El que pierda su vida por mi causa la salvará


Es menester distinguir dos suertes de envidia, buena la una y la otra mala. Ésta se entristece ante los bienes terrenos que otros poseen en el mundo. Luego la envidia santa es la que, en lugar de envidiar, compadece a los grandes del mundo que viven entre honores y placeres terrenales. Únicamente busca a Dios y no pretende en esta vida más que amarlo cuanto le sea dable; de ahí que ande santamente envidiosa de quienes la venzan en amor, pues en él quisiera aventurar a los propios serafines.

Los mundanos en sus acciones miran las cosas con muchos ojos, esto es, con muchas intenciones desordenadas, de agradar al mundo, conquistar honores, allegar riquezas o al menos complacerse en sí mismos, en tanto que las almas buenas no tienen más que la mira de agradar a Dios en todas sus acciones. Y ¿qué otra cosa he de querer, Dios mío, sino a vos solamente en este mundo? Sólo vos sois mi riqueza, sólo vos el único Señor de mi corazón.

Nótese que no basta ejecutar buenas obras, sino que hay que ejecutarlas bien. Para que nuestras obras sean buenas y perfectas es preciso hacerlas con el recto fin de agradar a Dios. Acciones habrá que en sí sean laudables, más porque se ordenan a otro fin que el de la gloria de Dios, de poco o ningún valor serán ante Él. Según sea la rectitud de la intención, así Dios tendrá por buenas y recompensará nuestras obras. Pero ¡ah, Dios mío, y cuán difícil es hallar una obra hecha tan sólo por Dios!. Maldito amor propio, que echa a perder todo o la mayor parte del fruto de nuestras buenas acciones!.

Es sentencia del Señor: Mirad no obréis vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de lo contrario, no tenéis derecho a la paga cerca de vuestro Padre, que está en los cielos. Los que se fatigan por satisfacer sus gustos naturales, en ello reciben el premio y firman el recibo de su paga. Paga, sin embargo, exigua, que se reduce a un poco de humo y a una efímera satisfacción, que presto pasa, sin dejar nada de provecho en el alma.

He aquí algunas señales para conocer si en los ministerios que ejercita no busca puramente la gloria de Dios: 1.ª No turbarse cuando no se alcanza lo que se buscaba, porque, no siendo esto del agrado de Dios, tampoco es conforme a su voluntad. 2.ª Holgarse del bien obrado por otros como si uno mismo lo hubiera hecho. 3.ª No desear un cargo con preferencia a otro, aceptando gustoso el que indicare la obediencia a los superiores. 4.ª No buscar, después de ejercidos sus ministerios, el agradecimiento ni la aprobación de los demás; antes, por el contrario, viéndose criticado y censurado, no turbarse, cifrando su alegría en haber contentado únicamente a Dios. Y si por ventura se reciben alabanzas mundanas, no vanagloriarse, sino responder a la vanagloria que corre tras uno como respondió San Juan de Ávila: «También os reíd de la vanagloria, y decidle: Ni por ti lo hago, ni dejaré de hacer, Señor; a ti ofrezco cuanto hiciere, dijere y pensare. Y cuando venga la vanagloria, decidle: Tarde venís, que ya está dado a Dios».

Y si tenemos la dicha de hacer algo del divino agrado, dice el Crisóstomo, ¿qué más querremos buscar? Ésta es la mayor merced, la más grande fortuna a que puede aspirar la criatura: agradar a su Creador. Santa Teresa decía que quien se quiere santificar ha de vivir sin más deseo que el de agradar a Dios. Y con razón, porque cuanto se hace para agradar a Dios es pura caridad que a Él nos une y nos alcanza bienes eternos. Por eso opinaba Santa María Magdalena de Pazzi que los que obran con recta intención cuanto hacen, van derechos al paraíso, sin pasar por el purgatorio.

Quienes en sus obras no buscan más que la voluntad de Dios, disfrutan de aquella santa libertad de espíritu de hijos de Dios que contribuye a hacer abrazar cuanto sea del agrado de Jesucristo, sin tener cuenta de las repugnancias del amor propio o del respeto humano. El amor a Jesucristo comunica a sus amadores una total indiferencia, que lo hace todo igual, lo dulce y lo amargo; nada quieren de lo que a ellos agrada y nada rehúsan de lo que agrada a Dios. Con igual paz se emplean en las cosas grandes que en las pequeñas; en lo que los mortifica, lo mismo que en lo que los halaga; bástales entender que en esto agradan a Dios.

En vuestras manos pongo, ¡oh Dios eterno!, todo mi corazón. Pero, ¡oh Dios mío!, y ¿qué corazón os ofrezco? Cierto que fue criado para amaros; pero, lejos de ello, ¡cuántas veces se ha rebelado contra vos! Mas no olvidéis, Jesús mío, que, si hubo un tiempo en que se rebeló contra vos, ahora está postrado a vuestras plantas, arrepentido y atravesado de dolor por los disgustos que os ha causado. Sí, amado Redentor mío, me arrepiento de haberos despreciado y me resuelvo a amaros y serviros cueste lo que costare. Por favor, atraedme completamente a vos, y hacedlo por el amor que me manifestasteis al morir en la cruz por mí.

Os amo, Jesús mío, os amo con toda mi alma, os amo más que a mí mismo, ¡oh verdadero y único amante del alma mía!, ya que vos sólo llevasteis el amor hasta morir por mí. Amargamente lloro viendo cuán ingrato he sido con vos. ¡Pobre de mí! Mi perdición era segura, más confío que con vuestra gracia me habéis restituido la vida. Mi vida en adelante será amaros siempre, sumo Bien mío. Haced que os ame, infinito amor, y nada más os pido.

San Alfonso María de Ligorio “Práctica del amor a Jesucristo. Capítulo VII. Quien ama a Jesucristo, solamente envidia a los que le aman más y no a los grandes del mundo”

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