Dios Creador

Cada una de las disciplinas teológicas tiene un objeto formal, en este caso sería cómo estudia cada disciplina a Dios Creador. También cada disciplina teológica tiene unos principios fundamentales que desarrolla sobre Dios Creador.

La teología dogmática tiene como objeto a Dios Creador considerado en sí mismo, según la verdad revelada: quién crea, cómo crea, qué significa que todo procede de Él. Mira la creación como misterio de fe. Y sus principios fundamentales son:

  • Creación ex nihilo: todo depende radicalmente de Dios. Nada es autosuficiente.
  • Trascendencia y cercanía: Dios no se confunde con el mundo, pero lo sostiene desde dentro.
  • Bondad originaria: el mundo no es malo por naturaleza.
  • Providencia: Dios no abandona lo creado.
  • Finalidad: todo tiende a Dios.

La teología fundamental tiene como objeto a Dios Creador en cuanto revelado y creíble: ¿por qué es razonable creer que el mundo procede de un Creador?. Mira la creación como verdad que interpela a la razón y a la fe.. Y sus principios fundamentales son:

  • Fe y razón: la razón puede descubrir al Creador.
  • Pruebas filosóficas: el orden del mundo apunta a una inteligencia.
  • Revelación: la fe purifica lo que la razón intuye.
  • Creación como signo: el mundo habla de Dios.
  • Respuesta libre: creer es acoger al Autor de la vida.

La teología bíblica tiene como objeto a Dios Creador tal como se manifiesta en la historia de la salvación. Mira la creación en la Escritura. Y sus principios fundamentales son:

  • Dios crea por la Palabra: la creación es acto libre y personal.
  • Creación y alianza: el Creador quiere relación.
  • Dimensión litúrgica: la creación está hecha para alabar.
  • Cristo mediador: todo fue creado por Él y para Él.
  • Nueva creación: la creación culmina en Cristo.

La teología moral tiene como objeto a Dios Creador como fundamento de la dignidad humana y de la ley moral. Mira la creación en sus consecuencias éticas. Y sus principios fundamentales son:

  • Criatura y administrador: el hombre no es dueño absoluto.
  • Ley natural: la moral no es inventada: está inscrita.
  • Dignidad humana: cada persona vale porque es creada por Dios.
  • Responsabilidad ecológica: cuidar la creación es deber moral.
  • Gratitud: la moral nace del agradecimiento.

La teología espiritual tiene como objeto a Dios Creador como origen y sostén de la vida interior. Mira la creación como relación personal. Y sus principios fundamentales son:

  • Actitud filial: vivir como criaturas amadas.
  • Gratitud: todo es don.
  • Humildad: no somos autosuficientes.
  • Confianza: Dios cuida.
  • Contemplación: la creación conduce al Creador.

La teología litúrgica tiene como objeto a Dios Creador alabado por la Iglesia. Mira la creación como motivo de alabanza. Y sus principios fundamentales son:

  • Liturgia cósmica: toda la creación alaba.
  • Elementos creados: Dios usa lo material para salvar.
  • Dimensión cósmica: la liturgia une cielo y tierra.
  • Cristo primogénito: cabeza de la creación.
  • Anticipo escatológico: la liturgia adelanta la nueva creación.

La teología pastoral tiene como objeto a Dios Creador anunciado al hombre concreto. Mira la creación como mensaje evangelizador. Y sus principios fundamentales son:

  • Contra el materialismo: anunciar al Creador devuelve sentido.
  • Defensa de la persona: nadie es producto del azar.
  • Ecología cristiana: cuidar la creación desde la fe.
  • Providencia: Dios acompaña la vida cotidiana.
  • Búsqueda de sentido: la creación abre a la trascendencia.

Esta charla la podríamos dar desde el objeto de una o varias de estas disciplinas teológicas, pero a mí me gustaría enfocar esta charla desde la perspectiva de que cuando hablamos de Dios Creador no hablamos de una idea hermosa, ni de una disciplina teológica. Aunque seguro que van a salir casi todos los principios fundamentales que hemos visto en las diferentes disciplinas teológicas.

Dios Creador  es Dios vivo, que crea, que sostiene, que ama.

Vivimos en un mundo que usa las cosas, que explota la materia, que mide el tiempo pero que ha perdido el asombro. Y cuando se pierde el asombro, el alma se encoge.

Si Dios es Creador, entonces, tu vida tiene sentido, tu trabajo importa, tu lucha diaria no es inútil.

La sesión de hoy pretende que miremos nuestra vida con verdad y nos preguntemos, cara a Dios: ¿Soy consciente de que he sido creado por Dios? ¿Vivo como criatura de Dios? ¿Trato a los demás como criaturas de Dios?

Para que así, cuando salgamos a la calle a evangelizar, a dar nuestras catequesis, podamos ayudar a esta sociedad perdida y darle respuesta a muchos de sus interrogantes vitales.

Comenzamos.

Introducción: algunos conceptos básicos sobre la creación

Hablar de Dios Creador no es hablar solo del origen del mundo, sino del sentido profundo de nuestra propia existencia. La creación no es un tema abstracto ni lejano: toca directamente nuestra identidad, nuestra dignidad y nuestra manera de vivir.

¿Qué significa que Dios es Creador? Decir que Dios es Creador significa afirmar que todo lo que existe procede de Él por amor. No somos fruto del azar ni de una necesidad ciega: somos queridos. Dios crea libremente, no porque le falte algo, sino porque su amor es tan grande que quiere comunicarse. La creación es, por tanto, un acto personal: Dios no solo hace cosas, llama a la existencia a personas. Cada uno de nosotros ha sido pensado, querido y amado desde siempre. Esto cambia radicalmente la manera de mirar la vida: no estamos aquí por casualidad, estamos aquí por decisión amorosa de Dios.

¿Cómo me afecta esto a mí? Me afecta en lo más hondo, porque define quién soy. Si Dios es mi Creador, entonces mi vida tiene valor, aunque sea frágil; tiene sentido, aunque a veces no lo entienda; tiene dignidad, aunque otros no la reconozcan. Saberme criatura de Dios me libra de dos grandes mentiras: la de pensar que soy autosuficiente y la de creer que no valgo lo suficiente. No soy dueño absoluto de mí mismo, pero tampoco soy un ser insignificante: soy criatura amada, sostenida cada día por la providencia de Dios. Esto da paz, seguridad interior y esperanza. Mi historia no está en manos del azar, sino en manos de un Padre.

¿Cómo ser consciente de que he sido creado por Dios? Se es consciente no solo con ideas, sino con una actitud interior. Con gratitud: aprender a decir “gracias” por existir, por respirar, por cada jornada. Quien agradece, reconoce que todo es don; con asombro: recuperar la capacidad de maravillarnos ante la vida, ante la naturaleza, ante la persona humana. Cuando se pierde el asombro, se pierde también el sentido de lo sagrado; con oración: tratar a Dios no como una idea, sino como Alguien vivo que me ha dado el ser y me lo sostiene. La oración cotidiana mantiene despierta la conciencia de ser criatura; con humildad: aceptar que no somos el centro del universo, pero sí estamos en el centro del amor de Dios.

¿Cómo debo vivir como criatura de Dios? Vivir como criatura de Dios es vivir como hijo y como administrador, no como dueño absoluto. Implica una vida marcada por tres actitudes fundamentales: Confianza: porque Dios cuida de lo que ha creado. No vivimos abandonados; Responsabilidad: porque la creación nos ha sido confiada. Nuestra vida, nuestro trabajo, nuestros talentos no son para guardarlos, sino para dar fruto; y Agradecimiento: porque todo es don, y el don recibido pide convertirse en don entregado. Vivir así transforma lo cotidiano: el trabajo deja de ser solo obligación, y se convierte en colaboración con Dios; las dificultades dejan de ser solo peso, y se convierten en ocasión de madurez; la vida deja de ser supervivencia, y se convierte en vocación.

¿Cómo debo tratar a los demás como criaturas de Dios? Si Dios es Creador de todos, entonces nadie es prescindible. Cada persona, sin excepción, tiene una dignidad que no depende de su utilidad, de su éxito ni de su situación. Tratar a los demás como criaturas de Dios significa: Respetar: nunca usar a nadie como medio; Acoger: ver en cada persona a alguien querido por Dios; Servir: porque el amor al Creador pasa necesariamente por el amor a sus criaturas; Perdonar: porque todos somos frágiles, pero todos seguimos siendo hijos. Quien mira así a los demás ya no puede vivir en la indiferencia, en el desprecio o en la violencia. Descubre que cada encuentro humano es, en el fondo, un lugar sagrado.

Primera idea: Dios crea por amor, no por necesidad

Dios es plenitud absoluta. No le falta nada, no necesita nada ni a nadie. Por eso, cuando crea, no lo hace para completarse, sino por puro amor. Dios es Amor que se da. «Dios es amor» (1 Jn 4,8). El Concilio Vaticano II enseña que Dios, «en su bondad y sabiduría, quiso revelarse a sí mismo» no por necesidad, sino por puro amor (Dei Verbum, 2).

Dios no estaba solo, ni aburrido, ni incompleto. La creación no nace de una carencia, sino de una sobreabundancia: Dios crea, conserva y gobierna el mundo con amor. «¡Cuán numerosas son tus obras, Señor! Todas las hiciste con sabiduría» (Sal 104,24). El Catecismo, recogiendo la enseñanza conciliar, afirma: «Dios crea libremente “por pura bondad”» (CIC, 293; Gaudium et Spes, 19).

El amor auténtico no se encierra en sí mismo. Tiende a comunicarse. Por eso la creación entera —el cielo, la tierra, la luz, el agua, la inteligencia humana— es un desbordamiento del amor divino. No es una fabricación fría ni mecánica. Es un acto personal. Dios, al crear, dice a cada criatura: quiero que seas.

La Biblia expresa este carácter personal del acto creador: «Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos» (Sal 33,6). San Juan Pablo II enseña que la creación es fruto de un amor personal: «Dios crea porque ama» (Audiencia General, 7-II-2001).

No hay nada que no esté previsto por Dios, nada que no haya sido querido por Él. Esto significa que el mundo no es fruto del azar, ni una cadena ciega de causas. Cada realidad creada es querida en sí misma. También tú. El ser humano no es un número o una pieza intercambiable: el hombre vale toda la Sangre de Cristo.

«Todo fue creado por él y para él» (Col 1,16). El Concilio Vaticano II afirma con claridad: «El hombre es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma» (Gaudium et Spes, 24). Y San Pedro recuerda el precio infinito de esa dignidad: «Habéis sido rescatados […] con la sangre preciosa de Cristo» (1 Pe 1,18-19).

Si Dios crea por amor, entonces nadie es un accidente. Nadie es un error. Nadie sobra. Antes de que tus padres nos conocieran, antes incluso de que pudiéramos pensarnos, Dios ya nos amaba. Antes de que naciéramos, ya nos había pensado Dios.

El profeta Jeremías lo expresa así: «Antes de formarte en el vientre, te conocía» (Jer 1,5). San Juan Pablo II reafirma esta verdad: «Cada vida humana es querida por Dios desde la eternidad» (Evangelium Vitae, 53).

Esto no es solo un recurso poético. Es una verdad sobrenatural que, cuando se acoge, transforma la vida interior. Cura heridas profundas: el miedo al fracaso, la tristeza sin causa, la sensación de inutilidad. Porque quien se sabe amado por Dios descubre una dignidad que no depende del éxito ni del reconocimiento humano. Saber que somos hijos de Dios llena el alma de serenidad y de fortaleza.

San Pablo enseña: «Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace clamar: “¡Abbá, Padre!”» (Rm 8,15). El Concilio Vaticano II afirma que “solo en Dios el hombre encuentra su verdadera identidad y dignidad” (Gaudium et Spes, 22), enseñanza retomada por el papa Benedicto XVI al señalar que “la fe sana las heridas más profundas del corazón humano” (Deus Caritas Est, 1).

Quien se sabe criatura amada camina con la cabeza alta. Puede estar herido por dentro, pero no humillado. Puede sufrir, pero no desesperar. Porque sabe que su existencia no es un error, sino una decisión amorosa de Dios desde la eternidad.

La Escritura sostiene esta esperanza: «Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús» (Rm 8,39; Biblia CEE). El papa Francisco recuerda que esta certeza es fuente de esperanza inquebrantable: «Cada persona es fruto de un pensamiento de amor de Dios» (Amoris Laetitia, 168).

Segunda idea: Dios es Creador y Padre. La filiación divina

No basta concebir a Dios como un creador distante, una especie de ingeniero del cosmos. Ese sería un Dios mal entendido. El núcleo de la fe cristiana es mucho más hondo: Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos. «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1). No se trata de una metáfora piadosa, sino de una realidad viva que debe transformar la existencia entera. «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo (…) para que recibiéramos la adopción filial» (Ga 4,4-5 ). El Concilio Vaticano II nos enseña que «El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (Gaudium et Spes, 22). En continuidad con esta enseñanza, san Juan Pablo II afirma que «el hombre no puede vivir sin amor; permanece para sí mismo un ser incomprensible si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor» (Redemptor Hominis, 10), subrayando que la revelación del Padre en Cristo es el centro de la dignidad humana.

Dios crea, sí, pero no se detiene ahí. Crear es solo el inicio. El amor culmina cuando Dios adopta, cuando eleva a la criatura a la intimidad familiar. «Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rm 8,14). La filiación divina es el fundamento de toda la vida espiritual. El ser humano no es solo una obra salida de las manos de Dios; es alguien llamado a tratarle como Padre, a vivir en diálogo confiado con Él. «Habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8,15 ). El Catecismo de la Iglesia Católica recoge esta verdad afirmando que «por la gracia del bautismo, el cristiano participa en la filiación de Jesucristo» (CEC, 1265), y Benedicto XVI recuerda que «ser cristiano no es el resultado de una decisión ética o una gran idea, sino el encuentro con un acontecimiento, con una Persona» (Deus Caritas Est, 1).

Por eso el peligro de vivir una fe fría o distante. Muchos creen en Dios, pero no se saben hijos. Y entonces aparece el miedo, la inseguridad, la ansiedad espiritual. «No os inquietéis por nada; antes bien, en toda ocasión, presentad vuestras peticiones a Dios» (Flp 4,6). ¿Por qué nos inquietamos, si somos hijos de Dios?. Cuando se pierde la conciencia de la filiación divina, la oración se vuelve esporádica, la confianza se debilita y la vida cristiana se llena de tensión. «En el amor no hay temor: el amor perfecto expulsa el temor» (1 Jn 4,18 ). El papa Francisco advierte que «uno de los mayores peligros del mundo actual es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro» (Evangelii Gaudium, 2), fruto precisamente de una fe vivida sin la experiencia filial del amor del Padre.

Dios no es un Padre abstracto o lejano. Es un Padre que conoce nuestras debilidades y nos espera con paciencia. «Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por quienes lo temen» (Sal 103,13). Nuestro Padre Dios nos quiere tal como somos, con nuestras miserias y nuestras grandezas. El hijo puede caer, equivocarse, mancharse; pero nunca deja de ser hijo. Y esa certeza es la que permite recomenzar siempre. «Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y se conmovió» (Lc 15,20 ). San Juan Pablo II, al comentar esta parábola, enseña que «la misericordia tiene una forma interior que va más allá de la justicia» (Dives in Misericordia, 6), mostrando el rostro auténtico del Padre que nunca renuncia a sus hijos.

Vivir como hijo de Dios cambia la manera de trabajar, de rezar y de afrontar el dolor. No desaparecen las dificultades, pero se viven desde la confianza. «Echad todas vuestras preocupaciones en él, porque él cuida de vosotros» (1 Pe 5,7). Debemos abandonarnos en Dios: no hay mejor descanso. El hijo confía incluso cuando no entiende, porque sabe en manos de quién está su vida. «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28 ). El Concilio Vaticano II afirma que «el hombre encuentra su verdadera identidad solo en el sincero don de sí mismo» (Gaudium et Spes, 24), algo que solo es posible desde la confianza filial.

Si Dios es Padre no existe una soledad definitiva, ni un miedo último, ni un destino ciego. «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Existe la seguridad serena de quien se sabe querido sin condiciones. Esa es la raíz de la alegría cristiana y el secreto de una fe madura: vivir, pensar y amar como hijo. «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Rm 8,35 ). En esta misma línea, el papa Francisco afirma que «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Evangelii Gaudium, 1), porque quien se sabe hijo vive sostenido por una esperanza que no defrauda.

Tercera idea: La creación es buena y está confiada al hombre

Dios no ha creado un mundo malo del que haya que huir, ni una realidad hostil para el espíritu. Al contrario, todas las cosas de la tierra, también las humanas, han sido creadas por Dios y son buenas. El mundo no es una trampa ni una cárcel, sino un don confiado a la responsabilidad del hombre. Dios pone la creación en nuestras manos para que la cuidemos, la transformemos y la devolvamos a Él llena de frutos. Esta visión se apoya directamente en la Sagrada Escritura: «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gn 1,31). El Concilio Vaticano II afirma con claridad que «el mundo creado, por Dios y para Dios, es bueno» y que «el hombre, creado a imagen de Dios, recibió el mandato de someter la tierra y perfeccionarla con su trabajo» (Gaudium et spes, 34). Asimismo, el Papa Francisco recuerda que «la creación es un don maravilloso que Dios nos ha dado para que lo cuidemos y lo usemos en beneficio de todos» (Laudato si’, 67).

Por eso, el trabajo no es un castigo ni una mera necesidad biológica: es vocación y misión. El trabajo es participación en la obra creadora de Dios. Cuando el hombre cultiva la tierra, investiga, enseña, cura, gobierna o atiende a su familia, no se limita a producir bienes o servicios: coopera con Dios y prolonga su acción creadora en la historia. La Biblia lo expresa desde el origen: «El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo guardara y lo cultivara» (Gn 2,15). Gaudium et spes enseña que «el trabajo humano procede inmediatamente de las personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar la obra de la creación» (Gaudium et spes, 34). San Juan Pablo II subraya que «el trabajo es una clave esencial de la cuestión social» y «un bien del hombre» (Laborem exercens, 3 y 9).

La materia, lejos de ser un obstáculo para la santidad, es su camino ordinario. No hay nada que pueda ser ocasión de apartarse de Dios, sino que todo puede y debe llevarnos a Él. El esfuerzo bien hecho, el trabajo acabado con perfección humana y ofrecido por amor, se convierte en oración. Así, el cristiano descubre que su vida entera puede transformarse en diálogo con Dios. San Pablo exhorta: «Ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10,31). El Concilio enseña que los laicos «buscan el Reino de Dios tratando y ordenando según Dios los asuntos temporales» (Lumen gentium, 31). Benedicto XVI recuerda que «la vida cotidiana se convierte en lugar de encuentro con Dios cuando está vivida en la fe y el amor» (Deus caritas est, 1).

Una mesa de trabajo, un hospital, un aula, un taller, una oficina, una familia o la misma calle son lugares donde Dios espera. Allí donde están nuestros hermanos los hombres, allí donde están nuestras aspiraciones, nuestros trabajos, nuestros amores, allí está el sitio de nuestros encuentro cotidiano con Cristo. Todo lo humano —si está animado por la caridad— puede convertirse en altar. Jesús mismo se identifica con la vida concreta de los hombres: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber» (Mt 25,35). El Concilio Vaticano II enseña que «las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo […] son también las de los discípulos de Cristo» (Gaudium et spes, 1). El Papa Francisco insiste en que «Dios está presente en medio de la vida ordinaria, en cada gesto de amor y servicio» (Evangelii gaudium, 71).

 

Por eso, las espiritualidades que desprecian lo humano no son cristianas. Dios ama la materia, porque Él mismo la ha creado y, en la Encarnación, la ha asumido. El cristianismo no es una religión de renuncias tristes, sino de amor a la vida. La fe no aparta del mundo: lo ilumina desde dentro. «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14) es el fundamento último de esta afirmación. El Concilio declara que «el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (Gaudium et spes, 22). San Pablo VI ya advertía que «no hay auténtico cristianismo sin un amor sincero al mundo y a la vida.», afirmando que la fe transforma la realidad desde dentro (Evangelii nuntiandi, 18).

De ahí la llamada concreta y exigente: santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo. Santificar lo pequeño, lo ordinario, lo aparentemente irrelevante. Porque es ahí, precisamente ahí, donde Dios nos espera cada día. La Escritura anima a esta santificación de lo cotidiano: «Todo lo que hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús» (Col 3,17). Lumen gentium enseña que todos los fieles están llamados a la santidad «en las condiciones ordinarias de la vida» (Lumen gentium, 40). El Papa Francisco reafirma que «cada santo es una misión» y que la santidad se vive «en los gestos pequeños y cotidianos» (Gaudete et exsultate, 19 y 16).

Cuarta idea: el pecado no destruye la creación, pero la hiere

Hay que mirar el mundo con realismo sobrenatural, sin ingenuidad pero sin pesimismo. La creación es buena porque procede de Dios, y eso no cambia nunca. «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gn 1,31). Sin embargo, está herida por el pecado. El pecado personal y social introduce el desorden, la injusticia y la violencia. Basta contemplar la historia y la vida cotidiana para constatarlo: egoísmos que enfrían el amor, injusticias que claman al cielo, cansancio moral, sufrimiento y rupturas interiores. El Concilio Vaticano II afirma: «La creación entera espera ansiosamente la revelación de los hijos de Dios» y reconoce que el mundo, creado bueno, está herido por el pecado del hombre (Gaudium et spes, 13).

El pecado no es algo superficial: desordena profundamente. Rompe la armonía originaria del hombre con Dios, con los demás, consigo mismo y con la creación. «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios» (Rm 3,23). No estamos enfermos solo por fuera; llevamos la herida dentro. El pecado introduce la sospecha, la desconfianza, la mentira sobre Dios y sobre el hombre. El Catecismo, recogiendo la enseñanza conciliar, recuerda que el pecado original «afecta a la naturaleza humana herida en sus propias fuerzas» (CEC, 405), idea desarrollada también por san Juan Pablo II al hablar de las “estructuras de pecado” (Reconciliatio et paenitentia, 16).

Pero aquí está el punto decisivo de la esperanza cristiana, el pecado no tiene la última palabra. Nunca vence a Dios.  «Pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). Dios no se arrepiente de haber creado el mundo ni al hombre. No retira su amor ni abandona su obra, aunque vea su fragilidad. Dios no se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. El papa Francisco recuerda: «La misericordia es el nombre mismo de Dios» y subraya que Dios «no se cansa jamás de perdonar» (Misericordiae vultus, 8; Evangelii gaudium, 3).

Por eso, lejos de desentenderse de la historia, Dios entra en ella. «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). El Creador se hace Redentor. La Encarnación es la prueba suprema de que el mundo herido sigue siendo amado. Jesucristo ha venido a restaurar todo lo que el pecado había dañado. Esta es la raíz de una esperanza sólida, no ingenua: el mundo no está perdido, está redimido en esperanza. El Vaticano II proclama: «El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (Gaudium et spes, 22), fundamento de una esperanza realista y cristiana.

También nuestra vida personal, aunque tenga sombras, no está rota. Dios sigue trabajando en cada alma. Mientras haya lucha, hay vida espiritual. Y no solo actúa Él: nos quiere como colaboradores. Cada cristiano está llamado a participar en esa tarea de redención desde lo ordinario, santificando el trabajo, la familia, las relaciones sociales. «Somos colaboradores de Dios» (1 Co 3,9). Ahí, en medio de las cosas más materiales de la tierra, es donde debemos santificarnos. Esta llamada universal a la santidad fue proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 40) y desarrollada por san Juan Pablo II y el magisterio posterior, que insiste en la santificación de la vida ordinaria (Christifideles laici, 17).

Así, la historia no es un fracaso, sino un combate lleno de esperanza. Un combate en el que el mal existe, pero no triunfa; en el que la herida es real, pero la gracia es más fuerte. «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12,21). Somos sembradores de paz y de alegría, incluso en medio de las dificultades. Benedicto XVI subrayó que la esperanza cristiana «no es evasión, sino fuerza transformadora de la historia» (Spe salvi, 35).

Quinta idea: Cristo es el sentido último de la creación

Cristo es el centro de todo, el sentido último de la creación y de la historia. «Todo fue creado por él y para él… todo se mantiene en él» (Col 1,16-17). Nada existe al margen de Él, nada es ajeno a su luz. Cristo es el centro de la historia humana, el punto de convergencia de los deseos de la historia y de la civilización. El Concilio Vaticano II lo enseña diciendo que «Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et spes 10 y 45).

Todo ha sido creado en vistas a Cristo y todo encuentra en Él su razón de ser. «Recapitular en Cristo todas las cosas» (Ef 1,9-10). No es un elemento añadido a la realidad humana, ni un recurso de emergencia ante el fracaso del mundo. Cristo es la clave que da unidad y sentido a todo lo creado. Por eso todas las cosas de la tierra han sido creadas por Dios para que sirvan al hombre, para que le ayuden a llegar a Cristo. El papa san Juan Pablo II nos decía que «El hombre, creado a imagen de Dios, recibe el mandato de someter la tierra y perfeccionarla para gloria de Dios» (Redemptor Hominis, 1).

El misterio de la Encarnación ocupa aquí un lugar decisivo. En Cristo, Dios no se queda fuera del mundo ni lo observa desde lejos: entra en su propia creación. «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Vive una vida ordinaria, trabaja con manos humanas, experimenta el cansancio, el sudor, la amistad, el dolor y el amor. Jesús creció y vivió como uno de tantos hombres, y quiso santificar la vida ordinaria con su presencia. El Catecismo de la Iglesia Católica dice que «El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre» (CIC  531).

Este hecho lo transforma todo. Porque la materia queda santificada desde dentro, no abolida ni despreciada. Desde ese momento, el trabajo diario se convierte en camino de santidad, el sufrimiento puede ser fecundo cuando se une a la Cruz, y lo ordinario se llena de eternidad. «Si sufrimos con él, seremos glorificados con él» (Rom 8,17). De ahí que o santificamos la vida ordinaria, o no nos santificamos. El papa Francisco nos enseñó que «La actividad humana, purificada y perfeccionada por la cruz, se ordena al Reino de Dios.» (Gaudete et Exsultate, 14).

El taller, la oficina, la calle, el hogar, el cansancio cotidiano, nada queda fuera del alcance de Dios cuando Cristo ha pisado esta tierra. Hay algo santo, algo divino, escondido en las situaciones más comunes, y eso es lo que cada uno de nosotros tenemos que descubrir. «Hacedlo todo para gloria de Dios.» (1 Cor 10,31). El papa Benedicto XVI decía que «Los laicos, incorporados a Cristo, consagran el mundo mismo a Dios» (Deus Caritas Est, 17).

Cristo no huye del mundo ni invita a despreciarlo. Lo redime desde dentro, asumiéndolo y elevándolo. Por eso, si Él ha vivido una vida plenamente humana, nada humano puede ser indiferente a Dios. El mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios. «Todo lo creado por Dios es bueno» (Jn 3,16). Es en el mundo donde hemos de encontrar a Dios. El papa Francisco nos enseña que «La esperanza cristiana no debilita, sino que más bien estimula el compromiso en el mundo.» (Evangelii Gaudium, 178).

Sexta idea: vivir como criaturas agradecidas y responsables

Si Dios es Creador y Padre, la respuesta coherente del hombre es vivir con agradecimiento filial. El Concilio Vaticano II y posteriormente el papa Francisco desarrollan esta idea: «El hombre… es llamado a una comunión filial con Dios» (Gaudium et spes, 19; Evangelii gaudium, 6). Saberse hijo de Dios transforma la existencia: no caminamos solos ni a ciegas, sino sostenidos por un amor previo. De ahí nace una gratitud serena que se expresa en lo concreto, en lo pequeño de cada día, porque Dios nos espera en las cosas ordinarias. «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1). En continuidad con esta afirmación, el Concilio enseña que «la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios» (Gaudium et spes, 19), fundamento de una vida vivida en acción de gracias y confianza filial (Redemptor hominis, 10).

«Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús.» (1 Tes 5,18). Ese agradecimiento se traduce en trabajo bien hecho. «Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3,23). El trabajo no es solo un medio de subsistencia, sino lugar de encuentro con Dios y servicio a los demás. Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo. «El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo guardara y lo cultivara.» (Gn 2,15). Trabajar con competencia, rectitud e intención limpia es una forma concreta de amar a Dios y mejorar el mundo desde dentro, pues «mediante su trabajo el hombre participa en la obra creadora de Dios» (Laborem exercens, 25), viviendo así la vocación laical a la santidad en medio del mundo (Lumen gentium, 31; Gaudete et exsultate, 14).

Cuidar el mundo y servir a los demás es consecuencia natural de saberse administrador y no dueño. «Al Señor pertenece la tierra y cuanto hay en ella.» (Sal 24,1). El cristiano no vive como un mero consumidor de la vida, sino como custodio responsable de los dones recibidos: inteligencia, tiempo, capacidades, recursos. «A cada cual se le dio según su capacidad» (Mt 25,15). Todo ha sido confiado para dar fruto, no para el egoísmo, ya que «los bienes creados deben llegar equitativamente a todos» (Gaudium et spes, 69) y «la tierra nos ha sido confiada para que la cuidemos» (Laudato si’, 67).

Esta visión implica también luchar contra el pecado y no perder la esperanza. La lucha ascética, lejos de ser negativa, es expresión de amor y libertad. Hay que recomenzar muchas veces, con alegría, apoyados en la gracia de Dios, sin desánimo ante las caídas. «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad» (2 Cor 12,9). La esperanza cristiana no ignora las dificultades, pero las atraviesa con confianza filial. «Siete veces cae el justo y se levanta» (Prov 24,16), sabiendo que «todos los fieles deben esforzarse por vencer el pecado» (Lumen gentium, 40) sostenidos por la esperanza que no defrauda (Spe salvi, 35).

Finalmente, la vida adquiere un horizonte de responsabilidad eterna. Hay que vivir con sentido de misión y examen sincero: un día Dios nos preguntará qué hicimos con nuestra inteligencia, con nuestro trabajo, con el amor recibido. «A quien mucho se le dio, mucho se le reclamará» (Lc 12,48). No como un juez frío, sino como un Padre que espera frutos de amor y servicio. «Venid vosotros, benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer» (Mt 25,34-35), recordando que la vocación cristiana posee una dimensión escatológica y de responsabilidad ante Dios y los hermanos (Gaudium et spes, 39) y que «la vida se acrecienta cuando se entrega» (Evangelii gaudium, 10).

Vivir así es vivir como hijo y administrador, con libertad, responsabilidad y alegría, sabiendo que el mundo no nos pertenece, pero nos ha sido confiado para llevarlo a Dios. «Que el Dios de la esperanza os colme de toda alegría y paz en la fe» (Rom 15,13). Esta síntesis expresa la llamada universal a la santidad vivida en las circunstancias ordinarias de la vida (Lumen gentium, 11) y la espiritualidad de la alegría cristiana propuesta para nuestro tiempo (Gaudete et exsultate, 122).

Cierre

Terminemos esta sesión formativa llevando todo a la vida, a la acción concreta. El cristianismo no es un conjunto de ideas, sino una vida.

Dios nos ha creado por amor. No lo dudemos: Dios nos ama tal como somos. Nos sostiene por amor, porque cada día es un don nuevo que procede de la mano amorosa de Dios. Y nos espera por amor, ya que nuestra vida no camina hacia la nada, sino hacia un encuentro: el Cielo es la meta. Vale la pena darlo todo por llegar.

Y mientras tanto, ese mismo Dios nos ha confiado este mundo concreto —no uno ideal ni imaginado— para que lo santifiquemos. O sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. El mundo no es un obstáculo para la santidad, sino el lugar mismo donde Dios nos espera.

Aprendamos a decir gracias a Dios por existir. Con responsabilidad, porque el trabajo es participación en la obra creadora de Dios. Aprendamos a cuidar el mundo, a servir a los demás, a hacer bien las cosas pequeñas. Con esperanza, porque la creación entera camina hacia su plenitud en Dios, y ninguna tarea humana honesta es indiferente para un cristiano.

No seamos pequeños. No seamos cobardes. Dios no pierde batallas. No vivamos sin fe, porque un cristiano sin fe viva es como un árbol seco.

Preguntémonos con sinceridad: ¿Vivimos como hijos o como huérfanos? La filiación divina lo explica todo. ¿Trabajamos como colaboradores de Dios o como esclavos del reloj? Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo. ¿Miramos el mundo con fe o con amargura? Optimismo cristiano no es ingenuidad, es confianza en Dios.

Y repitamos, para que quede grabado en nuestro corazón, lo esencial: Dios nos ha creado por amor, nos sostiene por amor y nos espera por amor. Y en medio de ese amor, nos ha puesto el mundo entero para que lo santifiquemos, empezando por el lugar donde estamos, por lo que tenemos entre manos, por nuestra mesa de trabajo.

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