traición, ¡incluso a manos de la propia familia! Y Jesús dice que todo eso no podrá alcanzar nuestro fondo más íntimo. Me pase lo que me pase, no me pasa nada. Hay un núcleo indestructible. Y ahí se es feliz, pase lo que pase en la superficie. Es lo que todos hemos tenido oportunidad de comprobar: hay personas con muchos sufrimientos, que los llevan con una paz y alegría enormes, consecuencia de su fe y amor a Dios.

Te pido, Señor, que también yo sepa sentirme mirado por Ti mi salvador a todas horas y, de este modo, alegrarme en mi espíritu con la felicidad que solo Tú me das.

 

Inspirado en el la meditación de José Bage del libro «Sin miedo, Porque Él está ahí»

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