Ricardo Diez de Ulzurrun López 7 de diciembre de 2017

En el año 1205 cabalgaba por los alrededores de Asís, una ciudad de la Umbría, cierto muchacho llamado Francisco Bernardone, que desde meses atrás sentía cada vez mayor insatisfacción por su vida, colmada de trivialidades y vanos ensueños. Francisco había anhelado hasta poco antes destacarse en la guerra, triunfar como trovador y ser reconocido como afable caballero. Ahora —después de un cautiverio y de una enfermedad— comenzaba lentamente a saberse dominado por lo que los doctores de la ascética llamaron el hastío del mundo. 

En un recodo del camino vio Francisco a un leproso: uno de esos infelices que por la ruptura total de comunicación entre sanos y contagiados habían sufrido el despojo de todos sus derechos. Al ver acercarse a un jinete, el enfermo agitó su carraca y se puso de cara al viento, como siempre debía hacerlo al cruzarse con gente sana. 

Francisco detuvo el caballo. Una voz resonó en su corazón, donde hasta entonces se albergaban el temor y el asco por los leprosos: una voz que le susurraba las palabras del profeta Isaías sobre el Salvador doliente:

“Era un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento. Como a alguien que no merece ser visto lo despreciamos, no lo tuvimos en cuenta. Y sin embargo él estaba cargado con nuestros sufrimientos, estaba soportando nuestros propios dolores.”

Y entonces Francisco bajó de su cabalgadura, se aproximó al leproso y —lo dice Tomás de Celano, su primer biógrafo— superándose a sí mismo, se llegó a él y le dio un beso. 

Según narra también la biografía, tiempo después Francisco se fue a donde los leprosos. Se hallaban éstos acogidos en el hospital de San Salvador, entre Asís y Santa María de los Ángeles. Allí el hombre que antes, movido por la repugnancia, se tapaba la nariz al divisar de lejos las casetas de los enfermos, empezó a rodearlos de misericordia. …Vivía con ellos —relata Celano— y servía a todos por Dios con extremada delicadeza; lavaba sus cuerpos infectos y curaba sus úlceras purulentas… 

En otoño de 1226, San Francisco es trasladado a Asís, su ciudad natal, desde Siena. Los médicos apenas han podido hacer nada por él, está ya prácticamente ciego y moribundo.

Unos pocos días antes de su muerte, Francisco pidió a un hermano que escribiera los trazos gruesos de una vida que comenzaba a apagarse. Aquel escrito, biografía y testamento, comienza así:

“El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo.”

Francisco había sentido aversión hacia los leprosos, le producían amargura, podríamos decir que le daban “asco”, “repulsión”, “miedo”. Pero un día, cuando estaba empezando a brotar en él el deseo de entrega a Dios y de profundizar en sus enseñanzas, se topa con un leproso. En lugar de huir de él, en esta ocasión, se acerca e identificando al enfermo con Cristo, le besa las heridas infectas con misericordia.

Este encuentro de Francisco con el leproso supuso un momento trascendental en su vida, un punto de inflexión a partir del cual decidió vencer todos sus miedos y entregarse al prójimo olvidándose de sí mismo. Fue la chispa que prendió todo el combustible que su larga búsqueda iba almacenando en su interior.

Francisco habla de un “antes” y un “después”, aunque todo fuera asentándose poco a poco. Habla de que lo “amargo” de antes se le volvió ahora “dulzura del alma y del cuerpo”, “Practiqué misericordia”, la misericordia cambió sus sentidos (lo amargo se hizo dulce), cambió sus valores (animando a sus hermanos a “gozarse, cuando conviven con personas socialmente viles y despreciables, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos del camino”), cambio su modo y lugar de vida (“no sólo acudió a ayudarles, sino que comenzó a morar entre ellos”).

Descubrió bajo los harapos del leproso a una persona tan frágil como él, tan “bienamada” como él. Descubrió bajo su fragilidad la debilidad que Dios siente por sus hijos vulnerables. Descubrió la misericordia y, desde entonces, su deseo no fue otro que tratar de acogerla, agradecerla, cantarla y ponerla en práctica.

La lepra era en la edad media —y siguió siéndolo, hasta no hace muchos años— una enfermedad que hacía caer a sus víctimas en el aislamiento y la marginación. Los leprosos se convertían en personas rodeadas por la miseria y el desprecio, y no abundaban los que acudían a socorrerlos.

Los leprosos no debían vivir con los demás, debían vestir harapos para ser reconocidos. Eran los excluidos de la sociedad, la lepra, era algo más que una enfermedad, era casi una maldición de Dios. Los leprosos tenían que distanciarse de los pueblos y de las personas, se paraban a lo lejos, gritaban y hacían sonar un instrumento de madera: la carraca, para que todos se apartaran de su contacto.

El leproso era el gran rechazado en aquella sociedad feudal y guerrera. El leproso era alguien, que como pasa con miles de personas hoy en día, ha perdido la conciencia de su ser persona, obligado a apartarse de la sociedad en el grupo de los marginados. Los nuevos leprosos de hoy son los marginados, pobres, vagabundos, sin techo, desarraigados, sin vinculación familiar, con graves deterioros psíquicos, camino de una progresiva autodestrucción, como antes con la lepra, viven separados de la sociedad.

Por ello el encuentro de Francisco y el leproso no es un mero relato bonito en la vida de un gran santo, sino una propuesta de vida y amor para todo cristiano y más, para los que nos sentimos hermanos de San Francisco de Asís.

Como Francisco, nosotros debemos acercarnos a los excluidos, sin temor a contaminarnos. Hay que sentir lástima y tocar, mojarse, complicarse y comprometerse. Debemos superar la tentación de dar un rodeo, de pasar de largo o de encomendar al Señor que remedie el hambre o la sed, o la soledad, o la marginación de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo, debemos amar primero a los que nadie en este mundo quiere amar.

Nuestra fe en Jesucristo nos debe llevar necesariamente a mirar a los nuevos leprosos de una determinada manera y a comprometer nuestra vida a su servicio.

Debemos comenzar a mirar el sufrimiento de los marginados con ojos diferentes, no podemos sentirnos indiferentes ante las diversas injusticias que se producen ante nuestros ojos.

Debemos tomar la decisión de comprometernos por coherencia con las exigencias de nuestra fe y nuestro carisma franciscano. No como un compromiso añadido a nuestra vida, una especie de “hobby”, realizar una determinada actividad en un momento concreto. Como cristianos y franciscanos debe ser nuestra forma de vivir.

Como describe San Juan Pablo II en su Encíclica «Sollicitudo Rei Socialis», hay cuatro momentos en el proceso de “hacerse solidario”: sentir los males de tantas personas cercanas o lejanas; tomar conciencia de la interdependencia que existe entre los hombres y entre los pueblos; llegar a la «firme convicción» de que lo que frena un desarrollo más humano es el afán de ganancia y la sed de poder; por último, tomar “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (nº 38).

Bebemos sentir como nuestras las necesidades de los otros, debemos sentirnos responsables del bien de los demás, debemos ser capaces de dar la cara por otros, de defender algo no para nosotros, sino para beneficio de los demás, en vez de competir, dedicarnos a compartir, en vez de obsesionarnos por ganar, saber dar y ayudar.

Así, poco a poco, nuestra vida se hará cada vez más fraterna y solidaria. Más franciscana, más cristiana.

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