Ricardo Diez de Ulzurrun López 5 de noviembre de 2017

Benson es un abanderado del antimodernismo, y sobre las posibles consecuencias de la modernización del mundo o, lo que es lo mismo, de la extensión de la cultura a amplias capas de la sociedad, imagina un futuro de gran desarrollo tecnológico, como sería el nuestro en la actualidad, en que un político carismático consigue aunar en una misma nación o ente a todos los países hasta entonces disgregados. Su condición fundamental para esta reunificación global es que la creencia en Dios debe ser desarraiga del ánimo y espíritu de sus súbditos, exigencia que se llevará a cabo con todos los medios al alcance del poder. Ambientado en un futuro de gran desarrollo tecnológico, se narra el ascenso al poder de Julian Felsenburgh, el misterioso político que conseguirá traer la paz a la tierra, reuniendo bajo de sí a todas las naciones. Pero con la condición de desarraigar toda creencia en Dios de sus súbditos, con cualquier medio. Felsenburgh tolera solamente el culto a la vida – a esta vida – reconocida como “única verdad”, una religión de Estado donde no se adora al hombre, sino “la idea de hombre despojada de toda concepción sobrenatural”. Le resiste solo un rebaño cada vez más disminuido de fieles, guiados por el papa Silvestre III, encerrado en Roma (la Iglesia ha cedido todas sus propiedades a cambio de la “ciudad santa” del papado). En un clima cada vez más angustioso, parte finalmente la orden de destruir hasta los cimientos el último bastión de los opositores.

La publicación, en 1907, fue explosiva. Y numerosos católicos, más familiarizados con la Iglesia triunfante que con el libro del Apocalipsis, lamentaron su excesivo pesimismo.

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